miércoles, 19 de diciembre de 2012

Fiambre de mierda.


No podría soportarlo mucho más, tomé dinero del buró y salí corriendo de casa, necesitaba ir a cualquier lado, donde fuera, huir, huir huir… manejé hasta el centro, afortunadamente por ser de madrugada pude estacionarme cerca de un bar, caminé entre los charcos que provenían de los negocios, entré a un lugar que me pareció agradable y me senté al fondo, en una mesa en la esquina, a esperar.

Bebí una cerveza tras otra, en silencio, intentaba callar la voz de mi cabeza entre el bullicio de los ebrios felices, todos cantaban, brindaban, gritaban y yo seguía bebiendo. Me paré y caminé hacia el baño, me costó bastante trabajo pero logré orinar, me miré al espejo del baño y vi al demonio derrotado que se reflejaba, ojeroso, con la mirada de loco perdida, con la barba de varios días, con el cabello lleno de grasa. 

Salí del baño y me encontré a esta chica con aspecto bastante similar al mío, pálida. –Parece que la pasas mal.- Le dije. –No tanto cómo crees, ¿me invitas una cerveza?- Accedí. Caminamos juntos a la mesa en silencio y la cerveza fluía y fluía. Me dijo su nombre pero ya no lo recuerdo, todo estaba terriblemente borroso, yo hice alarde de mi fanfarronería y conseguí sacarla del bar.

La llevé a un callejón y comencé a besarla, su boca sabía agria, a vómito y cigarro, me sentí asqueado pero continué, le metí la lengua en su asquerosa boca y le toqué las tetas, ella apenas respondía, estábamos ambos bastante jodidos, pero la noche era larga, bajé la mano a su cintura y comencé a apretujarle las nalgas, deslicé mis torpes dedos al interior de sus pantalones y sentí su entrada húmeda, se lo hice con los dedos y se lo hice bien, arriba y abajo, yo sabía de la cosa, introduje dos dedos a su ranura y comencé a estimularla por dentro y con la palma por fuera, se vino en mi mano. –Chúpamela- le dije. –Si crees que te la voy a chupar estás pendejo.- me contestó. Le saqué la mano y le di un terrible bofetón en la mejilla derecha, comenzó a gritar, todo seguía muy borroso, empezó a correr y la perseguí, llegó primero que yo al bar y salió rápido con tres sujetos, yo era enorme y tenía una derecha legendaria, pero no pude combatir en ese estado, recuerdo muchos golpes y patadas, sobre todo patadas. Todo seguía muy borroso. Me desmayé por la madriza.

Desperté al otro día cuando salía el sol, no traía zapatos, ni cartera, celular, ni las llaves del coche, tenía el ojo izquierdo prácticamente cerrado. Comencé a caminar hacía donde había dejado el auto y no estaba. Otra vez, la había jodido en grande, me lo merecía porque era un mierda, vomité mucho y con mucha sangre. Otra vez la había jodido en grande. Miré el sol nacer entre los edificios y empecé a caminar, a ninguna parte, lleno de odio y de culpa. 

miércoles, 12 de diciembre de 2012

Un hombre de alas enormes y corazón roto.


La situación se complicó después del primer robo.
-¿Qué mierda vamos a hacer?- preguntó el Calabazo.
-Aquí no pasó nada señores, el auto se va al fondo del lago, cada uno toma su parte y se larga.- le respondió Abdel Gibran.
-Muchachos.- les susurró Juan Camacho, mientras extendía sus enormes alas de pájaro gris. -No tengo a donde ir, el bosque ahora está lleno de policías que buscan mi cabeza, por supuesto tampoco puedo volver con mi madre, no así, no después de esto.- Ambos encogieron los hombros mientras veían a aquel extraño hombre con alas y se excusaron con lamentos absurdos sobre su mala suerte, pero ahora todos estaban por su cuenta.

Se ofrecieron la mano sin sentimentalismos, Calabazo prometió buscarlos cuando la crisis pasara, Abdel Gibran dijo que en la mañana tomaría el primer Tren a Veracruz y que luego el barco que zarpara a su tierra, misma que dios había olvidado en la parte más antigua del mundo.
El trío de ladrones no volverá a verse.

Juan Camacho comprendió que por primera vez en su vida, las enormes alas que le nacían en la espalda eran inútiles, no podía huir en aquellas circunstancias, mucho menos con la fractura que se había hecho al momento del choque. Y aquellos grandes apéndices nacientes en su espalda habrían de condenarlo a no pasar desapercibido en multitudes. No logrando concebir un mejor plan, caminó de regreso al barrió donde había crecido, quizá podría esconderse en la basura, debajo de alguna piedra, quizá enterrarse y dejar fuera solo la cabeza, pero ¿Por cuánto tiempo?

Mientras caminaba con las alas dobladas sobre su espalda, escuchó los disparos que escupía un rifle muy cerca del lugar, comenzó a entrar en pánico y entró corriendo a la calle donde vivía Doña Esperancita de la Vega. Doña Esperancita de la Vega era una vieja amiga de su tatarabuela, bruja y quiromante, era la más vieja de todos, ella había sobrevivido a todas las tragedias; desde la peste negra hasta la invasión de las arañas, Doña Esperancita de la Vega lo había vivido todo.
(PUM PUM PUM)
-¿Quién es a esta hora de la madrugada?-
-Soy yo madre, la sombra del perseguido, vengo de lejos y soy inocente.-
La ancianita abrió ligeramente la puerta y lo dejó pasar. –Esta casa siempre se abre al perseguido, pero ninguno es inocente hijito, todos nacimos con el alma llena de lodo.- Dicho esto cerró la puerta. En aquel momento un embriagante olor a flores frescas impregnó la habitación, era Fernanda Vizcaína.

Fernanda Vizcaína era la descendiente más joven de la familia Vega, su mamá había muerto al darle nacimiento y su padre había sido encarcelado por haber robado una hogaza de pan; lo encontraron una mañana fría en su celda, ahorcado con sus intestinos. Fernanda había sido criada entonces por la tatarabuela, ella le había criado en todas las antiguas artes mortuorias y quiromantes, hábil para el metate y para el bordado, Fernanda era una mujer integral. Lo que más destacaba dentro de su personalidad, es que no existía en ella ninguna emoción negativa, siempre tenía una sonrisa en el rostro y veía todo sin complicaciones.
-Esta me salió con alma de pato.- Decía la tatarabuela a risotadas. –Es más simple que un ratón.-

En aquel momento Juan Camacho sintió una burbuja en el pecho, (a la altura del alma y no en el corazón) algo tibio pero intenso recorrió su interior cómo una hormiga cavando un túnel, Fernanda le sonrió desde atrás de su abuela y le dijo. – ¿Ya en las andadas Juanito? Si tú eres un hombre bueno, no se pa´que te metes en pendejadas.- Dicho esto soltó una risotada que alteró al perico de la viejita en su jaula. Encendió una vela mientras le calentaba el café a la abuela y a Juan Camacho, en la muñeca izquierda, amarrada con un hilo rojo, colgaba una medallita de San Lázaro que fue la única pertenencia que le había dejado su madre antes de morir. Tenía la piel morena, era delgada y con manos delicadas pero acostumbradas al trabajo, tenía largos dedos en sus pies y siempre andaba descalza, de niña le gustaba comer tierra y siempre adoptaba insectos y les daba nombre.

Juan les contó a ambas todo el incidente y probó su inocencia en el evento, a veces pasaba, cuando las estructuras fallan y se obliga al hombre a cometer el mal por un acto de redención, no hay pecado en ello. La abuela le dijo que podía quedarse, que sabía que era un buen muchacho y que de todas maneras ya hacía falta un hombre en la casa, Juan abrió sus alas al escucharla y aleteó alegremente, cosa que volvió a asustar al perico que empezó a soltar gritos cómo loco. –¡Es el diablo, es el diablo!- gritaba, Fernanda corrió a tranquilizarlo en su jaula, tomó un chile del árbol que estaba cerca de la ventana y se lo dio. Juan durmió en la sala esa noche pensando en Fernanda, ella en su cuarto pensaba en Juan.

Los días pasaron y ambos se volvieron cómplices de vida, era sencillo, él estaba encerrado en la misma casa que ella y la abuela había predicho que el hombre alado y la mujer tierra se pertenecerían uno a otro, la predicción evidentemente nunca había tenido sentido hasta el momento. Él estaba enamorado de su simpleza, de la luz que salía de sus ojos y de la profundidad de su ser; ella lo amaba porque tenía un alma pura y la libertad de mil hombres. –Tengo miedo de que un día te me escapes volando, te debería hacer lo mismo que le hicieron al perico, cortarte las alas.- le decía, él reía por lo bajo pero sus palabras eran verdad, se sentía atrapado en una jaula. Todos los días que salía al pequeño jardín de la casa a cortar la mala hierba o a echarle cal viva a los agujeros de las hormigas, volteaba al cielo y respiraba profundamente todo ese azul, lo contemplaba por horas e intentaba agitar un poco las alas, sin despegar, cuando doña Esperancita lo descubría lo regañaba.
- Métete ya, chamaco cabrón, ¿Qué quieres que te vean los vecinos?-
-Perdóneme madre, es que extraño mucho estar afuera.-

Un día durante el almuerzo Fernanda mencionó la idea de escaparse, pues ya había pasado mucho tiempo y probablemente la policía ya hubiera dejado de buscar a Juan Camacho, la idea tomó fuerza en el cerebro de Juan, se vio a sí mismo, junto con Fernanda, Todo ese azul, toda esa libertad para crecer juntos y envejecer, todo el universo servido para ellos, el hombre pájaro y la mujer tierra, volando hacia el infinito. Doña Esperancita les dijo que hicieran lo que tenían que hacer, que ella les daba su bendición y sonrió feliz después de muchos años de pena, entendió que su vida había servido para esto, todas las arrugitas de su cara se contrajeron en el más feliz de los gestos, se levantó de la mesa, recogió los trastes y acarició por última vez a su perico, se puso el camisón que usó toda la vida y se fue a morir en sueños, feliz, después de años de vida precaria, de joda diaria, de despertar antes que el sol y salir a ganarse la vida.

Temprano en la mañana Fernanda y Juan preparaban sus cosas para salir a la calle, en búsqueda de la eternidad, Fernanda empacaba bocadillos, no tenían prácticamente nada.- ¿Nos llevamos al perico?- Le preguntó Juan a Fernanda. –Acuérdate que te tiene miedo, para él no eres más que un ave más grande y por lo tanto peligrosa.- Decidieron llevárselo después de todo y regalárselo a la mamá de Juan, tomaron sus cosas y se plantaron frente a la puerta, la mano llena de tierra de Fernanda se extendió temblorosa a la de Juan, él la tomó con firmeza, le sonrió y le dijo.
-Te amo negra, eres lo mejor que me ha pasado.-
-Y tú a mí.- Se besaron. Juan tomó el picaporte de la puerta y salieron a la calle. Llegaron sin preocupaciones a la estación de trenes, para disimular sus enormes alas, Juan cargaba una mochila que había encontrado tirada, pasaron sin preocupaciones hasta los andenes, de pronto, una bola de niños se acercó corriendo a ver al perico, él, que había vivido toda su vida en la casa se asustó y empezó a aletear en su jaula, gritaba cómo loco, todo el mundo en el andén volteó hacia donde estaban ellos. .- ¡ES EL DIABLO, ES EL DIABLO!-

En ese momento Juan tomó a Fernanda del brazo y empezaron a correr, ya no importaba nada, tenían que tomar cualquier tren y salir de ahí lo más rápido posible, comenzó la persecución, los policías de la estación les pisaban los talones, el vapor y el humo de las locomotoras inundó el ambiente, en las columnas del andén los relojes se detenían al paso de los enamorados, esto sirvió para que después en el sumario, se asentara que todo el desastre había ocurrido en 3 minutos. Lograron llegar a un tren que estaba partiendo, corrieron al lado del tren, Fernanda subió primero, dio un salto enorme con sus fuertes pies descalzos y llegó a la orilla, volteó y le gritó a Juan. – ¡Pásame al perico!- él le aventó la jaula y ella la atrapó, en ese momento sonó el primer disparo, una bala le atravesó limpiamente en la mano derecha. – ¡VUELA!- gritó ella, el se quitó la mochila con la mano ensangrentada y por primera vez extendió las alas en mucho tiempo, pasara lo que pasara el había encontrado la libertad, estaba junto con ella y lo demás no importaba.

Ella lo observó desde el tren en movimiento, con toda su majestuosidad, en un breve instante ella se vio pasando la eternidad con él, lo vio de viejo en la granja. (BUM! BUM! BUM!) Tres balas , le dieron en la espalda, se tambaleó pero siguió corriendo, extendió aún más las alas y comenzó a moverlas, se acabó el andén, cayó en un charco de lodo, pero continuó (BUM! BUM! BUM! BUM! BUM!) Comenzó a volar, herido mortalmente, ella lo vio subir un poco, la deslumbró el sol, se agarró la cara y lloró desesperada, respiró profundo y le dijo.-Adiós, amor mío- Él la miró desde arriba justo antes de caer, le sonrió aunque ella no pudo verlo y finalmente cedió su vida a las heridas, cayó rápidamente al suelo, sucio, lleno de lodo, cómo un enorme pájaro herido, muerto por las circunstancias injustas de la existencia, el mundo giraba al revés por unos cuantos.

¿Ya te dormiste?

viernes, 30 de noviembre de 2012

Dentro de tí.


Esta no se trata la historia de la desventura o la fortuna de algún conocido, los siguientes hechos a narrar ocurren en un mundo paralelo de ficción donde la realidad se adapta a la voluntad, donde los límites de la imaginación dictan el fin de la realidad. Un mundo utópico y lleno de contradicciones que aparentemente conviven en armonía y en paz.

Son las 5:52 de la tarde, un 14 de diciembre, en el aire, los átomos de oxígeno danzan al suave compás de la respiración simultánea de millones de pulmones. Entran, se intercambian y salen, formando parte del todo, simultáneamente una madre amamanta a su cría, un gorrión se protege del frío en la oquedad de un árbol, un niño duerme la siesta de la tarde, una lámpara titila bajo la variación del voltaje de una toma de luz cacera, una estrella explota y crea un inmenso hoyo negro capaz de desaparecer en fracciones de segundo cantidades gigantescas de materia, dos personas enamoradas se toman de la mano y se susurran –Te amo, gracias por entrar en mi vida.- un anciano despierta a la mitad de un mal sueño, tiene taquicardia; muere. Un millón de niños nace en el mismo instante.

Un rayo cae en un árbol y le prende fuego, una araña caza a una mosca, dos personas que no se conocen suspiran y se preguntan si están solos en el mundo, una microscópica partícula de antimateria encuentra a su par de materia común y explotan tan brevemente que apenas alguien podría decir que el evento ocurrió, dos obreros construyen una escalera, la explosión de un volcán marino forma una isla, la manecilla de algún reloj avanza un segundo, un corazón late en un huevo, un muchacho empieza a fumar, otro, muere de cáncer. Dos peces se aparean, una ventisca polar sepulta 5 metros más el cadáver de un mamut en el glaciar, se extienden mil alas, parpadean quinientos ojos.

Dos amigos se reencuentran, un girasol se abre para ver el sol nacer, millones de hormigas construyen un puente con su cuerpo, se seca un río, se deshiela un iceberg, una fábrica exhala un humo cansado, un hombre es declarado demente, otro reza, otro fuma, otro camina y ve a las estrellas. 

Todos estos elementos interactúan directa e indirectamente y lo más importante es que son una sola cosa y ¿Qué pasa si también digo que los peces vuelan? ¿Qué los fantasmas existen? ¿Qué las pirámides flotan? ¿Qué las leyes se rompen? ¿Es en realidad tan difícil creer que existe algo más allá? ¿No nos bastan los milagros cotidianos para tener fe, para justificarla? ¿Es que acaso necesitamos más? ¿Si te fuiste, vives en mis sueños? ¿Estás despierto? ¿Qué comiste ayer?

Y la pregunta más importante de todas ¿Qué haces tú en este todo? ¿Por qué estás aquí?

Nos detuvimos a contemplarnos en el reflejo del agua y el tiempo nos vio pasar, una fracción de vida se perdió en esta inmensa interrogante que nos rodea. 

Quizá yo soy tú y tú eres otro yo.

Cierra los ojos, la respuesta está dentro de ti.

jueves, 22 de noviembre de 2012

Cucarachas.

La lluvia caía en pesados goterones en el parabrisas del auto, afuera, en el tráfico de las 6, bajo la lluvia, un par de niños pintados cómo payasos y con nalgas de globo bailaban para ganar un peso o dos cada que se ponía el semáforo.

La ventilación del auto se encontraba al máximo y el interior se empañaba cada vez más, dificultando la visibilidad, colando dentro del auto el olor fétido del drenaje que se desbordaba en las banquetas y que a su paso arrastraba mierda, suciedad, lodo, ramitas secas y algunas bolsas de plástico donde antes hubo envueltos panes de canela.

Respiró profundamente y avanzó el auto dos metros antes de apagarlo de manera definitiva, había pasado ya 35 minutos en el mismo semáforo y parecía que no iba a logar escapar en poco tiempo. Dio un ligero golpe al volante, sin rabia, sin angustia, motivado únicamente por el nudo que apretaba su garganta y que lo obligaba a tragar saliva con dificultad. Aquellas tenazas no eran una novedad, las había padecido al menos 3/4 partes de su vida, eran las tenazas de la opresión y de la ansiedad, de esa que no mata pero no deja vivir tranquilo.

Decidió que a la mierda con todo, a la mierda el auto, a la mierda su vida, a la mierda la puta lluvia, abrió la puerta y puso un pie bajo el auto. De manera inmediata su zapato se inundó y el frío le caló hasta los huesos, se sintió un imbécil por su desesperación y volvió a cerrar la puerta; ahora con un pie calado de helada y hedionda agua de ciudad. La peste invadió rápidamente el interior del auto.

Escuchó un susurro proveniente del asiento trasero, se miró los ojos al retrovisor para comprobar si no seguiría en pastillas o si se habría vuelto loco, todo parecía normal pero el ruido no cesaba. Lo enloquecía.

Sacó una navaja que llevaba en la guantera y se dispuso a cortar el sillón trasero; al hacer el primer tajo, un ejército de miles de cucharachas diminutas salió de la recién creada abertura y subió por su brazo. Algo lo paralizó completamente, era una mezcla de miedo y satisfacción, las dejó correr hasta que alcanzaron su cuello, sintió un cálido fluido bajar por su entrepierna pero no las detuvo, las dejó entrar en sus oídos, en su nariz, en su boca, incluso masticó algunas, no tenían un mal sabor. Las hizo sus amigas, les leyó muchos cuentos y las llevó a comer a casa. Un día finalmente lo encontraron devorado en su cama, con cientos de miles de huevecillos en su vientre.

A nadie pareció molestarle.

Las cucarachas son bonitos bichos si llegas a conocerlos.

Pero si se los permites, algún día van a devorarte.

martes, 13 de noviembre de 2012


Ayer voltee al espejo y el reflejo no sonríe.

Ha caído en un abismo, tristes días en el frío.

Todo sigue dándome vueltas, millones de patas y ojos y alas.

Se sintetiza miedo en cada célula de mi sistema.

En cada intersticio de mi ser, está la raíz del mal.

Estar, irse, volver. -Oso, no te vayas, no me dejes así abandonada.-

<< No me fui a ninguna parte, de hecho nunca estuve aquí. >>

Se me va la vida en salir a caminar.

A veces no soporto las bajadas… hay un cuchillo al lado de mi cama.

Todos se fueron, se fue Oscar, se fue Clarence, Bingo, Fredrich y Larry.

Estoy solo.

A veces me da miedo estar contigo, no eres tú, soy yo.

Hay algo podrido en mi sistema.

Me jode no poder escribir poemas.

Me jode la escuela, los odio a todos menos a ellos. Ellos no tienen la culpa.

Mis amigos siempre están ahí, no importa cuánto los maltrate e insulte, no creo merecerlos.

Igualmente mi familia. Mamá, los abuelos, la hermana, incluso el padre con toda su mierda está siempre aquí cuando vuelvo.

Y yo me voy.

Con mi demencia.

Con mi incongruencia.

Si alguien pregunta digan que no me conocen.

Que nunca estuve aquí

Desaparecido

-Se fue.-
-¿Sabe cuándo volverá?-
-Ni puta idea.-

jueves, 8 de noviembre de 2012

Claudia.


Encendí otro cigarro mientras caminaba y me adentraba en la noche. Los hechos recientes parecían tan irreales que no terminaba de creerlos, se aglomeraban en mi cabeza igual que moscas en un trozo de carne podrida, fluían dentro de los vasos de mi cerebro cómo microtrombos que amenazaban con provocarme una embolia emocional en cualquier minuto, mientras tanto las estrellas seguían observándome con despreocupado desdén, cómo silenciosas cómplices de mis acciones y pálidas testigos de lo bajo que pueden llegar los instintos de un hombre; lo más asombroso es que no hicieron nada para detenerme.

Los hechos que me propongo a relatar sucedieron la madrugada del 1 de Noviembre de 2012.

Yo era un joven de clase media baja, pronto aspirador de nubes, relatista, cuentero, a veces pálido y vigilante, cansado de la vida de un pendejo cotidiano pero suficientemente conforme con todo cómo para no hacer nada al respecto. Vivía en una casa de dos pisos, con la pared de la cocina pintada de blanco vivo, junto a seis millones de moscas que volaban en el patio y con las que pude alguna vez hacer una tregua de desperdicios a cambio de un poco de tranquilidad por las noches, eso y que a mi llegada volaban al árbol de enfrente para hacerse las escondidas; pero yo sabía que estaban ahí, las veía igual que un nubarrón negro volador, un lienzo de aleteos y de ojos diminutos que emprendía el vuelo cuando me veía llegar a casa. En el más básico de los niveles vivía feliz. Mis necesidades eran satisfechas con facilidad porque no le pedía mucho al mundo, me conformaba con un lugar tibio para dormir y con que se me ignorara la mayor parte del tiempo posible.

Existe además de mí un par de personajes a los que me gustaría introducir, pues forman parte fundamental de los hechos acaecidos aquella noche. El primero es Manuel Aguilar. Manuel Aguilar era un muchacho de por ese entonces 22 años, bajo de altura pero alto en carnes, con la complexión de un jabalí, con colmillos igual de aterrorizadores y afilados para quien lo pudiere observar detalladamente, gran bebedor de cerveza, honesto y de gran carácter, con un gran sentido común, lo cual es a veces difícil de encontrar. Vivía con su novia, era una mujercilla psicópata pero de buen corazón, que constantemente complicada su vida. –Yo soy tu dueña perro, me perteneces…- solía decirle a veces. Yo lo veía llorar de rabia por su culpa, pero la amaba y eso estaba bien, el amor es capaz de muchas cosas, es entonces que uno entendía que los locos no tienen la culpa, simplemente hay que tratar de mantenerse lejos de ellos casi tanto cómo de uno mismo.

El segundo es Agustín Caravelo. Agustín, mi gran amigo… cuanto lo extraño. Comienzo: Agustín era este muchacho al que le pasaba de todo. Éramos amigos desde pequeños, nos conocimos en la escuela. Yo solía defenderlo de otros niños que siempre querían molestarlo, porque era pequeñito cómo un ratón, con dientecitos protuberantes y con pecas en la cara, con una increíble capacidad de meterse en enormes problemas junto conmigo. Vivía en un barrio hostil, al lado de un lugar que era cómo un nido de ratas humanas, donde se traficaba con drogas, se vendían armas y no entraba de noche la policía por qué les daba miedo. Su madre era soltera porque su padre había muerto cuando él era muy pequeño. Agustín no se acordaba de su padre. También vivía bajo el mismo techo su abuela. Ella era una viejecita que había emigrado desde la sierra de Oaxaca, perseguida por militares por ser parte de una comunidad a las que se les habían quitado tierras injustamente por el gobierno. No falta decir que tenía un carácter de lo más amargo y maltrataba a Agustín todo el tiempo, yo me sentía impotente porque era ella la única persona de la que no podía protegerlo, uno no puede atacar a las figuras de poder solo.

Esa noche caminábamos por la calle cómo solíamos hacerlo usualmente, nos gustaba reunirnos de noche a platicar, a caminar, cosas de amigos. Ellos eran cómo una familia para mí y nos complementábamos, nuestra amistad no tenía condicionantes y eso estaba bien porque no éramos más que parias que se encontraron vagando por la vida y no nos exigíamos nada, yo siempre creía que existía una razón poderosa que nos unía, era algo impreso en nuestros destinos, una marca en la frente con la que algo más poderoso nos identifica a todos. Un orden más allá de lo que podíamos comprender. La noche estaba transcurriendo cómo usualmente lo hace, hermosa, oscura, fría, con todos esos matices de colores que sólo la noche puede ofrecer, yo vivía de mejor manera a obscuras, ahora que lo pienso creo que nunca disfruté tanto los días cómo las noches, en la noche todo era más inesperado, más intenso, a veces más peligroso, atractivo para los suicidas, cómo yo.

Caminábamos en contra sentido a los coches por la banqueta, repentinamente un suceso inesperado interrumpió nuestra charla. Un automóvil que circulaba sobre la avenida pasó de pronto por encima de nuestras cabezas, todo sucedió muy rápido, yo no entendía si no lo vimos venir porque estábamos demasiado ensimismados en nuestra plática o si todo había surgido de la nada. En fin, nos agachamos cuando pasaba por encima y lo vimos barrerse por toda la banqueta, yo temía que todo se incendiara, pues estábamos al lado de un pequeño bosquecito urbano donde los árboles empezaban a verse más secos, el inicio de la estación fría y lo que conlleva. En ese momento corrimos hacía el coche a ver que podríamos hacer para ayudar. No éramos héroes, ni éramos nada, éramos animales protegiéndose entre ellos, cómo especie, no había dentro de ese acto nada de redención ni de espiritualidad, estábamos actuando por nuestros instintos.

Al llegar al coche observamos la escena, estaba volteado sobre el techo, con las ruedas deshechas, con los cristales completamente rotos; pronto se prendería fuego, seguro, dentro del coche las bolsas de aire se disipaban en el humo del accidente y vimos el interior. Sólo había una persona, era una chica rubia que se disipaba igual que el humo, nos conmovió con su honestidad, sentimos que se nos iba de las manos, tenía un feo corte en la cabeza de donde emanaba su hermosa sangre de unicornio. La sacamos de entre los fierros retorcidos con cuidado, aunque no era muy pequeña pudimos rescatarla, una fuerza más grande que nosotros nos controlaba, la misma fuerza que logró que nuestros antepasados en crisis pudieran superarse, aquello que había desde hace millones de años impulsando a la vida, una coincidencia inimaginable. La fuerza de la vida misma.

La depositamos con cuidado en una parte de la banqueta, lejos del automóvil, uno de nosotros se quitó la chamarra… o quizá lo hicimos todos, no recuerdo en qué momento la perdí, le hicimos una almohada con ella, después de ello yo regresé al coche a buscar algo para poder identificarla, su licencia, las llaves, alguna cosa tenía que tener que nos ayudara, cuando llegué me di cuenta que el coche no se habría prendido en llamas cómo lo pensamos antes. –Bien, tranquilo, ahora piensa que puedes hacer para resolver esto.- me decía a mí mismo, teníamos que reportarlo a una ambulancia, a la policía, luego esperar y cuidarla hasta que eso pasara.

Encontré en el asiento delantero del copiloto una bolsa, no le robé la cartera ni el teléfono… pero había unos cigarros y sabía que ella no los necesitaría bajo esta situación, me ayudarían a enfrentar el mundo porque yo era un adicto, igual que todos. Yo veía que todas las personas solemos aferrarnos a alguna idea para no caer, cosas sin importancia ni sentido, pero que finalmente daban sentido a nuestras vidas. Me metí los cigarros a la bolsa mientras regresaba al lugar donde la habíamos depositado, abrí la bolsa mientras caminaba y saqué la cartera, ví su licencia de conducir. Claudia Zinnkann, alemana, 23 años. –Bueno.- pensé –Ya sabemos su nombre.- Pensé en su familia, quizá ni siquiera estuvieran en este país, o no tendría, quizá estuviere sola en el mundo. –Estamos nosotros perro, no pasa nada, todos necesitamos de los demás, unirnos.- Regresé a donde estaba acostada.

-¿Ya le hablaron a la ambulancia?.- Ya.- Me respondieron. Nos sentamos a esperar a su alrededor, todavía respiraba, era evidente que estaba inconsciente pero respiraba bien, al menos no estaba muerta. –¿Cómo se llama Borjón?.- Me preguntó Agustín. Yo volví a ver la licencia.- Claudia Zinnkann, es alemana, tiene 23.- Sus caras torcieron una mueca de tristeza, la realidad es que ninguno de nosotros tenía mucha esperanza de nada, esperamos sentados durante horas a su alrededor, llamamos más veces a las ambulancias, en la calle no pasaba ningún coche, era fatalmente extraño, estábamos en una gran avenida y no había más que calles a nuestro alrededor, calles inútiles vacías. Nos sentimos profundamente solos, tristes.

-¿Que vamos a hacer?- Preguntó Manuel Aguilar, -Nadie viene y no podemos hacer nada por ella, ósea no aquí, necesitamos movernos.- Yo lo sabía, los miré a ambos y a ella simultáneamente, no teníamos manera de transportarla con nosotros pero tampoco podíamos dejarla, estábamos unidos a ella por una extraña coincidencia y lo sabíamos. –Hay que comérnosla, nos la comemos y nos vamos, no podemos hacer nada más para no abandonarla.- Ambos rieron por lo bajo, los tres nos miramos a los ojos y entendimos que era verdad, que no podríamos hacer otra cosa para no abandonarla. Le tapamos la boca en silencio, sin vernos a los ojos.

Su organismo no tardó en ceder, se quedó dormidita, hermosa, cómo un ángel, ni siquiera hizo mueca alguna. La entendimos, había pasado una mala noche y fue lo mejor para ella, yo tenía una navaja en la bolsa. Mis estudios al fin pagaban el esfuerzo, sabía exactamente lo que teníamos que hacer. –Hay que sacarle los órganos y separar la carne.- Les dije.-¿Cómo se la quieren comer? No podemos dejar nada. Nos meterían a la cárcel.-
-Yo quiero pura carne así sin nada, o sea sólo cómo su cuerpo, lo que es carne pues.- Dijo Agustín. -¿Tú?- le pregunté a Manuel Aguilar.
- A mí me gusta de todo wey, pero siento que debe ser más tiernita por dentro, ¿Sabes cómo abrirla?-
-Si, por supuesto.- Le dije.
-Ábrela y nos la empezamos a comer, tampoco hay que tardarnos mucho tiempo.- Éramos lobos, lo comprendí.

Le hice un corte a lo largo del cuerpo, hasta el abdomen, empecé a separar la lengua de la cabeza y así… Saqué completamente los órganos, yo no estaba particularmente con hambre en ese momento pero decidí que quizá podría comer algo de intestino, todo lo demás me desagradaba por dentro. Corté porciones para Manuel Aguilar y para mí y luego le separé un gran pedazo de la pierna para Agustín, vi brillar sus ojitos de ratón cuando se la dí y me pareció muy simpático. Me dediqué a elegir mi parte, limpié con los dedos un trozo de intestino y lo mordí. Estaba tibio, lleno de sangre, era cómo entre salado y con mucho hierro por la sangre. Era cómo cuando te comías tu sangre por que te escurría de atrás de la nariz. No fue agradable, de hecho me hizo sentir muy enfermo.

Decidí que no más vísceras para mí, carne sería la mejor opción en todo caso. Me separé un trozo de la pierna contraria a donde le había cortado para darle a Manuel Aguilar. Seguimos comiendo en silencio. Nos miramos a los ojos, estábamos muy llenos para continuar, sabíamos que ella tenía que quedarse ahí, era muy triste. Era cómo abandonar a un pichoncito de ave, tan pequeñita, tan frágil, tan hermosa. No era su culpa, quizá los culpables habíamos sido nosotros. Después de todo ella había salido de quien sabe dónde, quizá por evitarnos chocó, ninguno lo entendía. –Hay que irnos muchachos, no podemos hacer nada más.- Ellos lo entendieron, aunque pude ver claramente en el brillo de los ojos que les había dolido en lo más profundo del alma, las pérdidas siempre son dolorosas.

Nos despedimos de ella, adiós angelito nuestro, que descanses siempre y que tu espíritu esté en paz. No puedes desear nada más. Nos marchamos juntos y contemplamos el amanecer en el horizonte, sin miedo, nunca podrían controlarnos, siempre fuimos libres. Inmortales, lunáticos, el mundo siempre había sido nuestro, al menos al día de hoy.

¿Quién soy? ¿Dónde estoy?...

No se…

No me importa. 

viernes, 28 de septiembre de 2012

Gatos de Schrödinger.


Ella y yo éramos una pareja ideal. Yo disfrutaba de llevarla a pasear, caminábamos durante las largas tardes de otoño y las hojas crujían bajo nuestros pies, y las horas crujían bajo nuestro amor, disfrutábamos de comer juntos, ella solía prepararme deliciosas cenas cuando yo llegaba a casa cansado de trabajar y yo solía llevarla a cenar dos o tres veces al mes. Nos dirigíamos con cotidianidad al barrio italiano y cenábamos pastas a la luz de las velas, mi favorita era el fetuccini con camarones y champiñones, ella en cambio siempre lo ordenaba con bolognesa. Disfrutábamos de una soledad mutua, yo no tenía amigos, ni familia y no teníamos hijos. Nuestra rutina diaria estaba bien establecida, nos despertábamos simultáneamente a las 8:15 y ella usaba la regadera primero, mientras tanto yo ponía un poco de café a hervir; salíamos puntualmente a las 9:30 todos los días, a veces hacíamos el amor, aunque no recuerdo que fueran muchas veces.

El tiempo avanzaba y rayaba nuestra pobre felicidad estéril, lo nuestro era un pobre encuentro de dos silenciosos que vivían sin ningún sentido en la vida, ambos dormíamos profundamente por las noches y ninguno de nosotros jamás tuvo sueños. Ella alguna vez mencionó la posibilidad de tener hijos y a mí me repugnaba la idea, traer al mundo una criatura significaba muchas incomodidades para mi mediocre estilo de vida, no gastaba en nada y a pesar de tener un empleo bien remunerado en la fábrica de cajas no me preocupaba por tener muchas cosas. En nuestra casa había una sencilla mesa de madera con cuatro sillas que nunca ocupábamos, dos platos hondos y dos planos, dos tazas, dos cucharas, dos almohadas en la cama, dos cepillos de dientes en el baño, dos cajoneras con un par de mudas de ropa, dos servilletas, dos manteles y por alguna paradójica razón, tres cuchillos.

Yo no solía hacer muchas actividades, a veces los fines de semana compraba el periódico o alguna revista de crucigramas y dedicaba la mayor parte de la mañana a resolverlos, por la tarde caminaba a la plaza mientras ella dormitaba una pequeña siesta y compraba dos conos grandes de helado, uno de pistache y uno de frambuesas con crema, volvía a la casa y la despertaba con un amoroso beso en la frente y le daba su helado. Ella no solía decir mucho, despertaba de la siesta y comía su cono en silencio, mirando a la pared. La verdad es que ahora poco recuerdo su voz, era muy callada y parecía que nunca estaba en ninguna parte, pero no era de asombrarse, a mi me gustaba así, callada, así al menos no tenía que escuchar las quejas que seguro crecían día a día en su pecho, las súplicas, las palabras de amor, sus suspiros y sus anhelos, todo ello en realidad eran cosas que no me importaban pero éramos muy felices y nos amábamos mucho.

Una mañana de Octubre me dijo que quería emociones nuevas en su vida, que estaba constantemente aburrida. –Bueno.- dije yo.-Eso se soluciona con facilidad, ¿qué te parece si adoptamos a un bonito gato?.- Sus ojos se iluminaron brevemente y asintió silenciosamente, con una sonrisa tímida en sus labios, yo le acaricié la cabeza con la mano abierta. Esa tarde la llevé directamente al refugio de animales más cercano a mi trabajo y nos paseamos entre las jaulas- -Este.- me dijo.-Quiero este.- Señaló directamente a un viejo gato gris con un ojo nublado por blancas cataratas, el gato ronroneó amistosamente cuando acerqué mi mano a la reja.- ¿Segura que quieres este? Parece ser muy viejo y no tiene la mejor pinta.- ¡NO!.- gritó –Quiero este.- cuando lo dijo su tono de voz bajó considerablemente, yo supuse que aquel día lleno de emociones había alterado un poco su usual conducta y le había inyectado algo de vitalidad, reí cómo reía mi padre cuando mi madre alzaba la voz y dije –Está bien, pero vas a tener que encargarte de él, de alimentarlo todos los días y de procurarle algo de cariño.- Nos llevamos el gato a casa.

Los días continuaron pasando y parecía que el gato se adaptaba bien a nuestro estilo de vida, dormitaba por las mañanas y miraba por la ventana toda la noche, siempre en el mismo lugar, siempre alternando la vista entre un punto vacío en el cielo y la calle; yo a veces despertaba y lo descubría mirando a la cabecera de la cama, pero cuando se daba cuenta que lo observaba, volvía sigilosamente la cabeza a su usual observación por la ventana. Mi mujer por su parte parecía contenta con el gato, solía colocárselo en el regazo y acariciarlo por horas, a veces él intentaba huir, pero ella lo cogía rápidamente de las axilas, lo levantaba y lo llevaba nuevamente a su regazo, siempre viendo hacía la pared, sin parpadear.

Uno de aquellos días el gato se me acercó mientras leía el periódico en la mañana y frotó su cálido pelaje en mis pantorrillas, yo lo acariciaba por lo bajo mientras ella nos observaba a ambos y su gesto se endurecía. Empecé a llevarme bien con el gato, solía llegar del trabajo y él se me acercaba maullando, exigiéndome sus habituales 3 y media onzas de atún que yo guardaba en la heladera, ella sin embargo empezó a volverse cada día más cortante y fría y cuando yo llegaba se encerraba en el baño por horas, o en el cuarto, y cuando entraba y la veía estaba ahí sentada en silencio peinando su cabello, lo peinaba tanto y con tanto afán que empezaba a caérsele, pero yo no quería preocuparla, probablemente era un proceso normal con la edad. A veces la descubría hablando con el gato cuando pensaba que no la escuchaba, lo tomaba entre sus brazos y acercándole los labios a las orejas le susurraba.- Tú sólo tienes que quererme a mi ¿Entiendes? Tú eres mío y nunca nadie va a poder arrancarte de mis brazos, ¿es que no entiendes que te quiero y eres lo único que me queda?- Yo no le daba mucha importancia a esos hechos, en parte tenía razón, el gato era de ella y él debía quererla sólo a ella.

El comportamiento de Lydia era cada vez más errante y difícil de predecir y entender, andaba de aquí para allá, soñando despierta, hablando en secreto con mis padres muertos, rezándole a las latas de atún que yo le daba al gato, ansiosa y despierta, paseándose penosamente sola cuando salía de trabajar, sin mí, huyendo de todas las miradas para contarle sus secretos a los pájaros y a los árboles. Yo estaba honestamente preocupado, ella era lo único que yo tenía y no podría darme el lujo de perderla, si la perdía a ella perdía todo, mi cobarde acto de salvación no era porque quisiera beneficiarla a ella, quería salvar mi propio pellejo y comodidad, quería salvar lo único que le daba un sentido a mi vida aunque fuera absurdo, su presencia se había convertido en mi más en una necesidad que en amor real, era un cobarde y lo sabía.

Aquella mañana la encontré despierta antes de lo usual, con el gato en mi cama, entre sus piernas, contándole sus sueños; Era la primera vez que la oía hablar más de 9 palabras.-Entonces yo estaba caminando gatito, lo hubieras visto, era hermoso, los árboles se mecían bajos mis órdenes, si yo lo deseaba se nublaba el cielo y caían rayos en la gente, sentí toda la tarde que mis pies eran raíces y que la tierra palpitaba bajo ellos, hablándome, contándome sus secretos y yo era tan feliz, ¡Lo hubieras visto! Y todos me miraban porque era hermosa.- Le toqué el hombro con delicadeza y le pregunté. –Mi amor, ¿estás bien?- y ella no me contestó nada, soltó abruptamente al gato y lo empujó hacia el suelo, se levantó y con una mirada entre ausente y coqueta se rio a carcajadas y se fue de la cama. Cuando la alcancé en la ducha me arrastró junto con ella y me besó apasionadamente mientras el agua empapaba mi ropa. –Querida, me estoy mojando.- entonces me soltó abruptamente, en sus ojos se creó inmediatamente una infinita tristeza, dos lágrimas silenciosas rodaron por sus mejillas, balbuceó un par de cosas ininteligibles y luego un par de gruñidos sordos, me miró a los ojos y me dio un último beso… Salió de la ducha y fue a dormirse.

Durmió todo el día y toda la tarde siguiente, cuando despertó fue sólo para comer algo, estaba enferma, moribunda de un dolor inmenso que ningún doctor podría curarle, ni si quiera yo, ni dejando de ser un mierda y tratándola bien, la abracé toda la noche mientras deliraba en calores de agonía, su alma estaba muriendo para renacer en una forma que yo no comprendería. Me arrepentí de todo, algo en ella, de su enfermedad se transmutó a mí y también tuve fiebres toda la noche, estaba perdiendo el significado de mi mundo sin remedio, todo en lo que creía era, pero no estaba. Finalmente sucumbí a las fiebres y me quedé dormido ahí, a su lado, abrazándola aunque se había ido hace mucho tiempo.

Al día siguiente abrí los ojos y estaba sólo en la casa, todo estaba en perfecto orden pero faltaba ella… y el gato. En resumidas cuentas, intenté continuar con mi vida, continué haciendo mi trabajo, comiendo, durmiendo, cagando, sintiéndome cómodo nuevamente con mi conformidad, respirando con fuerza y roncando por las noches, con mi sonrisa de idiota con suerte que se pregunta el porqué, borracho de nuevos bríos y aires de rancia esperanza, 
intoxicado y loco cómo nunca.

Un día caminé por la calle y creo que vi al gato muerto, no sé, ahora parece que lo veo en todas partes, era un bonito gato, con sus grises rayas y su opacidad en el ojo. Un gato muerto. Me hace pensar en la fragilidad de la vida, ¿Podemos estar y no estar muertos? Somos todos gatos de Schrödinger. Deberíamos tomar el veneno, quizá nos diga algo sobre nosotros mismos, las personas no pensamos hasta que ya es muy tarde.

martes, 17 de julio de 2012

Sara.


Sara tocó el timbre de la casa de su tía, una voz masculina le preguntó del otro lado.
-¿Quién es?-
-Sara tío, ¿no estará mi tía?-
El hombre le abrió despacio la puerta, el chirrido de las bisagras le erizó un poco la piel a Sara, su cuerpo fue invadido por la mirada lasciva de su tío.
-Salió.- Le respondió el hombre.-Fue a comprar el mandado y la leche para la niña, ¿Qué necesitabas?-
-Nada urgente, en la casa nos cortaron el agua y quería preguntarle si me dejaba bañarme aquí.-
El hombre hizo una mueca extraña y su cara de sapo se mostró complacida.
-Claro que si mijita, pásale.-
Sara caminó derecho al baño, cerró la puerta y se aseguró de tapar el agujero donde debía estar la chapa con su bufanda. Se desnudó despacio, no existía sensualidad intencional en sus movimientos, cualquiera podría haber dicho que se complacía en su desnudez, pero era una mentira, su rutina de siempre era desnudarse despacio y meterse al agua a pensar y a perder el tiempo.

Deslizó la cortina y se introdujo a la regadera, abrió las llaves con movimientos sutiles y ligeros. El primer contacto del agua con su cuerpo erizó su piel y despertó sus pezones, observó su cuerpo reflejado en el espejo; sus senos eran dos animales vivos, hermosos y redondos, su vientre era ligeramente abultado, curvo y oloroso a tierra húmeda, su sexo apenas cubierto por un pelambre corto cómo el musgo de los árboles en Agosto, sus caderas eran anchas cómo las de una yegua, pero de forma inocente y armónica, talladas con delicada sutileza, cómo la figura que haría un niño en arcilla.

El ruido de un portazo sordo la sacó del ensimismamiento de su contemplación, un grito asustado escapó de su pecho.
                -¿Quién es?- Silencio.- ¿QUIÉN ES?-
                -Soy yo hija.- Le respondió la voz del tío.-Vine a jabonarte la espalda.-
                -N…n…no hace falta tío.- dijo con voz trémula y asustada.-De todas maneras ya casi acabo.-
Una mano arrancó la cortina de un tirón, horrorizada contempló al asqueroso hombre desnudo frente a ella.
                -No me digas que nunca habías visto uno de estos.- dijo el hombre mientras su pendulante trozo crecía y se amorataba.-Anda, tócalo… siente su textura.- Sara intentó salir corriendo del baño desesperada, desnuda, pero justo al pasar al lado del hombre este la cogió de los cabellos con violencia.
                -¿A dónde vas putita de mierda? ¿Crees que no he visto cómo te vistes? ¿La manera en la que te contoneas? Yo sé que es lo que necesitan las perritas cómo tú.-

El hombre la arrastró de nuevo a la ducha, la golpeó en el estómago y Sara cayó de rodillas, él volvió a jalarla del cabello y le acercó la pelvis a la cara. –Chúpalo puta de mierda, cómo si fuera una paleta.- Sara lo miró a los ojos, todavía sin aire, temblando de dolor y de miedo, en un último intento de fuga en su mente cruzó la idea de morder con fuerza y huir, lamentablemente, sus movimientos torpes y lentos y un fulgor de odio en sus ojos la delató.
-¿Estabas pensando en morderme? ¿ME IBAS A MORDER A MI PUTA DE MIERDA? ¡TE VOY A ENSEÑAR A RESPETARME!-
Acto seguido el hombre descargó varias bofetadas y puñetazos en el cuerpo y cara de Sara.
-Por favor.-berreaba Sara.-Ya no, por favor.- sus sollozos y sus gritos se habían ahogado en un mar de súplica y dolor, de su barbilla colgaban varios hilos de baba, mocos y sangre, su hermoso rostro se había transformado en una masa amorfa llena de bolitas, tenía un corte profundo que sangraba bajo el párpado.

El hombre la levantó del cabello y la empujó de frente hasta la pared de la regadera, frente al espejo. Sara contempló su rostro maltratado y su cuerpo enrojecido por los golpes; el hombre separó sus piernas violentamente con la rodilla, pateándola, forzándola a separarlas.
                -Ahora vas a aprender lo que es ser mujercita- le susurraba a los oídos mientras lamía sus orejas repulsivamente.-Y cuidadito me la llenes de caca puta sucia, si me la embarras te mato, te juro que te mato.-

El cerdo le cubrió la boca con la mano e introdujo su instrumento amoratado en las entrañas de Sara, partiéndola y desgarrándola con cada empujón. Sara ahogaba gritos de dolor y llanto mientras el hombre la metía y la sacaba una y otra y otra y otra vez… el agua de la regadera seguía cayendo.

-¡Nada de decirle esto a nadie eh! Una sola palabra y te mato a ti, a tu madre y a tu hermana.- Le dijo el hombre mientras salía de la regadera.

Sara quedó hecha un ovillo en el suelo, en un charco de su sangre y su mierda, sollozando mientras el agua de la regadera lo arrastraba todo por la coladera.

Afuera la lluvia se secaba al sol del medio día, los árboles se mecían por un vientecillo siniestro y los pájaros cantaban con fuerza bajo el sol, todo el mundo seguía girando igual.

Continuará...

viernes, 29 de junio de 2012

Es tarde para esperar que deje de llover.


Llueve
Llueve en la ciudad de la injusticia
Llueve y la lluvia ahoga nuestros gritos
Llueve y nadan nuestros sueños en el aire
Llueve y se nos enjuaga la sangre, la fe


Si, el agua se ha llevado muchas cosas
Pero hay algo que el agua no ha de quitarnos
La fe, la esperanza. Tengan fe porqué unidos
haremos milagros, con el sudor de nuestra frente
con el dolor de las espaldas, la fuerza del hombro


Pronto seremos libres, si trabajamos por ello
Por ti, por mi, por nuestros hijos y hermanos
Por las voces acalladas y las conciencias pisoteadas
Nuestro momento es hoy y ahora.


Mañana dejará de llover


Mañana ya es hoy.

viernes, 22 de junio de 2012

Estoy hablando con un muerto, debo estar loco.

-¡Jale ese gatillo Gómez!.
-No puedo señor, el desgraciado se parece a mi hermano.
-No sea pendejo Gómez, aquí no viene uno a recordar si no a matar cabrones, ahora jale el maldito gatillo o lo encuartelo, lo enjuicio y lo mato a usted cómo a un perro.


Gómez vio en los ojos de aquel hombre tirado una humilde súplica de piedad, su rostro lleno de sangre seca y lodo se le quedaría grabado hasta el momento en que habría de morir sólo en un asilo para retirados, viejo, cansado y sin una sola persona en el mundo que se acordara de él.


La guerra le arranca el alma a los hombres y todos eran parte de ella, inútil, estúpida, estaban envueltos en una matanza por ideales ajenos y disputas de poder. No existía ninguna gloria en matar a nadie. Que equivocados estaban Shakespeare, Franco y todos esos mierdas que ensalsaron la naturaleza violenta de los hombres.


Gómez jaló el gatillo y la bala entró limpiamente en el cráneo del hombre, una mueca vacía pero feliz pareció apoderarse de su rostro, lo dejaron ahí, tirado en la vía pública con los ojos abiertos y en blanco.
-Ya decía yo que usted si era hombrecito Gómez, ándele, chínguese un cigarro. El general sacó un paquetito arrugado de un doblez de su camisa, saco dos cigarrillos húmedos y le ofreció uno a Gómez. -Alisten sus cosas changos, nos vamos en media hora.
-¡Señor!.- Gómez se acercó al general.-¿Usted tiene esposa? ¿Hijos?.
-Jajajajaja es algo que a usted no le importa Gómez, pero voy a responderle; no tengo esposa ni hijos, nací hijo de puta y me muero hijo de puta, hágame el favor de no joderme más con su mierda, descanse y prepare sus cosas.


Gómez se preguntó entonces si alguien, alguna vez podría ser capaz de regresar a casa y platicarle a la familia de días cómo ese. No pudo responderse, le dio dos fumadas profundas al cigarro y se sentó al lado del muerto.
-Me pregunto si alguna vez tuviste familia, hermanos, hijos... gente que te hubiera querido.- El muerto le respondió con familiridad. -La vida es dura para todos, para mi ya no.


<< Estoy hablando con un muerto, debo estar loco. >> Pensó Gómez; se acabó el cigarro, se tiró en el suelo y cerró los ojos. 

jueves, 14 de junio de 2012

Sin saber que nos hizo viejos.




Contempló desde su silla el horizonte y la espuma del mar que parecía fundirse con el cielo en nubes agitadas por la brisa salada, a lo lejos las gaviotas buscaban la última comida de la tarde, volaban alto muy alto, y se dejaban caer en picada sobre las olas, luego las veía salir del agua con el plumaje impermeable intacto, con un pececillo desafortunado en el pico, se preguntó si habría suficientes para alimentarlas a todas, no pudo responderse.

La necedad de la memoria lo llevó de viaje en sus recuerdos, las memorias se le difuminaban cómo tiza con el tiempo, pero tenía algunas bastante claras, en los recuerdos se vio a si mismo pescando con la tarraya hasta el anochecer, en la red caían algunas jaibas pequeñas para el día siguiente; ya entrada la noche las contó en la cubetita donde las colocaba, eran doce, doce miserables jaibas y dos peces ponzoñosos que sabía ni los perros se tragaban, los sacó con cuidado de la cubeta y los botó de regreso al mar.

Le gustaba pescar hasta muy entrada la noche, a esa hora no había nadie que siguiera activo, sólo era él, la brisa, el mar y la luna. Los otros pescadores decían que estaba loco, que a esas horas lo único que podía pescarse era un embrujo o un resfriado y le recordaban que hacía mucho tiempo hubo otro loco necio igual a él, hechizado por el canto de las sirenas y por el brillo de los pólipos nocturnos, le contaron que un día lo encontraron arrastrado cientos de metros de su lugar usual de pesca, ahogado, enredado con su propia red; lo encontraron abotagado y con pedacitos faltantes que seguramente habían sido tomados por las jaibas y por los otros animalitos que vivían en la playa y cómo nunca nadie supo cómo se llamaba, ni si tenía familia u otros amigos que no fueran los pajaritos carroñeros que lo seguían a todas partes, lo aventaron de nuevo al mar para encontrárselo varias veces encallado en la playa, cada día más hinchado y con menos carne en los huesos, hasta que algún piadoso le cavó un hoyo en la arena y ahí lo sepultaron, con una cruz hecha de las ramitas chuecas que llevaba la marea.

-¿Todavía nada don Alejandro?- el grito de un muchacho burlón lo regresó de sus recuerdos a la realidad. –Carajo que si, mira.- Le enseñó la cubetita donde había tres pececitos solitarios.

-¿Tres nada más?.-

-Bueno, hay que dejarle algo a las gaviotas.- El muchacho rió y se fue, él tomó la cubetita y caminó a su casa.

-¿Trajiste algo para comer?- le gritó una voz femenina desde la cocina. –Sí; tres pescaditos, uno para mí, otro para ti y otro para el perro. ¿Te acuerdas cuando traía cubetas llenas de jaiba y las hacías con chiltepín?- Se escuchó una risotada alegre desde la cocina, ella salió a su encuentro y le dio un beso en la frente. –Ay Alejandro, cada día estás más viejo.- él se quedó en silencio, decidió que no tenía hambre y le pidió a su mujer que le dejara el pescadito para mañana.

Al día siguiente lo encontró frito en el sartén, estaba lleno de gusanos. –Chinga, de verdad que cada día estoy más viejo, ya no puedo ni ganarle a los gusanos.- se metió lo poco que los gusanos no se habían comido a la boca y salió al patio, el enorme perro fue a saludarlo alegremente moviendo la cola y brincando. –Bueno, al menos tú comes bien cabrón, vente vamos a ver que sale el día de hoy.- Le acarició las orejas, miro el sol naciente bajando y despertando a las gaviotas, tomó la red y caminó a la playa, el perro venía atrás de él todavía brincando y agitando la cola.


Este lo hice escuchando esta canción, aquí pueden encontrar el facebook de la banda, espero les agrade. 

domingo, 10 de junio de 2012

Porque eres pan.

Témeme más que a tus más profundos miedos.

Cuídate de mis manos ansiosas 
pues quizá mañana te arranquen las estorbosas ropas 
y desesperadas intenten guardar el tacto de tu piel.

Vigílame constante los ojos
porqué su anhelo más grande es arrancarte esa luz que irradias
porqué van a memorizar cada detalle de tu ser.

Cuídate de mis palabras
porqué quizá te persigan por las noches
diciéndote que te aman 
que te extrañan
que toda tú eres pan 
y yo el hambriento jornalero 
que te anhela en su alacena.

Mantente alerta pues podría convertirme en tu huella en la tierra
en el viento en tu cabello
quizá quiera mudarme a la profundidad de tus ojos
a la comisura de tus labios 
y quedarme ahí hasta que suenen las campanas.

sábado, 2 de junio de 2012

La gente cambia... si, pero no tanto.


-Despierta, oye, ya tenemos que irnos, párate wey, ¡despiértate!. Una voz familiar lo llamó mientras lo sacudían por los hombros, el sueño que parecía tan vívido y real le causó una confusión de sonámbulo al despertar.


-¿Si se va a quedar conmigo?- preguntó con la voz todavía adormilada y sin siquiera darse cuenta. -¿Se queda quien? Ya despiértate Molho, se nos hace tarde.


Estaba soñando. Sentado junto a ella al borde de un abismo cuya caída llegaba a un mar salobre, frío y lleno de sangre, donde los peces y las ballenas debían nadar en el aire y los barcos pesqueros de grandes cascos oxidados llenos de moluscos exhalaban un humo triste porqué sus redes sólo capturaban sanguijuelas. 


El amanecer los alcanzó sentados donde estaban, la luz les quitó un poco el frío y se acercaron más. Él la contempló, su piel era dorada y bien adherida, cómo una leona que despunta en su mejor edad, donde ninguna presa salía bien librada de su encuentro, su pecho era firme y exhalaba un vaho de florecitas de campo con olor a tierra y no a lo típicamente dulce de las flores, sus ojos eran cómo dos aceitunas negras. -¿En que piensas?.- Le preguntó ella. -En esos pobres barcos. Esos marineros deben morirse de hambre, ¿o es que ya alguien inventó la manera de comer sanguijuelas?. 


Ella rió aunque no mucho, cuando lo hizo su timbre de voz fue completamente diferente, cuando él volvió a observarla supo que era ella pero al mismo tiempo ya no lo era; ahora era diferente, la piel antes dorada había adquirido un tono lechoso y más terso, ya no era la piel de una leona expuesta al sol y a la intemperie, ahora era más cómo la piel de un gatito blanco, de su pecho no salía más un aire a campo y a tierra si no un perfumillo misterioso de matrona antigua, los ojos antes aceitunados habían sido cambiados por otros, grandes y redondos, con un aire de asustada locura felina, era cómo un gato. -¿Y ahora que piensas?.- Le preguntó nuevamente.-Ahora pienso en lo mucho que me gustaría llevarte a la cama. Fue una respuesta poco cortés pero sincera, ella pareció no haberla escuchado, él se sintió abrumado por su propia patanería y volvió a quedarse en silencio.


Miró a su alrededor y el mundo parecía demasiado nuevo, tan nuevo y tan lleno de cosas que estaba al borde del colapso, estaba tan atiborrado de elementos que él quiso hacer una lista con los nombres de todas las cosas. Cuando se dio cuenta de la imposibilidad de la empresa se sintió frustrado, enloquecido, lleno de un odio interno a todo, una espumilla amarga interna comenzó a llenarlo ¿Para que servían todas las cosas?. 


-Pues podemos hablarlo en el trayecto al otro lado, ¿Quieres?.- Una tercera voz lo sacó del ensimismamiento, de nuevo ella era ahora ya otra persona, su piel antes pálida cómo el mármol había adquirido un nuevo tono más rosado y vivaz, las mejillas pálidas cómo la muerte ahora eran sonrosadas y redondas, algo en él quiso morderlas, decidió que no era una buena idea. Olía cómo a nueces frescas y un elemento frutal que nunca pudo distinguir pero que de alguna manera le recordó un lugar que quizá no había conocido donde todo olía como ella. Los gatunos ojos habían sido sustituidos por dos brazas incandescentes y muy profundas, era cómo si pudieran ver a través de las cosas, cómo si con esa mirada pudiere atravesarte el pecho y saber las penas y las tristezas del corazón, estaban ojerosos de trasnochar y fúricos de ver lo mierda que es la vida, le encantaron...


-Ya vámonos wey, neta es tarde.
-Ya voy... me estaba acordando, soñé algo bien bonito pero extraño.
 

Se levantó pesaroso y dejó perder el sueño en sus recuerdos, la vida de verdad que era una putilla sucia cuando uno estaba despierto.

domingo, 22 de abril de 2012

Nos darán las seis y cuarto en el reloj...


Memorizamos tantas cosas que no valen la pena
Fechas, datos, nombres…
Memorizamos el lugar de todas las cosas
Para no perdernos en la oscuridad.

Memorizamos los pagos
El número de teléfono
La dieta
El peso
El valor de la gravedad
Y las consecuencias del universo.

Nos olvidamos de todo
Los abrazos
Las caídas
Los rasguños
Las caricias.

Nos llenamos el intersticio de olvido
Y la ceniza del recuerdo se la lleva el viento.

Ya no queda espacio para nada
La muerte nos espera
Agazapada
Metafísica
Lenta.

Cuando llegues nos tomaremos de la mano
Nos darán las seis y cuarto en el reloj
Y vas a tener que acompañarme a buscar a dios
A buscar al diablo.

Alguna vez me dijo mi madre:
“Es importante cada día que pruebes cosas nuevas”
Así que abre la boca
Bébete despacio el licor de los recuerdos
O puedes esperarme ahí
Quietecita.

Al rato vengo
Voy a fumarme mis problemas
En la pipa de mis propios huesos
Huecos
Vacios
Secos.

No te preocupes por mí
Regreso a las diez… una, dos, tres
Disfruta del silencio
Y la embriaguez de lo que fue
Y de lo que yo me acuerdo.

Pero recuerda:
Acuérdate de mí
Cómo siempre fui
Vago, drogadicto, muerto
Arráncate la piel
Y cubre conmigo tu cuerpo

Espérame aquí amorcito
Espera quietecita
Regreso a las diez…
Una, dos, tres.

sábado, 14 de abril de 2012

De mi nunca supe nada.

Todo sucedió así.

El cielo se quemaba en púrpuras y hermosas llamas
Y los autos volaban al viento atómico cómo las hojas de un otoño que no ha terminado.
Y anduvimos desnudos por segunda vez… Sin temor a dios
Porqué dios no estaba ahí.

Y los que clamaban paz ahora eran los mejores en la guerra
Y los que antes gritaban vida ahora tenían la muerte en las manos
Tatuada en las caras y encarnada en las entrañas.

Antes fuimos niños y algún día, pronto, estaríamos muertos
Pero hoy vivíamos en la cumbre de nuestras vidas
Tan bajita era que no veíamos más que nuestras caras reflejadas en el agua
La cumbre de una civilización fosilizada
Perdida en sus recuerdos.

Éramos la bandera en la punta del asta y el ventarrón oscuro y seco nunca fue suficiente para hacernos ondear
Estábamos tiesos por dentro y pronto nos desmoronaríamos
Y caeríamos al suelo
Deshilachados, rotos
Muertos.

Estuvimos siempre juntos en el alboroto
Te vi a los ojos y te dije:
“Eres bellísima, quédate a mi lado…”
Pero fue imposible.

La verdad nos arrancó los brazos
Y nos quedamos solos
Temblando
Buscando nuestra comodidad en la nebulosa de mentiras.

Te busqué hasta debajo de las piedras…
Busqué el ritmo de tu cadera en otros cuerpos
La calidez de tu vientre en la frialdad de mis entrañas
El sabor de tus labios
En la tierra
En el mar
En el viento
Y no encontré nada.

Me arrastré entonces al acantilado del olvido
Me lancé y aún estoy cayendo
Cuando finalmente toqué el suelo espero ser más fuerte
Más grande, más mortal
Y menos cómo era antes.

Quizá al aterrizar explote en mil pedazos y el destino me rearme
Y sea completamente diferente
Espero no quedar tan deforme que nadie nunca pueda reconocerme
Quiero verme cómo un árbol grande, sólido y confiable
Un árbol ambulante de raíces fuertes y dura corteza de metal.

Entonces tal vez un día nos veamos por la calle y una sonrisa brote de tus labios
Tal vez nos bebamos el tiempo bajo la sombrilla de un café
Y quizá reencontremos hacia donde caminábamos
Y atravesemos el universo
Sacudiendo de nuestros zapatos la tierra de este valle muerto
Y un cálido sol nazca otra vez sólo para nosotros…

Yo estoy seguro que tú estarás bien.

De mi nunca supe nada.