jueves, 22 de noviembre de 2012

Cucarachas.

La lluvia caía en pesados goterones en el parabrisas del auto, afuera, en el tráfico de las 6, bajo la lluvia, un par de niños pintados cómo payasos y con nalgas de globo bailaban para ganar un peso o dos cada que se ponía el semáforo.

La ventilación del auto se encontraba al máximo y el interior se empañaba cada vez más, dificultando la visibilidad, colando dentro del auto el olor fétido del drenaje que se desbordaba en las banquetas y que a su paso arrastraba mierda, suciedad, lodo, ramitas secas y algunas bolsas de plástico donde antes hubo envueltos panes de canela.

Respiró profundamente y avanzó el auto dos metros antes de apagarlo de manera definitiva, había pasado ya 35 minutos en el mismo semáforo y parecía que no iba a logar escapar en poco tiempo. Dio un ligero golpe al volante, sin rabia, sin angustia, motivado únicamente por el nudo que apretaba su garganta y que lo obligaba a tragar saliva con dificultad. Aquellas tenazas no eran una novedad, las había padecido al menos 3/4 partes de su vida, eran las tenazas de la opresión y de la ansiedad, de esa que no mata pero no deja vivir tranquilo.

Decidió que a la mierda con todo, a la mierda el auto, a la mierda su vida, a la mierda la puta lluvia, abrió la puerta y puso un pie bajo el auto. De manera inmediata su zapato se inundó y el frío le caló hasta los huesos, se sintió un imbécil por su desesperación y volvió a cerrar la puerta; ahora con un pie calado de helada y hedionda agua de ciudad. La peste invadió rápidamente el interior del auto.

Escuchó un susurro proveniente del asiento trasero, se miró los ojos al retrovisor para comprobar si no seguiría en pastillas o si se habría vuelto loco, todo parecía normal pero el ruido no cesaba. Lo enloquecía.

Sacó una navaja que llevaba en la guantera y se dispuso a cortar el sillón trasero; al hacer el primer tajo, un ejército de miles de cucharachas diminutas salió de la recién creada abertura y subió por su brazo. Algo lo paralizó completamente, era una mezcla de miedo y satisfacción, las dejó correr hasta que alcanzaron su cuello, sintió un cálido fluido bajar por su entrepierna pero no las detuvo, las dejó entrar en sus oídos, en su nariz, en su boca, incluso masticó algunas, no tenían un mal sabor. Las hizo sus amigas, les leyó muchos cuentos y las llevó a comer a casa. Un día finalmente lo encontraron devorado en su cama, con cientos de miles de huevecillos en su vientre.

A nadie pareció molestarle.

Las cucarachas son bonitos bichos si llegas a conocerlos.

Pero si se los permites, algún día van a devorarte.

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