No te vayas en Diciembre Luz humana que ilumina mi existencia No te esfumes en el frío, en la bruma de la madrugada helada Cuando más te necesito aquí. Cuando me haces falta. No me dejes sólo en el invierno crudo Sin ganas de hibernar, sin ganas de estar en el hoyo Corriendo, loco en el vaho que exhala un bosque triste Cuyos árboles mueren congelados en la montaña de la locura… He dejado de ser un quejica y me volví proactivo. Y nada ha cambiado… “Siempre caigo en los mismos errores.” Creí ser el capitán del barco Pero no sabía que los marineros, eran yo mismo Y tomaron el barco y lo dirigen vertiginosamente A la orilla del olvido. Al momento inhóspito dónde el corazón se vuelve cristal de hielo Y se quiebra, nada valiente Ante la adversidad. Pero puto, y cien mil veces puto el que se muera. Si en nuestros nombres llevamos la bravura de los guerreros más inmortales… De grandes conquistadores. No me dejes sin tu canto, majestuosa ave de grises plumas No te me cueles entre los dedos, cómo el frío Cómo se cuela hasta los huesos el miedo En una noche incierta, llena de duda, que respira por si misma en tu cuello y eriza los pelos de tu nuca Es más grande la esperanza. Es mejor ver al cielo y sentirte tragado por el azul infinito del universo. Es más grande el corazón colectivo. Es más bueno el amor que la miseria. La fé no se trata de un asunto lineal No son números, imágenes o símbolos. No son palabras que adoctrinan No son ideas. No es raciocinio Es una burbujita en el pecho que te susurra bajito. <<No te rindas>> <<No dejes apagar la luz>> Necesitamos creer que todo saldrá bien. Y trabajar por ello. Sol a sol. Vida tras vida. Ya el tiempo dirá que es de nosotros Pero el futuro ya es ahorita… <<No dejes apagar la luz.>>
“Quiero que me recuerdes cómo las primeras veces”
Las cosas que nos parecen novedosas son mejores.
Estamos siempre en búsqueda de un nuevo aliento
Un momento más, para existir juntos o dispersos
Otra vuelta al sol
Un día más, un beso más, un cigarro más…
Y aquí estamos
Autoconstruyéndonos cómo pendejas estatuas de arena
Paraditos e inseguros en la orilla de la playa
y cada ola nos arranca a madrazos
pedazos que se van al mar
Y ya nos vamos, los fútiles trocitos de playa
a otras costas formar.
Me reconforta saber que tengo mucho tuyo en mí
y saber que yo también vivo en ti.
La realidad a veces duele
No hay plazo que no llegue
no hay llama que no se apague.
Fuimos construidos para encontrarnos
y ya habiéndonos encontrado, cumplimos con nuestro destino.
Todavía resuenas en mi cabeza
Cómo un eco que me dice que hacer
y que no debo hacer. Dicho de otra manera, soy más sabio
más decidido y menos apático, menos marginal.
Y ya no estoy perdido
porque de ti aprendí que a veces no importa el camino
si no el destino a llegar.
Si éramos puntos que se desplazaban en el tiempo
paralelamente, hacía lo que parecía ser el infinito
Fue pura imaginación nuestra,
fue una mera coincidencia…
No sé si el adiós es para siempre
y si así para siempre, tendré que ofertar estos trocitos de corazón
Para que vengan más símiles
Para que me desafíen y me orienten y me teman
y me muerdan y me amen cómo sólo los locos se aman
y me extrañen, cómo solo los pares se extrañan…
Hoy, tiré a la basura un calcetín con un hoyo.
y en el cajón quedó el otro, completamente solo.
y así estamos, cómo un calcetín sin su amigo. Al fondo del cajón.
He pensado últimamente en mi suerte.
He estado pensando en mi huella en el tiempo
y en lugar de demeritar todo lo que he hecho
me puse a analizarlo y encontré que su valor no era cero.
Solos venimos
Y así solos habremos de irnos
Sin nada apretado contra la palma de la mano.
Ningún camino es completamente bueno, ni hay soluciones rápidas a todo.
Dicho de otro modo, tú allá y yo acá, recogiendo nuevos granos de arena de mar.
He intentado exorcizarme, espantar la miseria, barrer el polvo de la puerta.
Y al final
No queda más que una casa vacía. Atascada obscenamente de letras las paredes
llena de los cuentos que ya no le contaré jamás, a nadie más.
Y a bocanadas de humo hoy rifo mi suerte
Las probabilidades de que algo me sacuda son pocas,
hoy me teme la muerte,
soy la moneda que cae de canto,
soy improbable, cómo que entre la risa se escuche un llanto.
Ando loco entre carcajadas, aullidos y canciones que cada vez pierden o
adquieren más sentido
Muerto, pero caminando para adelante, cómo le aprendí a los ya partidos.
Y si Wish you where here era una
canción de encuentro,
de partida o despedida, o simplemente una alegoría
de que así nos quedamos, cómo almas en una pecera
Dando vueltas, día tras día, año tras año, vida tras vida.
Ya no importa.
Porque tú que compartiste conmigo
Aunque fuere sólo una idea, un momento, una sonrisa, una caricia o un aliento
Estarás conmigo, siempre, a dónde vaya
en dónde esté y a dónde mire, lo haré con los ojos que me compartiste
y te estaré infinitamente agradecido por ello.
Tú, quién quiera que seas, que te llevaste contigo algo de mí
y que a cambio me diste algo de ti.
Tú que tomaste mi mano, cuando tenía frío
A ti, todavía te quiero, a ti por siempre una plegaria, un “te amo”
Y lo haré por siempre. Porque nunca te fuiste de mi lado.
Porque vives, perpetuamente en mi pensamiento.
Cómo un susurro callado, cómo un llamado a la calma
cómo viven quietos e invaluables, los tesoros más grandes… enterrados en el
fondo del alma.
Miguel
es el encargado de tomar las fotos entre sus amigos, suele llevar esa pequeña
cámara negra, de lente muy ancho y botones pequeños, plateados; cuando se
juntan los forma a todos, se preocupa porque salgan bien, escoge la luz
correcta, se echa para atrás, mientras todos le gritan “¡Cámara Miguel, te
tardas un chingo!” y aún con eso, él logra siempre la fotografía perfecta.
Click tras Click.
Miguel
despierta sólo en su casa, se siente triste, se siente perdido y sin nada a que
aferrarse. Se pasea por el pasillo dónde colocó, los cientos de fotos con sus
amigos, ahí, pegados en las paredes muchas caras sonrientes le devuelven un poco
de realidad. Miguel entra y sale, apenas es visible y ya se va. Miguel escucha
cantar a la calaca desde el fondo del pasillo. Enciende la luz pero el foco
está fundido, su luz se ha apagado. Miguel pierde el suelo y regresa apenas
para sonreír. “A Miguel le patina el coco” empiezan a decir sus amigos. Se
preocupan por él y lo rodean. Miguel se aterriza de nuevo a puro abrazo. Miguel
está contento otra vez. Y cada día toma mejores fotos, se ha comprado una mejor
cámara, una que además graba. Miguel hace un archivo de fotos y videos de todo,
por años.
Miguel
trabaja igual que todos sus amigos. Han dejado de estar cerca de él, trabaja en
una oficina aislada, sólo en la última esquina del edificio que Dios SI olvidó,
al lado del cuarto de la copiadora que nadie usa, arrumbada con otros triches,
entre ellos un marquito para fotografía negro, vacío y roto del vidrio. Miguel
abre a veces la puerta para ver que todo siga adentro; hace su trabajo, no
habla con nadie, le ha sido difícil conseguir amigos, ni se hable de las
mujeres. Miguel empieza a dejar de dormir. Se va a trabajar con varios cafés
encima, todo le parece un sueño, nunca está completamente despierto. Se pasea
por los pasillos de la oficina, buscando algo de realidad, pero nadie lo mira a
los ojos. Nadie parece notar que existe.
Miguel
regresa a casa del trabajo y se acuesta en su habitación vacía. Ve
obsesivamente los videos y se va flotando otra vez a su vieja pared, pero sus
antes excelentes fotos ahora están bastante más viejas, corroídas, opacas.
Miguel sin pegar el ojo de madrugada, escuchando atento una goterita adentro de
la pared de su casa, dudando, escurriéndose todo él junto con las gotas de la
goterita, Miguel oxidando sus propias tuberías con una angustia preocupante,
que cómo el agua deshace piedras, no por fuerza, si no por constancia. Mamá
muerte se le aferra a las orejas y le susurra, bajito pero entendible. Miguel a
las 5:30, a punto de levantarse, pero sin haber dormido, piensa en el marquito
negro del cuarto de triches, con el vidrio roto, vacío, con la patita que lo
sostiene bastante torcida y a punto de caerse. –Yo soy ese marquito.- Dice
Miguel en voz baja para sus propios adentros, sin darse cuenta. –Yo soy ese marquito,
vacío y sin remedio.-
Miguel
está contento, después de un trágico acontecimiento vuelve a ver a sus amigos.
Miguel les dice lo mucho que los había extrañado y cuanta falta le hacían, les
pide que se reúnan más seguido y les toma cientos de fotos. Los amigos se
reencuentran, pero la cercanía emocional es breve, más superflua, menos cercana
que antes. Unos pocos se han mantenido en contacto y otros son personas
diferentes, se ven a los ojos y apenas se reconocen; cuando se enteran de lo
acontecido, no se dan permiso de faltar. Miguel los ha organizado otra vez, los
forma alrededor de su propio ataúd en un semicírculo, y por el breve momento en
que todos ven el cuerpo de Miguel, él sonríe. Miguel flota entre las lápidas,
ahora libre de su cuerpo y se acerca a sus amigos, los escucha decir que lo lamentan,
pero él les grita que está bien, que lo único que necesitaba y necesitará es
verlos a todos juntos, de cuando en cuando. Algunos lloran, no porque lo
escuchen, sino porque entienden que desperdiciaron el tiempo, porque entienden
que dejaron que aquello que los hermanaba muriera y se pudriera, igual que se
pudrirá el cuerpo de Miguel. El olvido y la distancia, son mejores carroñeros
que los propios gusanos, la indiferencia y el tiempo pueden comerse hasta los
huesos. Nadie tiene una foto de Miguel, porque él era siempre el encargado de
tomar las fotos. Pero todos lo recuerdan bien.
EPÍLOGO:
Miguel
se pasea por todos lados, lo arrastra el viento, lo moja el río y lo seca el
desierto. Miguel ve a algunos de sus amigos un día al año y sigue tomándoles
muchísimas fotos, que terminan en las paredes que sólo los fantasmas pueden
ver.Miguel en el diente de león que el viento sopló. Sus amigos lo recuerdan,
le llevan flores y le cuentan los pormenores de su vida, le mandan a hacer un
retrato hablado y le ponen un espejo en la lápida, para que él se vea. Miguel
se peina, Miguel lo empaña,Miguel araña por dentro el espejo. Miguel cree
mirarse en él pero lo que ve es su retrato. En un marco bueno, con el vidrio
bien. Miguel ya no está roto. Miguel camina en las hojas, en forma de rocío.
Miguel detrás de la cámara, click tras click,
Miguel en la madrugada, en el
sonido del silencio.
Benjamín sintió el peso del arma al
final de su brazo, mientras la presionaba contra la nuca de aquel sujeto, el
acero frío de la pistola tenía la misma temperatura que su corazón, deslizó el
pulgar y retiró preciso el seguro del arma, sus ojos se entornaron y sus
pupilas se dilataron, una gota de sudor frío le bajó por la nariz.
Es el 31 de Diciembre del 99, la
gente camina asombrada del “nuevo milenio”, todos tiemblan de miedo y alegría,
porque (Otra vez.) el fin del mundo se acerca. Benjamín mira su cabello caer en
una peluquería, se mira a sí mismo, muerto en ese cabello. Voltea al espejo y
se mira completamente calvo. Algo le ruge en el abdomen, pero no son sus
tripas. Sabe que le esperan tiempos difíciles. Pero está decidido, ahora ya no
tiene nada que perder.
El 20 de Abril del 90 Benjamín
camina por la calle con sus amigos, llevan petardos en las manos. Sus pasos van
directamente al Centro de Estudios Científicos y Tecnológicos #4. Lanzan un par
de Goyas y empiezan la lluvia de petardos, hieren a varias personas. No son ni
porros pagados por el gobierno, ni dinosaurios de preparatoria, sólo son unos
chavales locos con mucha violencia en su interior. Ese día inicia una guerra
que les dura, 3 meses, 3 semanas, 3 días. Todo termina cuando sale un
periodicazo. La violencia había ido demasiado lejos, aparecen varios cadáveres
por toda la Avenida Observatorio, un par colgados en un puente. Los forenses
que recogen los cadáveres se sienten asqueados, los médicos legistas del SEMEFO
se asombran particularmente con uno.
-Politraumatismo encefálico, con objeto punzocortante.- dice un médico a un
policía.
-¿Y eso que significa, mi doc?- Le pregunta el policía mientras ambos se fuman
un cigarro en el anfiteatro.
-Significa que al cabrón le partieron la cabeza a hachazos.- Le da una calada
al cigarro.
-Hay ser hijo de puta para hacer eso.-.
Ese mismo día, Benjamín se va a Mexicalli para “chispar” el pedo. Le ordena a los compas que depongan las armas
hasta que él vuelva, que calmen el desmadre. No volverá nunca al Distrito
Federal.
Es Agosto del 92, Benjamín entra a
trabajar a un Junkyard que desmantela
carros Chocolate, que pasaban por
Caléxico al país. Se conecta con la gente de la localidad y se empieza a hacer
de un nombre. “El Chilo” le empiezan a apodar los cholos del ejido, Chilo, una
variación de “Chilango” que cuando él
oía, erizaba los vellos de su nuca y brazos. Todo desencadenó en madrizas
brutales, con todas sus variaciones, sin playera, con cadenas o palos. “-El
Chilo es cabrón para quitar puntas hommie,
dicen que te filerea tan rápido que
ni te das cuenta-“contaban los cholos en las esquinas, mientras rolaba el
gallo. Benjamín pelea cómo un león, sus movimientos son delicados, pero
precisos, increíblemente contundentes. Dada su fama de ser el más loco del
barrio se convierte en un objeto a ganar para el narcotráfico.
El día 13 le dan levantón afuera
del Junkyard, le dan una calentadita
para ver si es verdad que es tan cabrón. Y nada, El Chilo no afloja ni una sola
vez, cuando tiene chance se les suelta y madrea a dos de ellos. Sólo se calma
cuando tiene un cuerno de chivo apuntándole a la frente. Lo llevan con el
patrón.
-Siéntate hijo.- Le ordena un hombre que lleva anillos de oro lo
suficientemente pesados cómo para hacer que se ahogara si nadara con
ellos.-Vamos a dejarnos de mamadas, se cuenta mucho de ti, que eres un chingón,
ahora dime, ¿Lo eres?-
-Usted mandó por mí y no al revés.- Le contesta Benjamín con cara de desdén.
Dos dientes de oro se ven brillar. –La verdad que si nos gusta la gente con
huevitos, pero abusado de a quién le estás hablando, chamaco pendejo.- El Chilo
entorna los ojos felinos que tanto habían asustado a su mamá el día que lo
parió, porque nació con algo similar al párpado accesorio, es decir una telita
transparente le cubría a veces los ojos. Los orienta hacía la mesa, los
billetes, las armas bañadas en oro y la droga terminan por seducirlo. Dos años
después sería conocido como “Comandante Chilo” el hijo de puta más grande bajo el
mando del gran patrón.
Benjamín tiene muchas viejas,
muchas armas y muchos carros. Empieza a asentar el antecesor del Buchón contemporáneo, vive la vida loca.
Anda pedo constantemente, pero se aliviana con coca, abre y abre paquetes de a
kilo para inhalarlo directamente de las chichis de alguna mujer, se cocina
piedritas con bicarbonato de sodio y se las fuma, bien atento al radio, a la
orden del patrón, bien activado, bien paniqueado. Por las noches se fuma 10 o
20 gallitos polveados, se la pasa hasta la madre, el sueño le tiene miedo.
También los contras. Algún día, alguna chamaca le sale embarazada, pero a él no
le importa, ahorita tiene feria pa´aventar pa´arriba. Insiste en estar presente
en el nacimiento de su primer hijo. Es una niña sana de 3 kilos 205 gramos,
cuando finalmente la enfermera le presta ese bultito de cobijas y llantos para
cargarlo, él siente por primera vez en su vida, un sosiego a su atormentada
alma perseguidora. <<Voy a darte
todo lo bueno que consiga a ti>> piensa mientras le ofrece el dedo
índice a la pequeña palma de la bebé. Ella lo toma con fuerza. Automáticamente
se convierte en la luz de sus ojos, en su delirio.
Es el 9 de Noviembre del 98,
Paloma, que es el nombre que escogió la madre hoy cumple 4 años, su papá se ve
jubiloso, rodeado de sombrerudos con botas, que lo pasan a felicitar con
botellas de tequilas añejos y Coñacs tan viejos que ya saben a pechuga de
ángel. Es una fiesta decorada con globos por doquier, un payaso habilidoso da
un espectáculo que entretiene a todos, la gente se ríe y el payaso suda la
gota gorda todo el tiempo, logra controlar el temblor de las manos que le
causan las pistolas de los invitados, al final, pide que pasen a Paloma con él
enfrente para hacer un truco de magia, sacan una palomita de un sombrero y la
pequeñita se asusta por el aleteo del animal. Comienza a llorar
desconsoladamente en sus brazos. La madre va y le quita al payaso la bebé. Al
oír el llamado de su cría, Benjamín, el Chilo, entra en estado máximo de
alerta. Voltea a la fuente del ruido y observa la escena. Silba y les hace una
señal a sus hombres al otro lado del recinto. Ellos ya saben que hacer. El
payaso no volverá ver la luz del sol. Sus enormes zapatones aparecen al otro
día, junto con todo su cuerpo cortado en pedacitos, en un bote de ácido. Los
hombres que comanda el Chilo son un escuadrón de la muerte. Él los había
instruido, entrenado y seleccionado a su semejanza. Les había enseñado a no
temerle a nada.
Dos días después de la fiesta,
Benjamín está durmiendo en algún hotelucho de paso, con una puta limpia, sin
sífilis, que se cocina su propia anfetamina. Él le deja bolsitas de speed y
coca “Para que se ayude.” Se llama Carmen. Carmen se levanta de la cama y va a
la mesita, a preparar más líneas. Devora un par y le lleva el espejo a la cama,
él inhala fuerte y al fondo, en el rincón más nauseabundo de su alma algo hace
click, inmediatamente se le para la verga. El radio de su cinturón empieza a
sonar cómo loco, le avisan que el patrón necesita a todo su equipo ahorita
mismo. O si no a todos, por lo menos a él. Se la coge rápido, termina en dos
metidas fúricas. Se viste en chinga y le dice a Carmen que mañana va a verla.
Carmen lo despide con un cachondo beso, de su boca sin sífilis. Maneja cómo un
loco en el desierto y llega a casa del patrón, en el camino le marca a todo el
comando, llega y 15 minutos más tarde todos están ahí. Los contras están en el
territorio. El Chilo mete a su cajuela varias armas, lanzagranadas,
metralletas. A pesar de ser un grupo grande, los caza cómo a ratones, manda a
un equipo a perseguirlos y él sólo va y se para en una lomita en la carretera.
Mientras los persiguen vuela a las dos camionetas con una bazooka. Benjamín es
la clase de hombre que disfruta de las explosiones y las ve de frente, no cómo
los mal llamados hombres de película. El olor a gasolina y carne chamuscada lo
enloquece, es un monstruo adicto a la violencia. Más que cualquier droga, más
que el cristal puro y toda la mejor coca colombiana sin cortar, lo que lo pone
hasta arriba es matar. Cada ser humano que su mano toma lo hace sentir más
fuerte. Su único cable real al mundo, su único carácter humano aceptable es el
amor que le tiene a su hija. Lamentablemente eso estaba a punto de cambiar.
Se desató una guerra sin cuartel
dónde ahora ellos también invaden los terrenos del cartel vecino, es una orden
directa del patrón.
–Vayan cabrones, manden gente para allá y pártanles la madre. ¡Ya estuvo bueno
de pendejadas, nuestro momento es ahora o nunca!-
Los otros por supuesto no se dejan y también generan bajas y heridos, todo se
torna un desmadre confuso, dónde las fronteras del territorio no quedan claras
para ninguno de los bandos, a veces, buscándose en la sierra, caminan en
círculos siguiendo los pasos de los enemigos, que a su vez también los siguen.
Y nunca se encuentran. Las plantaciones de mota y amapola son tan grandes, que
cada cartel cuida un lado de la sierra, a veces cuidan el mismo campo y sin
darse cuenta, se encuentran en la noche, en el rondín de vigilancia, en la
oscuridad de la sierra están tan drogados y locos no se percatan que se mezclan
y terminan amaneciendo en casuchitas feas cómo las suyas, de lámina. Todos
despiertan y cuando se ven entre ellos y no se reconocen, se matan y ahí quedan
8 o 9 cabrones llenos de hoyos.
Es el 30 de Diciembre del 99,
Benjamín viaja en un helicóptero que sobrevuela la sierra cerca de Badiraguato
Sinaloa. Lleva una minigun montada en un tripié, pide que le abran la puerta y
empieza a rociar de balas los plantíos en donde acampaban los contras. El
sonido de la ametralladora se confunde con el del helicóptero y algunas aves
sobrevuelan el área. Principalmente zopilotes y otros carroñeros que acabada la
matanza, bajan en picada y se chingan los pedacitos de carne humana regados por
todos lados. Mientras tanto un grupo de contras ha hecho bien su tarea y ha
dado con la casa del Chilo. La allanan con lujo de violencia, toman prisioneras
a la madre y a la hija, matan a con el tiro de gracia a las amas de llaves, los
jardineros y al chofer, al salir le pegan una cartulina en la puerta “Esto es por meterse con el cartel, ijo de la
berga y su puta madre” Benjamín se entera de lo que ha pasado cuando
regresa en la noche, se vuelve completamente loco, pero no pierde la esperanza
porque no encuentra ni el cadáver de su vieja, ni el cadáver de la niña. <<Deben tenerlas con vida>> Sale
volado de su casa, se para en el hotelucho viejo y le echa a Carmen un último
palo. Si quiere salvarlas, necesita pasar de incógnito, completamente
desapercibido. Al otro día se levanta temprano, se corta todo el cabello y
vende la troca. Anda disfrazado en terreno enemigo, manejando un carrito
pequeño. Pregunta y pregunta quién es quién y que hace cada quién en el lugar.
Tarda un par de meses hasta que sabe dónde tienen a su hija y a su vieja. Ya no
trabaja para el patrón, ni puede valerse de su equipo para ayudarse a lograr
algo. Está completamente sólo con su suerte.
El mundo no se le acabó a los
narcos y mucho menos a Benjamín. Ha trabajado pacientemente investigando e
infiltrándose en las filas del enemigo y ahora ya tiene los elementos
suficientes para atacar. Decide moverse de noche, se viste completamente de
negro y maneja cauteloso a la casa de seguridad dónde sospecha tienen a su
esposa y a su hija. Trae granadas de fragmentación en los bolsillos, varios
cargadores y un pistolón con silenciador, de esos que casi matan solos. Primero
se libera del molesto sistema de vigilancia con mucho arte, lleva un par de
globos de helio con recubrimiento metálico, con las palabras “Te amo” y “Para
siempre”, los suelta y se atoran en los cables que alimentan a la casa de
seguridad, se hace un tronadero y finalmente el transformador del poste de la
calle vuela, dejando a la casa sin electricidad. Aprovecha la oportunidad y con
movimientos felinos trepa la barda y se deja caer en la oscuridad. Sus sentidos
exaltados por la droga ahora lo favorecen, pues con los pupilones midriáticos
que trae puestos puede ver perfectamente en aquella oscuridad. Escucha un ruido
cerca, se agazapa y dirige el cañón del arma a la cabeza de una sombra, jala el
gatillo y un cadáver cae con sonido de bulto. El Chilo sabe que le queda poco
tiempo y sigue moviéndose. Vuela el cuarto de operaciones con una granada de
fragmentación, que detona con un hilo, mientras espera en el marco de la puerta
a que los últimos ocupantes de la casa salgan alertados por el ruido, sale uno
y bum, le vuela la cabeza. En total ya lleva 6 muertos. Entra al último cuarto
y ahí sólo encuentra a un ocupante que se le arrodilla y le pide que no lo
mate. No está ni su hija, ni su vieja.
-¿Dónde está Paloma, cabrón?-
-Ay de verdad no sé de lo que me está hablando.- Le dice aquel sujeto. –Pero me
dijeron que iba a venir un cabrón loco con acento de chilango y me dijeron que
le diera esto.- De su bolsillo saca una cámara fotográfica y se la entrega al
Chilo. Benjamín lo patea por la espalda y prende la cámara, en ella, una
terrible secuencia de fotos le muestra a su hija y a su vieja, mientras las
pasa algo adentro se le rompe para siempre, su pulso se agita y su cabeza da
vueltas cómo loca, se lleva la mano izquierda a la cara y arroja la cámara al
suelo. Está completamente fuera de sí, gritando, arañándose el rostro, hecho
una puta mierda. Sabe que nada de lo que haga jamás le devolverá a su hijita.
Pero no puede quedarse así. Siente el peso del arma al final de su brazo,
mientras la presiona contra la nuca de aquel sujeto, el acero frío de la
pistola tiene la misma temperatura que su corazón, desliza el pulgar y retira
el seguro del arma, sus ojos se entornan y sus pupilas se dilatan, una gota de
sudor frío le baja por la nariz. Jala el gatillo.
Ahora todo había acabado. Benjamín
se lleva la pistola a la boca. Cierra los ojos y llora. Piensa en ella. Piensa
en Paloma. Jala el gatillo y deja de llorar.
El
reloj decía 2:55, Mauricio despertó agitado en medio de la noche y la última conversación
del sueño le resonó en la cabeza “Nos vemos mañana en el tren” le dijo una
delicada voz onírica, cuyo rostro no pudo recordar, cerró intranquilo los ojos
y volvió a dormir.
Despertó
y después de un desayuno de pan con huevos estuvo listo. Salió corriendo rumbo
a la estación. En el camino intentaba recordar a quien vería hoy en el tren. Y lo
que recordaba
era que vería un gato.
<<
¿Un gato? >> Pensaba. <<
¿Es que acaso estaré loco?>> se
cuestionaba.
En
el andén jugueteaban dos ratones con una tapa plástica, la rodaban bajo la vía
y luego la sacaban. El sonido eléctrico de los motores llenaba el aire de
nostalgia retrofuturista.
Mauricio
subió al tren y se sentó. Enfrente de él una hermosa chica que jugaba con una
bola de estambre lo miró, dos ojos grandes, redondos y de pupilas cómo rendijas
le vieron hasta el alma. Ella se relamió unos largos y delgados bigotes blancos
y levantó las orejas peludas hacia el techo. Se levantó, él fue tras ella. Esta
vez no podría estar equivocado.
La noche tiene un encanto
particular, le perteneces y eso ella lo sabe. Eres parte de ella, asomado en la
ventana de un edificio viejo, que el olvido olvidó. Entonces ya asomado en la
ventana, miras a ese viejo, tecleando cuentos de muertos y fantasmas que sólo
habitarán en su cabeza y en la de quienes leerán algo. Y te imaginas que
escribe el viejo, piensas que quizá hable de esa vez que tú mismo viste en
aquel campo abierto, en el árbol más seco en medio de la nada, una bruja
colgada, que te siguió a casa y ahora vive bajo la cama.
-Voy a salir por cigarros, ¿vas
a querer algo?- Le preguntas a la bruja.
Agitas la cabeza. Y esperas
en silencio su respuesta.
Te desaturdes y sales por
los cigarros, de camino ves una cucaracha del tamaño de un coche, que te desea
buena noche. 77 brazos le salen de las raíces a un árbol en la banqueta.
Llegas a la casa, prendes el
cigarro. No hay viejo, ni ventana, te asomas debajo de la cama y tampoco hay
bruja. Estás tú sólo, sentado frente a
este teclado.
De un brinco casi no logrado
se trepó Claudio Ignacio, a un camión que llegaba a un destino cierto.
Él volvía de una guerra, en cuya causa no creía, pero a la que tuvo que ir a
fuerza, a punta de pistola, a apuntarle a desconocidos, igual que él, jodidos. Como
siempre, pueblo contra pueblo.
Pagó 6 pesos en monedas de a tostón y se sentó en el único asiento vacío del
camión, al lado de una señora rubia, de cabello al cuello. Se llamaba Ángela
Purísima. Él se quitó su gorro de cabo raso y le dijo a doña Ángela.
-Buenas tardes, seño.-
Ella lo miró con la cara encabronada-¿Pos, que es policía o qué?-
-Militar. Y nada más la estoy saludando.-
-Ahhh, bueno y ¿qué pasa mijo? ¿Viene llegando?- le sonrió con su mirada
coqueta.
-Si madre, me gané mi regreso a casa.- él suspiró.
- No se preocupe, quizá el regreso sea diferente, pero seguimos habiendo buena
gente.- le contestó ella, mientras extendía la mano para darle un apretón
fraterno en el dorso de la mano, mientras él sujetaba el tubo de enfrente. Él,
inmediatamente, dejó de sentirse solo.
Platicaron un montón de
tiempo, pareciera que se conocieran de años, cómo grandes amigos.
Divagaron entre recuerdos que no eran los mismos, pero que se parecían. Y se
encontraron a sí mismos, en las historias del otro. En algún momento aleatorio
llegaron al tema de los extraterrestres.
-Bueno, ¿Tú que crees? ¿Existen?- Le preguntó ella, alzando las cejas, para
luego sonreírle y guiñarle el ojo.
-Pues quizá sí, osea pero no sé si son cómo los pintan.- él torció la boca.
Ella guardó silencio un momento, vio una mosca en la ventana y le sopló encima.
La mosca se fue volando.
- El bien y el mal han existido desde hace mucho tiempo.- Dijo.- Deben tener
formas de manifestarse en cada uno de nosotros y también afuera, si existen
deben ser cómo nosotros, la gente.-
-¿A qué se refiere? A mí lo que no me parece lógico es, son millones de veces
más evolucionados que nosotros, tienen tecnología más cabrona, deberían ser más
inteligentes para ello, ¿no? Entonces, ¿por qué tomarse la molestia? ¿Por qué
si evolucionaron bajo condiciones de vida diferentes a la nuestra se tienen que
parecer a algo que nosotros conocemos? Es decir, tienen brazos, ojos, cabeza,
tronco, en los mejores casos los pintan con tentáculos, ventosas, o amorfos, pero
todo ello es algo que nosotros conocemos. Para mí que nosotros mismos los
formamos a nuestro propio juicio. Podrían ser proyecciones de lo que queremos
ser, ¿no cree?-
-Hombre, si yo pensé que los uniformados no pensaban.- Dijo Ángela Purísima
riendo, mientras se chupaba el índice y se lo ponía en la frente al soldado,
haciendo un sonido chisporroteante, cómo cuando se apaga el carbón de un
bracero. Él soltó una carcajada, siguieron platicando…
Claudio no era una persona
cualquiera, tenía una curiosidad nata sobre las cosas, le gustaba entender y
entender, de a poquito en poquito, esa era la manera en la que absorbía y
absorbía cosas, pero a veces sentía que mientras más conocía, menos entendía.
Igual que me pasa a mí, pero bueno, eso no importa. El camión seguía avanzando
y llenándose de gente que cuchicheaba y platicaba.
- Y ¿cómo era allá la cosa, hijito? ¿Dónde estuviste y que estuviste haciendo?-
Le preguntó ella
- Me mandaron a la sierra, a pelear con los narcos.- Le contestó él. – Pero no
servía de nada, allá en el monte la droga crece sola.-
-Todo crece sólo mijo, eso no es noveda´-
- Pues la verdad es que estaba cabrón a veces, uno no termina de acostumbrarse
a ver cabrones colgados, gente mutilada, muchachos chiquillos, escuincles
pendejos que ya andan cargando un arma y se sienten “sicarios”. A esos era a lo
que más me daba pena andar matando. Chavalitos flacos, de casitas humildes
dónde hacen las tortillas con más cal que maíz, para que llenen más.-
- Ay mijo, hay gente que prefiere morir entre las balas que morirse de hambre.-
En el camión empezó a
acumularse el vaho producido por la respiración y pláticas de veinte pares de
bocas diferentes, algunas que susurraban y otras que reían, algunas que aguantaban
argumentos mudos y otras que callaban verdades ciertas. Era invierno y el
viento helado obligaba a toda esa humedad flotante a condensarse en los
cristales. Cómo lágrimas en un velorio, las gotitas se escurrían de a poco y
formaban charquitos, en el asiento de enfrente dos niños jugaban a las
carreritas, cada uno había elegido su gota y las contemplaban resbalar despacio
al vaivén de los topes de la avenida Tláhuac. Claudio Ignacio los miró con
ternura y se le hizo un nudo en la garganta. Los señaló con el dedo y le
susurró por lo bajo a Ángela.
- A dos así de chiquillos me chingué una vez en un fuego cruzado.- se tronó los
dedos en el tubo del asiento, mientras se mordía los labios.
- Andábamos patrullando una zona que se sospechaba era el epicentro de una
operación, llevábamos días caminando en los lodazales y en una barranquita de
por ahí emboscaron a mi pelotón. *La voz de su comandante le resonó en las
orejas*<<TODOS A CUBRIRSE
CHANGOS>> Disparamos a contrafuego durante una hora, de a poquito fuimos
limpiando el perímetro y me acuerdo bien que yo le tiraba a unas plantas que se
movían por ahí arriba de la barranca. Cuando fui a ver me encontré a los
chavalitos, con una 45 cada uno. Ya muertos.-
Se le humedecieron los ojos, pero años y años de riguroso endurecimiento
militar hicieron que rápidamente las lágrimas fueran reabsorbidas. Doña Ángela
miró hacia la calle y el frío invierno le caló hasta el tuétano de los huesos.
-Dios te perdone y que se perdone a si mismo por poner a esas pobres criaturas
en ese lugar, a esa mala hora.-
- Uno no es mala persona madre, uno obedece órdenes. Si alguna vez alguien tuvo
una queja le iba en feria, y bueno, los soldados nos quejamos con nuestro
superior y él a su vez con su superior y así consecutivamente, se va haciendo
un teléfono descompuesto dónde todo se mal entiende y lo que se intentaba decir
no llega con claridad al final. Me acuerdo que un día anunciamos por radio que
íbamos a entrar a “Los Guayabos” un pueblito de por allá. Solicitábamos permiso
para pasar por en medio, pues nosotros nada más íbamos de paso. La orden se
pidió y luego de esperarlos al lado de la carretera… horas, se comunicó
directamente con nosotros un teniente, preguntándonos << A ver soldados,
¿qué chingados es eso de que las guayabas y no sé que pendejadas?>>
Estaba encabronado, y ya luego le explicamos bien que no era “Las guayabas” si
no, “Los Guayabos”. Son chingaderas. ¿No creé?-
-Pues si mijo, pero esa culpa también la tienen ustedes, por siempre dejarse
sobajar por sus superiores. No te ofendas, pero hay maneras de pedir las cosas.
Está la mala y a lo pendejo, pero también se puede dialogar con la gente. –
Él supo que tenía razón.
Del camión poco a poco se
fueron bajando las personas, todos llevaban prisa, todos se notaban angustiados,
apresurados, con las caras pálidas. Así corriendo sentían que le daban vuelta a
la vida, que la “aprovechaban” y corrían y corrían
arrojando envases desechables a su paso, ácido de batería y smog en sus bolsillos. Ángela purísima miró por la ventana,
suspiró y dijo. – ¿Apoco no sería padrísimo que la gente no se peleara? ¿Qué
todos viviéramos tranquilos?-
-La gente no respeta madre, a la gente le vale madre.- Ella volvió a mirar por
la ventana y torció la nariz, susurro a lo bajito –A mí no me vale madre. Los
pendejos son los que no esfuerzan para que las cosas cambien. Los que no
respetan, los que siempre quieren chingar al otro. Pero no toda la gente es
así, no puedes ir por la vida pensando que todos son iguales.-
Él se quedó callado.
Llegaron cerca de un mercado
de fachada roja, dónde se vendían de a 2 x $80 unas pollitas, que afirmaba el
señor eran gallinas ponedoras de las mejores estirpes, pero sus patas gordas
las delataban. Las señoras andaban vueltas locas, de un lado pa´l otro
comprando cositas, estirando el gasto hasta dónde se podía, uno podía intuirlo,
de verle la cara a los vendedores a los que les regateaban, un peso menos, un
aguacate más y otro momento para existir juntos.
-Mire guacho.- rompió el silencio Ángela.- Yo bajo ya merito en la otra
esquina, pero quiero pues que algo le quede bien claro.- Le dijo. – En el mundo
hay muchos tipos de personas, muchos tipos de fuerzas. Todo es un equilibrio y
todos coexistimos bajo las mismas circunstancias, en este animalote vivo
llamado planeta tierra.-
Él tragó saliva y se agarró la cara, <<Esto es mucho. Demasiado para un solo día.>> pensó.
- Y si uno no hace lo que puede, si uno no deja de intentar pisotear al otro,
de escalar, de ser voraz sin retribuir, de quejarse sin proponer nada va a
cambiar. Así que mijo, júntese con sus
compañeros de infortunio, a ver que se logra. Sirva a quien realmente merece de
su servicio, ayude a quien de verdad lo necesite y haga siempre el bien. Véase
a usted mismo en los demás, vea la cara de su madre en las caras de las otras
mujeres, si aceptamos que todos estamos hechos de lo mismo, de la misma cosa, lo
demás deberá venir sólo.-
Él la contempló maravillado
y le pareció tan hermosa, llena de buena energía; le agradeció torpemente los
consejos y le extendió los brazos para abrazarla, ella le correspondió el
abrazo y antes de que él se diera cuenta le plantó un beso enorme en la boca.-Ándele cabrón, bien que querías.- le dijo – Bueno, queríamos los dos.- ella se
ruborizó un poco y él soltó una carcajada tal, que el conductor del camión
volteó a verlos en el retrovisor.
En el reflejo, un par de piernas femeninas se
levantaron del asiento y se dirigieron a la puerta, el timbré sonó y el
camionero se detuvo. Nadie supo que se dijeron al despedirse, porque al contar
la historia, Claudio Ignacio siempre lo omitía. El chofer del camión lo
miró quitarse la gorra y alisarse el pelo. Le dio la impresión de que a ese
hombre le faltaba un camino largo y le gritó desde su asiento. –La siguiente
parada está todavía lejos amigo y se pone feo por allá…-
-No se preocupe.- Le respondió Claudio Ignacio.- No tengo otro lugar a dónde
ir. Nada va a pasarme porque tengo que regresar.-
El chofer guardó silencio.
El camión se desvaneció
entre aquel tortuoso camino lleno de baches, adentro de él, un hombre ha
conocido a una mujer que ha cambiado su vida, dentro de algunos años no podrá
recordar cómo era, a que olía, pero sus palabras habrán de resonarle en la
cabeza por siempre. Desde aquel día, se verá a sí mismo, cómo un pececito en
una enorme cardumen de peces que nadan en el mar. Y se sentirá parte de ellos,
nadando en enormes espirales sincronizadas, codo a codo, o bueno, aleta con
aleta con otros peces. Y entenderá, que es una parte importante del cuento,
pero que el cuento no habla de él.
No concretamente.
El cuento habla de todos.
Para todo lo que se dice,
hay una parte que se oculta.
Así funciona el universo, las
consciencias somos sólo momentos, fantasmas que se quedan en las fotos, en los
archivos, en los recuerdos. Y si hacemos algo extraordinario, viviremos por
siempre, en la mente de los que nos recuerden. Ese es nuestro verdadero mérito,
es ello lo que nos convierte en viajeros en el tiempo. Es todo aquello que
dejamos todos los seres vivos atrás, huellas.