Las noches en el parque son
la cosa que más me gusta. Mientras anclado, observo a los paseantes ir, venir,
hacer ecos con sus pisadas. De día todo es agitado, ruidoso, lleno de luz. De
noche siempre es más calmado, agradable.
Todo puede pasar en el parque.
He sentido sobre mi piel hepóxica el frío de las noches más heladas en la
soledad del silencio. En el momento de la madrugada que puedes oír a la calle
respirar, a los árboles estirarse sobre sus raíces y todo ser vivo sueña. He
escuchado a las lechuzas y búhos ulular los cantos que hechizaron a los amantes
de los edificios cercanos, que estallaron en un orgasmo que rompió la parsimonia,
creó un hoyo temporo-espacial en su realidad y todo cambió, empezaron a notar
que se amaban.
Que bello el amor... aunque
negado para nosotros; las bancas de parque. Somos de hierro y fuimos creadas
para aguantar. A veces, cuando veo a los amorosos pasearse de las manos,
saboreando deliciosos alimentos dulces mientras agitan sus alegres carnes y se
les va la vida en besos, abrazos y caricias me corroe la metálica entraña y mi
cuerpo vibra inconforme. Un chirrido metálico hace un pequeño eco y voltean a
verme, pero enseguida se olvidan de mí y siguen caminando.
A veces se sientan en mi
cuerpo y se aman, se entregan y entremezclan, aunque a veces también se odian,
se separan y se muerden los huesos. He visto en la misma proporción lágrimas y
risas. He escuchado de sus bocas los más bellos pensamientos y las más grandes
blasfemias y sandeces. Lo conveniente de percibir el mundo de manera inmóvil, pues cómo les he dicho; soy una triste banca de parque, es que uno no elige a
quién conoce.
Es preciso tal vez
comunicarle a los hombres, que la vida de las bancas de parque es sumamente
intensa internamente. Primeramente deben enterarse que nosotros tenemos nombres
(masculinos y femeninos, dependiendo nuestro sexo), además de ello tenemos
personalidades (banconalidades) propias. Nuestra vida es quedarse quieto en el
mismo lugar y ver todo pasar. Esperar. Por lo que desarrollamos mucho nuestra
capacidad de observación.
He visto y oído gran parte
del espíritu humano, correr, esconderse, multiplicarse y destruirse. Sé leer el
comportamiento y el lenguaje corporal de los hombres e infiero sus
pensamientos, los cuales a veces confirmo con sus argumentos.
Una noche peculiarmente
helada pasaron frente a mí dos tórtolos embelesados. Él la toma a ella de la
cintura y ella rodea su espalda con el brazo. Pasean despreocupadamente
viéndolo todo, de cuando en cuando se detienen a contemplar una cosa u otra;
mientras lo hacen acercan lateralmente sus cabezas y puedo sentir cómo sus
cerebros forman lazos. Él le busca la oreja entre los cabellos e inhala
profundo. Mi sentido de la observación me deja ver como sus hombros se aflojan
y relajan. Obtiene una especie de paz química de ella. Ella voltea en reacción
al gesto y se besan. Observo los parsimoniosos movimientos de sus caras,
mientras se olvidan de su propia existencia y se entregan a una oscura y
dedicada pelea de labios, lengua y saliva. Se muerden un poco, y escondida en
millones de años de evolución, está la muerte en sus mordidas. Y esas
pequeñísimas muertes son hermosas. Cuando se inhalan simultáneamente los
alientos y se crea un vacio en sus bocas, que termina por fundirlos más, en esa
locura de receptores químicos y movimiento, pues sus lenguas son dos peces que
nadan en un océano de jalea rosa, con estrellas de mar, tritones y sirenas. Dos
peces entregados al impulso más primario de supervivencia.
Mantenerse juntos.
Mantenerse juntos.
Él la sujeta más fuerte y
ella lo corresponde. A partir de este punto me es difícil entender la vorágine
que deben ser sus cabezas. Pero sus cuerpos pueden apenas contener un enorme
ímpetu proveniente del corazón mismo. Es cómo ver crecer una ola invisible que
flota entre sus pechos. Se acarician la cabeza y espalda y entre sus dedos
corren ríos de sensaciones que erizan sus pieles. De a poco abren los ojos, se
reconectan a este mundo, mientras observan al cíclope del que habló Cortázar y
le sonríen al otro cíclope simultáneamente, luego se olvidan de los besos y
terminan sumidos en un abrazo de respiraciones unísonas y de paz. Se miran a
los ojos y de alguna manera entienden cosas nuevas. Ahora su lenguaje corporal es
distinto, mucho más relajado. Entiendo que han subido momentáneamente al cielo
y que algo de ahí arriba les dio esa calma. Finalmente, siguen su camino.
Aquella escena me pareció
realmente conmovedora, angustiosamente solitaria. No es que esté
desacostumbrado a la soledad, pero de pronto pensé en ello. En que mi destino
era jamás poder tener por mucho tiempo a alguien cerca. Me sentí usado,
deprimido, pasé horas y horas con esas mismas ideas en la cabeza. De pronto,
bella sorpresa se aparece ella, cruzando tambaleante hacia mí. Su cabello tiene
un poco de vómito y sostiene su teléfono en una mano. Está despeinada y se nota
molesta, su cara fluctúa en un gesto entre la tristeza y el odio. Se me
derrumba encima mientras torpemente intenta revivir el celular muerto. No lo
consigue. Entonces se aprieta los brazos con las manos y se suelta a llorar.
Sus lágrimas caen sobre mi cuerpo y me derriten el alma. Intento rodearla pero
mis brazos metálicos no se despegan del piso. Pienso en aquellos otros
acariciándose, sintiendo al otro y reconfortándolo. Haciéndose mutuamente
niditos de paz y telarañitas de esperanza. Ella, respira entrecortadamente y
observa los alrededores. Decide finalmente quedarse quietecita. Respirar con
normalidad. Su cansancio me es evidente. De a poco empieza a recostarse sobre
mi cuerpo.
De pronto todo cobra un
nuevo sentido para mí y considero mi actual existencia cómo algo nuevamente
bueno y provechoso. Mi misión de la noche ahora es cuidarla, brindarle la mayor
cantidad de comodidad y reconfortarla. Pienso cuanta suerte tendría si pudiere
tener manos, dedos, piernas y labios, siento sus formas y el calor de su cuerpo
contra el acero del mío. Y poquito a poquito empiezo a vibrar, cada vez más rápido
pero no lo suficiente para despertarla, vibro para generar calor. Caen por el
parque hojas secas de los árboles y los pajarillos le dan la bienvenida al
primer claro del sol. A la luz precoz del amanecer.
Fue entonces que opté por
dormirme. Dormirme igual que un tímido novio impotente en su primer noche de
bodas. Y soñé, soñé con dulces muertas blancas, cuyos muslos temblaban sobre mi
piel.
Cuando desperté estaba exhausto, vacío y postrado. Cómo debe estar un buen
amante después de una noche de continuos placeres.
Cuando desperté, ella se había marchado.
Cuando desperté, ella se había marchado.
