jueves, 24 de julio de 2014

Las fotos de Miguel



Miguel es el encargado de tomar las fotos entre sus amigos, suele llevar esa pequeña cámara negra, de lente muy ancho y botones pequeños, plateados; cuando se juntan los forma a todos, se preocupa porque salgan bien, escoge la luz correcta, se echa para atrás, mientras todos le gritan “¡Cámara Miguel, te tardas un chingo!” y aún con eso, él logra siempre la fotografía perfecta. Click tras Click.

Miguel despierta sólo en su casa, se siente triste, se siente perdido y sin nada a que aferrarse. Se pasea por el pasillo dónde colocó, los cientos de fotos con sus amigos, ahí, pegados en las paredes muchas caras sonrientes le devuelven un poco de realidad. Miguel entra y sale, apenas es visible y ya se va. Miguel escucha cantar a la calaca desde el fondo del pasillo. Enciende la luz pero el foco está fundido, su luz se ha apagado. Miguel pierde el suelo y regresa apenas para sonreír. “A Miguel le patina el coco” empiezan a decir sus amigos. Se preocupan por él y lo rodean. Miguel se aterriza de nuevo a puro abrazo. Miguel está contento otra vez. Y cada día toma mejores fotos, se ha comprado una mejor cámara, una que además graba. Miguel hace un archivo de fotos y videos de todo, por años.

Miguel trabaja igual que todos sus amigos. Han dejado de estar cerca de él, trabaja en una oficina aislada, sólo en la última esquina del edificio que Dios SI olvidó, al lado del cuarto de la copiadora que nadie usa, arrumbada con otros triches, entre ellos un marquito para fotografía negro, vacío y roto del vidrio. Miguel abre a veces la puerta para ver que todo siga adentro; hace su trabajo, no habla con nadie, le ha sido difícil conseguir amigos, ni se hable de las mujeres. Miguel empieza a dejar de dormir. Se va a trabajar con varios cafés encima, todo le parece un sueño, nunca está completamente despierto. Se pasea por los pasillos de la oficina, buscando algo de realidad, pero nadie lo mira a los ojos. Nadie parece notar que existe.

Miguel regresa a casa del trabajo y se acuesta en su habitación vacía. Ve obsesivamente los videos y se va flotando otra vez a su vieja pared, pero sus antes excelentes fotos ahora están bastante más viejas, corroídas, opacas. Miguel sin pegar el ojo de madrugada, escuchando atento una goterita adentro de la pared de su casa, dudando, escurriéndose todo él junto con las gotas de la goterita, Miguel oxidando sus propias tuberías con una angustia preocupante, que cómo el agua deshace piedras, no por fuerza, si no por constancia. Mamá muerte se le aferra a las orejas y le susurra, bajito pero entendible. Miguel a las 5:30, a punto de levantarse, pero sin haber dormido, piensa en el marquito negro del cuarto de triches, con el vidrio roto, vacío, con la patita que lo sostiene bastante torcida y a punto de caerse. –Yo soy ese marquito.- Dice Miguel en voz baja para sus propios adentros, sin darse cuenta. –Yo soy ese marquito, vacío y sin remedio.-

Miguel está contento, después de un trágico acontecimiento vuelve a ver a sus amigos. Miguel les dice lo mucho que los había extrañado y cuanta falta le hacían, les pide que se reúnan más seguido y les toma cientos de fotos. Los amigos se reencuentran, pero la cercanía emocional es breve, más superflua, menos cercana que antes. Unos pocos se han mantenido en contacto y otros son personas diferentes, se ven a los ojos y apenas se reconocen; cuando se enteran de lo acontecido, no se dan permiso de faltar. Miguel los ha organizado otra vez, los forma alrededor de su propio ataúd en un semicírculo, y por el breve momento en que todos ven el cuerpo de Miguel, él sonríe. Miguel flota entre las lápidas, ahora libre de su cuerpo y se acerca a sus amigos, los escucha decir que lo lamentan, pero él les grita que está bien, que lo único que necesitaba y necesitará es verlos a todos juntos, de cuando en cuando. Algunos lloran, no porque lo escuchen, sino porque entienden que desperdiciaron el tiempo, porque entienden que dejaron que aquello que los hermanaba muriera y se pudriera, igual que se pudrirá el cuerpo de Miguel. El olvido y la distancia, son mejores carroñeros que los propios gusanos, la indiferencia y el tiempo pueden comerse hasta los huesos. Nadie tiene una foto de Miguel, porque él era siempre el encargado de tomar las fotos. Pero todos lo recuerdan bien.

EPÍLOGO:

Miguel se pasea por todos lados, lo arrastra el viento, lo moja el río y lo seca el desierto. Miguel ve a algunos de sus amigos un día al año y sigue tomándoles muchísimas fotos, que terminan en las paredes que sólo los fantasmas pueden ver. Miguel en el diente de león que el viento sopló. Sus amigos lo recuerdan, le llevan flores y le cuentan los pormenores de su vida, le mandan a hacer un retrato hablado y le ponen un espejo en la lápida, para que él se vea. Miguel se peina, Miguel lo empaña, Miguel araña por dentro el espejo. Miguel cree mirarse en él pero lo que ve es su retrato. En un marco bueno, con el vidrio bien. Miguel ya no está roto. Miguel camina en las hojas, en forma de rocío. Miguel detrás de la cámara, click tras click, 

Miguel en la madrugada, en el sonido del silencio.


Miguel ya está bien