Miguel
es el encargado de tomar las fotos entre sus amigos, suele llevar esa pequeña
cámara negra, de lente muy ancho y botones pequeños, plateados; cuando se
juntan los forma a todos, se preocupa porque salgan bien, escoge la luz
correcta, se echa para atrás, mientras todos le gritan “¡Cámara Miguel, te
tardas un chingo!” y aún con eso, él logra siempre la fotografía perfecta.
Click tras Click.
Miguel
despierta sólo en su casa, se siente triste, se siente perdido y sin nada a que
aferrarse. Se pasea por el pasillo dónde colocó, los cientos de fotos con sus
amigos, ahí, pegados en las paredes muchas caras sonrientes le devuelven un poco
de realidad. Miguel entra y sale, apenas es visible y ya se va. Miguel escucha
cantar a la calaca desde el fondo del pasillo. Enciende la luz pero el foco
está fundido, su luz se ha apagado. Miguel pierde el suelo y regresa apenas
para sonreír. “A Miguel le patina el coco” empiezan a decir sus amigos. Se
preocupan por él y lo rodean. Miguel se aterriza de nuevo a puro abrazo. Miguel
está contento otra vez. Y cada día toma mejores fotos, se ha comprado una mejor
cámara, una que además graba. Miguel hace un archivo de fotos y videos de todo,
por años.
Miguel
trabaja igual que todos sus amigos. Han dejado de estar cerca de él, trabaja en
una oficina aislada, sólo en la última esquina del edificio que Dios SI olvidó,
al lado del cuarto de la copiadora que nadie usa, arrumbada con otros triches,
entre ellos un marquito para fotografía negro, vacío y roto del vidrio. Miguel
abre a veces la puerta para ver que todo siga adentro; hace su trabajo, no
habla con nadie, le ha sido difícil conseguir amigos, ni se hable de las
mujeres. Miguel empieza a dejar de dormir. Se va a trabajar con varios cafés
encima, todo le parece un sueño, nunca está completamente despierto. Se pasea
por los pasillos de la oficina, buscando algo de realidad, pero nadie lo mira a
los ojos. Nadie parece notar que existe.
Miguel
regresa a casa del trabajo y se acuesta en su habitación vacía. Ve
obsesivamente los videos y se va flotando otra vez a su vieja pared, pero sus
antes excelentes fotos ahora están bastante más viejas, corroídas, opacas.
Miguel sin pegar el ojo de madrugada, escuchando atento una goterita adentro de
la pared de su casa, dudando, escurriéndose todo él junto con las gotas de la
goterita, Miguel oxidando sus propias tuberías con una angustia preocupante,
que cómo el agua deshace piedras, no por fuerza, si no por constancia. Mamá
muerte se le aferra a las orejas y le susurra, bajito pero entendible. Miguel a
las 5:30, a punto de levantarse, pero sin haber dormido, piensa en el marquito
negro del cuarto de triches, con el vidrio roto, vacío, con la patita que lo
sostiene bastante torcida y a punto de caerse. –Yo soy ese marquito.- Dice
Miguel en voz baja para sus propios adentros, sin darse cuenta. –Yo soy ese marquito,
vacío y sin remedio.-
Miguel
está contento, después de un trágico acontecimiento vuelve a ver a sus amigos.
Miguel les dice lo mucho que los había extrañado y cuanta falta le hacían, les
pide que se reúnan más seguido y les toma cientos de fotos. Los amigos se
reencuentran, pero la cercanía emocional es breve, más superflua, menos cercana
que antes. Unos pocos se han mantenido en contacto y otros son personas
diferentes, se ven a los ojos y apenas se reconocen; cuando se enteran de lo
acontecido, no se dan permiso de faltar. Miguel los ha organizado otra vez, los
forma alrededor de su propio ataúd en un semicírculo, y por el breve momento en
que todos ven el cuerpo de Miguel, él sonríe. Miguel flota entre las lápidas,
ahora libre de su cuerpo y se acerca a sus amigos, los escucha decir que lo lamentan,
pero él les grita que está bien, que lo único que necesitaba y necesitará es
verlos a todos juntos, de cuando en cuando. Algunos lloran, no porque lo
escuchen, sino porque entienden que desperdiciaron el tiempo, porque entienden
que dejaron que aquello que los hermanaba muriera y se pudriera, igual que se
pudrirá el cuerpo de Miguel. El olvido y la distancia, son mejores carroñeros
que los propios gusanos, la indiferencia y el tiempo pueden comerse hasta los
huesos. Nadie tiene una foto de Miguel, porque él era siempre el encargado de
tomar las fotos. Pero todos lo recuerdan bien.
EPÍLOGO:
Miguel
se pasea por todos lados, lo arrastra el viento, lo moja el río y lo seca el
desierto. Miguel ve a algunos de sus amigos un día al año y sigue tomándoles
muchísimas fotos, que terminan en las paredes que sólo los fantasmas pueden
ver. Miguel en el diente de león que el viento sopló. Sus amigos lo recuerdan,
le llevan flores y le cuentan los pormenores de su vida, le mandan a hacer un
retrato hablado y le ponen un espejo en la lápida, para que él se vea. Miguel
se peina, Miguel lo empaña, Miguel araña por dentro el espejo. Miguel cree
mirarse en él pero lo que ve es su retrato. En un marco bueno, con el vidrio
bien. Miguel ya no está roto. Miguel camina en las hojas, en forma de rocío.
Miguel detrás de la cámara, click tras click,
Miguel en la madrugada, en el
sonido del silencio.
Miguel
ya está bien
