martes, 2 de febrero de 2016

Esta costumbre absurda de estar triste.

*Autor desconocido*
Si me dieran a elegir, yo elegiría
esta salud de saber que estamos muy enfermos,
esta dicha de andar tan infelices.
Si me dieran a elegir, yo elegiría
esta inocencia de no ser un inocente,
esta pureza en que ando por impuro.
Si me dieran a elegir, yo elegiría
este amor con que odio,
esta esperanza que come panes desesperados.
Aquí pasa, señores,
que me juego la muerte.
Juan Gelman "El juego en que andamos"

Esta costumbre absurda de estar triste.

A veces, entre dormido y despierto veo avanzar hacia mí al monstruo de la tristeza. Viene con sus jeringas de melancolía a arponearnos los brazos. Con las uñas sucias de rascar y rascar surcos de ideas, donde no se siembra nada.

Esta costumbre absurda de pensarlo todo tantas veces, no es más que un artificio de la conciencia. La necedad de mirar la calle por la ventana de la amargura y clavarse como cristo al desatino del mundo.

Debajo del puente los niños del hombre se nos mueren por la mona, el cristal, la chiva o la heroína o se nos mueren picados por el valedor que también duerme debajo del cartón; por la ambición absurda del celular robado, de la pantalla táctil sin tacto, sin calor. Los mata el puerco disfrazado de justicia, analfabestia, pero eso sí, con una 45 fajada al cincho, con la comanda de acabar con la lacra, pero incapaz de darse cuenta que las ratas son él, su jefe que le exige la cuota de conformidad para poder seguir prestándole la placa y el respeto de la ciudadanía a la que falsamente defiende, con balas pagadas por la misma mano que pone la droga en la calle, mientras otros cientos hacen fila para entrar en la misma mafia.

Esa manía de caminar por las calles brumosas devorados por la oscuridad de la noche, mientras piensas que aquél que camina paralelamente en la otra banqueta va a atracarte o a matarte; sin darte cuenta de que tú le provocas a él el mismo terror. Esa costumbre absurda de reposar los ojos sin descanso en la miseria, en los pies descalzos que vagan sin rumbo, espalda con espalda en el vagón del tren, soñando con un trozo de individualidad más grande, recogiendo a ciegas migajas de vida, trocitos de esperanza.

“Es la expansión global” dicen los unos, mientras los otros le rogamos al barbudo del cielo que ya no suba el dólar, que fluya el trabajo, los amigos, que nazcan flores entre las banquetas llenas de aceite, en las grietas del pavimento de la modernidad.

En las escalinatas de la justicia se nos quedaron dormidos para siempre, miles de rostros inocentes, de niños, de perros, todos sin pecado alguno más que no haber nacido en cuna de oro, se nos mueren los genios, las voces del cambio y con ellas nuestros gañotes guardan luto, nos tragamos los “YA BASTA”, porque los otros dicen “El cambio está en uno mismo”. 

En los hospitales se nos va muriendo el pasado de pena y el futuro de prisa. Corremos y corremos en diferentes direcciones sin tener idea de adonde queremos llegar, pero eso si, que sea rápido.

Cientos de productos llenan los vacíos y en el metro escuchamos al vagonero
Si damitaaaa, caballeroooo, le traigo a la ventaaaaaa, es el productooo de moodaaaa, el producto de novedaaaaaaad, para el niñooooo o la niñaaaaa, para el joven estudianteeeee, para la ama de casaaaaaaa, para el oficinista preocupadooooooo, para el obrero cansado.
Es la laaaamparaaaaaaaa, lamparaaaaaa con luz de esperanzaaaaaa, para esos apagones inesperadooooooos, para esos momentos de oscuridaaaaaaaaaa´, le vale, le cuesta 10 pesos.
Si miraaaaaaa llévateeeeee a la ventaaa un rayito de esperanzaaaaa, un poquito de bondaaaaaaad por solo 10 pesos.
Es laaaaamparaaaaaaaaa que funciona sin baterías, lámpara que se carga con felicidaaaaaaaaaaad, te vale, te cuesta 10 pesos.”

Allen Ginsberg dijo “He visto a las mejores mentes de mi generación destruidas por la locura” sin darse cuenta de que fuimos concebidos para esto, nacidos en esto, muriendo por esto. Es difícil dejar el bagaje emocional. Es difícil no odiar. Sabemos lo que el odio le hace al hombre, lo despedaza, lo convierte en algo que no es. Levantarse y gastar la mayor parte del día arreglando lo que hizo ayer, en lugar de crear cosas nuevas. En esa vida no hay futuro, solo distracción y remordimiento. Cada día es una caja nueva, un regalo envuelto en papel tornasol.

¿Y que nos queda? Elegir. La vida está llena de elecciones. Cada vez que no te tiras de cabeza en la escalera, es una elección, cada vez que te detienes antes de cometer el mismo error, es una elección, cada paso, cada montaña escalada. Elegir siempre la vida sobre la muerte.

Huir de la masa anónima, buscar el sol en los días nublados y poner la cara en alto. Seguir empujando el cochesito que en el camino se irán acomodando las sandías. Alzar la mirada al cielo y tratar de ver en macro, la maravilla del universo, lo hermosamente absurdo de la existencia. Que desvele el amor y no las preocupaciones o las drogas, que la duda se desvanezca como bruma matutina con el primer rayo de verdad, dejar que los caracoles de la dicha caminen en el cuerpo de los pequeños momentos y atesorar cada bocanada como si fuere la última. Bailar con pasos resonantes para espantar a la ruina. Limpiar la entrada de la casa y barrerse el polvo de las pestañas. Cerrar los ojos al besar, amar sin condición, confiar en la habilidad y la intención.
Presionar menos el botón del deseo y picarle con más fuerza al de la voluntad.

Respirar profundo, aligerar el paso, dejar la dependencia de que el espejo nos devuelva una imagen perfecta pero falsa, y quererse primero a uno mismo.
Ganarse con bombos, platillos y fanfarria el título de hijo de puta hecho y derecho.
Por mérito y elección propia.

Y sobre todo, arrancarse del pecho

Esta costumbre absurda de estar triste.