Bueno, la conocí en un sueño. Entrando a
una cantina de sombrerudos dónde el humo
era denso, olía a coño y a halitosis; Como la
boca de un cirroso. Ella se me acercó, se
llamaba Saraí: Saraí era como Hércules;
pero hembra. Y era menuda y tierna y como
decía el poema, se hizo más menuda entre
mis brazos y más tierna bajo mis ojos. Una
enorme mata de pelo negro acompasaba el
ritmo al que vibraba su ser. Su perfume era
como el delirio; hízome pensar en las flores
de los paraísos perdidos, negados a Adán
hace eones, aquel floral aroma que hace
que sucumban los insectos ante las plantas
carnívoras, con psicodélicos colores en sus
pistilos. Supe que Saraí era toda una mujer
y supe que era todo un peligro y como un
insecto Kafkiano, metamórfico, sucumbí a
sus encantos.
***
Saraí y yo, solos en un cuarto blanco, con
una enorme king size con cabecera de
madera. La besé y sentí el palpitar violento
de las venas de su cuello; le gustaba, no
había duda. El sol se colaba entre las
cortinas, todo en el cuarto se quemaba
lentamente bajo la flama invisible de una
pasión por consumarse. Me arrodillé ante la
diosa; tenía piernas largas, taaaaaaan largas
y curvilíneas que me recordaron a las
carreteras más peligrosas y me imaginé a mí
mismo, diminuto en mi motocicleta,
deslizándome sobre esas curvas, mientras la
pedalera de la moto sacaba chispas de
fricción. Estaba apunto de chocar y casi
matarme. Y no me importaba, eran esas
piernas kilométricas que no acababan nunca
y el sol se vertía sobre ellas; era como si ahí
arriba no hubiera un coño, si no algo
muchísimo mejor. Empecé a despojarla de
aquello que la cubría. Y aparecieron ante
mis ojos maravillados tantos tatuajes que
apenas podía diferenciar dónde empezaba
uno y dónde terminaba el otro. Flores,
cráneos, lobos, arañas, pájaros. Su piel era
un lienzo perfecto y los tatuajes contaban
historias. Era como si a la Venus de Milo la
hubiera pintado Miguel Ángel. Yo estaba
completamente fuera de mí. Oía unas
palabras retumbar en mi cabeza "Es un
hermoso síncope con foso...
Un cross de amor, pantera al plexo trópico...
Un compuesto terrestre de líbido edén
infierno...
El paraíso hecho carne..."
***
La conduje sin soltarla al patíbulo dónde
habríamos de sacrificarnos a los dioses, mi
aliento era el viento que soplaba sobre las
montañas de sus senos y mis manos los
mares que acariciaban las playas de sus
piernas, daban forma a las costas de su
vientre y que finalmente se perdieron en sus
recovecos. Deslicé la mano sobre sus muslos
hasta que finalmente llegué a la tierra
prometida. Sobé y ella se abrió y
humedeció, como flor bajo la lluvia. Estaba
lista. Yo estaba más que listo. Apuntalé y
me deslicé entre sus paredes palpitantes y
húmedas. Jesucristo, era terrible, hermoso,
maravilloso y obsceno. Sus mejillas
adquirieron un hechizante color rosado,
mientras ladeaba la cabeza toda aquella
enorme mata de pelo negro se derramaba
por la almohada, como la tinta sobre el
papel. Tenia la boca abierta y ante mis ojos
desfilaban los dientes más blancos que hubo
jamás en esta tierra de los sueños, besé
aquella boca roja con la aprensión de un
náufrago que bebe agua dulce por primera
vez en mucho tiempo. Comenzó el trance de
la meneanza y no sé con que fuerza dominé
el impulso de terminarlo todo. Le di la
vuelta para contemplar su espalda y nalgas.
Los tatuajes cambiaban a mi voluntad y se
transformaban en ilustraciones de batallas
antiguas, escenas de la naturaleza,
transmutaban a todos los colores del
arcoiris, Saraí era como un camaleón y me
mostraba exactamente lo que yo quería ver.
Dios mío, era como si el mundo se acabara y
empezara y volviera a a acabarse. Todo
parecía real e irreal. El sol, las 4 paredes
blancas, su cadera, sus piernas, su espalda.
La habitación entera vibraba. Mi vista se
empañaba y volvía a aclararse. El tranze de
la meneanza se intensificó al grado dónde la
violencia parecía algo paralelo. Una lechuza
que vuela bajo el ala del avión. Todos los
objetos en la habitación sabían que yo
estaba por cometer un asesinato de jugos
venusinos y me observaban. Miré a la
cabecera de la cama durante un instante y
vi los poros de la madera ampliados, como
si cada veta fuera un remolino líquido.
Luego volví a mirar rápidamente a las
piernas y a la espalda de Saraí, enfadado
conmigo mismo por haber desviado la vista
un instante y quizas haberme perdido algo
importante. La voltee de nuevo y la miré
directo a los ojos. Sus pupilas estaban
dilatadas como hoyos negros y yo me
reflejaba en ellas en una especie de ciclo
infinito de espejos. Su boca tierna se rompió
en gemidos. La mía en gruñidos de bestia.
La mordí en el cuello como un león que
sostiene a una gacela, convulsiones
moribundas me hicieron que le hundiera
más los dientes, era mía, absolutamente
mía. Yo era un carnívoro nato, un cazador
furtivo y ella no iba a ir a ningún lado. Un
instante justo después de ello, cuando todo
parecía tener que llegar a su fin, su cuerpo
se hundió entre las sábanas satinadas y
desapareció con un sonido de ploop.
***
Me levanté de un salto de la cama, tan
violentamente que resbalé y me pegué en la
cabeza con la pared. Encendí la luz. Ni
cama king size, ni cabecera de madera, ni
Saraí, ni nadie. Estaba solo. Mi camita
individual estaba empapada de sudor frío,
igual que todo mi cuerpo. Me había hecho
una cortada grande contra la pared. Fui al
baño a lavarme la sangre mientras
reconectaba poco a poco todos los cables.
El agua arrastró mi sangre sobre el lavabo
blanco en una espiral color jamaica. Volví a
mi cuarto, vi el lugar donde había topado mi
cabeza y apagué la luz. Me metí a las
sábanas empapadas e intenté volver a
dormir. No pude hacerlo. Pasé el resto de la
madrugada intentando recordar que había
soñado. Tampoco pude hacerlo.
Al otro día, fui al trabajo, como siempre.
Saraí no existía. Yo no existía.
Las vacas siguieron rumiando.

