Contempló desde
su silla el horizonte y la espuma del mar que parecía fundirse con el cielo en
nubes agitadas por la brisa salada, a lo lejos las gaviotas buscaban la última
comida de la tarde, volaban alto muy alto, y se dejaban caer en picada sobre
las olas, luego las veía salir del agua con el plumaje impermeable intacto, con
un pececillo desafortunado en el pico, se preguntó si habría suficientes para
alimentarlas a todas, no pudo responderse.
La necedad de la
memoria lo llevó de viaje en sus recuerdos, las memorias se le difuminaban cómo
tiza con el tiempo, pero tenía algunas bastante claras, en los recuerdos se vio
a si mismo pescando con la tarraya hasta el anochecer, en la red caían algunas
jaibas pequeñas para el día siguiente; ya entrada la noche las contó en la
cubetita donde las colocaba, eran doce, doce miserables jaibas y dos peces
ponzoñosos que sabía ni los perros se tragaban, los sacó con cuidado de la cubeta
y los botó de regreso al mar.
Le gustaba pescar
hasta muy entrada la noche, a esa hora no había nadie que siguiera activo, sólo
era él, la brisa, el mar y la luna. Los otros pescadores decían que estaba
loco, que a esas horas lo único que podía pescarse era un embrujo o un
resfriado y le recordaban que hacía mucho tiempo hubo otro loco necio igual a
él, hechizado por el canto de las sirenas y por el brillo de los pólipos
nocturnos, le contaron que un día lo encontraron arrastrado cientos de metros
de su lugar usual de pesca, ahogado, enredado con su propia red; lo encontraron
abotagado y con pedacitos faltantes que seguramente habían sido tomados por las
jaibas y por los otros animalitos que vivían en la playa y cómo nunca nadie
supo cómo se llamaba, ni si tenía familia u otros amigos que no fueran los
pajaritos carroñeros que lo seguían a todas partes, lo aventaron de nuevo al
mar para encontrárselo varias veces encallado en la playa, cada día más
hinchado y con menos carne en los huesos, hasta que algún piadoso le cavó un
hoyo en la arena y ahí lo sepultaron, con una cruz hecha de las ramitas chuecas que
llevaba la marea.
-¿Todavía nada don Alejandro?- el grito de un muchacho burlón lo regresó de
sus recuerdos a la realidad. –Carajo que si, mira.- Le enseñó la cubetita donde
había tres pececitos solitarios.
-¿Tres nada más?.-
-Bueno, hay que dejarle algo a las gaviotas.- El muchacho rió y se fue, él
tomó la cubetita y caminó a su casa.
-¿Trajiste algo para comer?- le gritó una voz femenina desde la cocina. –Sí;
tres pescaditos, uno para mí, otro para ti y otro para el perro. ¿Te acuerdas
cuando traía cubetas llenas de jaiba y las hacías con chiltepín?- Se escuchó
una risotada alegre desde la cocina, ella salió a su encuentro y le dio un beso
en la frente. –Ay Alejandro, cada día estás más viejo.- él se quedó en
silencio, decidió que no tenía hambre y le pidió a su mujer que le dejara el
pescadito para mañana.
Al día siguiente
lo encontró frito en el sartén, estaba lleno de gusanos. –Chinga, de verdad que
cada día estoy más viejo, ya no puedo ni ganarle a los gusanos.- se metió lo
poco que los gusanos no se habían comido a la boca y salió al patio, el enorme
perro fue a saludarlo alegremente moviendo la cola y brincando. –Bueno, al menos
tú comes bien cabrón, vente vamos a ver que sale el día de hoy.- Le acarició
las orejas, miro el sol naciente bajando y despertando a las gaviotas, tomó la
red y caminó a la playa, el perro venía atrás de él todavía brincando y
agitando la cola.

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