jueves, 14 de junio de 2012

Sin saber que nos hizo viejos.




Contempló desde su silla el horizonte y la espuma del mar que parecía fundirse con el cielo en nubes agitadas por la brisa salada, a lo lejos las gaviotas buscaban la última comida de la tarde, volaban alto muy alto, y se dejaban caer en picada sobre las olas, luego las veía salir del agua con el plumaje impermeable intacto, con un pececillo desafortunado en el pico, se preguntó si habría suficientes para alimentarlas a todas, no pudo responderse.

La necedad de la memoria lo llevó de viaje en sus recuerdos, las memorias se le difuminaban cómo tiza con el tiempo, pero tenía algunas bastante claras, en los recuerdos se vio a si mismo pescando con la tarraya hasta el anochecer, en la red caían algunas jaibas pequeñas para el día siguiente; ya entrada la noche las contó en la cubetita donde las colocaba, eran doce, doce miserables jaibas y dos peces ponzoñosos que sabía ni los perros se tragaban, los sacó con cuidado de la cubeta y los botó de regreso al mar.

Le gustaba pescar hasta muy entrada la noche, a esa hora no había nadie que siguiera activo, sólo era él, la brisa, el mar y la luna. Los otros pescadores decían que estaba loco, que a esas horas lo único que podía pescarse era un embrujo o un resfriado y le recordaban que hacía mucho tiempo hubo otro loco necio igual a él, hechizado por el canto de las sirenas y por el brillo de los pólipos nocturnos, le contaron que un día lo encontraron arrastrado cientos de metros de su lugar usual de pesca, ahogado, enredado con su propia red; lo encontraron abotagado y con pedacitos faltantes que seguramente habían sido tomados por las jaibas y por los otros animalitos que vivían en la playa y cómo nunca nadie supo cómo se llamaba, ni si tenía familia u otros amigos que no fueran los pajaritos carroñeros que lo seguían a todas partes, lo aventaron de nuevo al mar para encontrárselo varias veces encallado en la playa, cada día más hinchado y con menos carne en los huesos, hasta que algún piadoso le cavó un hoyo en la arena y ahí lo sepultaron, con una cruz hecha de las ramitas chuecas que llevaba la marea.

-¿Todavía nada don Alejandro?- el grito de un muchacho burlón lo regresó de sus recuerdos a la realidad. –Carajo que si, mira.- Le enseñó la cubetita donde había tres pececitos solitarios.

-¿Tres nada más?.-

-Bueno, hay que dejarle algo a las gaviotas.- El muchacho rió y se fue, él tomó la cubetita y caminó a su casa.

-¿Trajiste algo para comer?- le gritó una voz femenina desde la cocina. –Sí; tres pescaditos, uno para mí, otro para ti y otro para el perro. ¿Te acuerdas cuando traía cubetas llenas de jaiba y las hacías con chiltepín?- Se escuchó una risotada alegre desde la cocina, ella salió a su encuentro y le dio un beso en la frente. –Ay Alejandro, cada día estás más viejo.- él se quedó en silencio, decidió que no tenía hambre y le pidió a su mujer que le dejara el pescadito para mañana.

Al día siguiente lo encontró frito en el sartén, estaba lleno de gusanos. –Chinga, de verdad que cada día estoy más viejo, ya no puedo ni ganarle a los gusanos.- se metió lo poco que los gusanos no se habían comido a la boca y salió al patio, el enorme perro fue a saludarlo alegremente moviendo la cola y brincando. –Bueno, al menos tú comes bien cabrón, vente vamos a ver que sale el día de hoy.- Le acarició las orejas, miro el sol naciente bajando y despertando a las gaviotas, tomó la red y caminó a la playa, el perro venía atrás de él todavía brincando y agitando la cola.


Este lo hice escuchando esta canción, aquí pueden encontrar el facebook de la banda, espero les agrade. 

No hay comentarios: