Otra
vez caminaba solo por la calle, charcos, asfalto, flores de basura, el
traqueteo de los autos y sus aullidos que se alejan con velocidad, sombras
bailarinas que salen de los faros, codiciando cada lumen disperso, quejas,
llanto, todos esos ruidos que parecen venir de ninguna parte. Inhaló profundamente
y no supo de sí mismo.
- ¿Dónde estoy? ¿Quién soy? Luego
de un rato se atrevió a contestarse.
-Cada uno tiene sus
respuestas.
Se
dio cuenta de que era un hombre blando, una montaña de cagada, ciento diez
kilos de pereza y angustia, un metro ochenta y cinco de furia y temblores,
condenado a reciclar sus ideas, a escupir lo aprendido, condenado a ser rata en
la alcantarilla llena de otros cientos, locos de atar, asustados por los
rumores, ciegos de andar en la oscuridad, en un mundo que afirma que vivir es
consumir, un paraíso ridículo de plantitas con caras de mosca muerta que se
mecen al compás.
–Oiga amigo, ¿no le interesa
trabajar?
Un
descarnado salido de cualquier lugar y le dio un panfleto, él lo guardó en su
bolsillo de atrás. Trabajar, vaya peste, se trata de partirte el lomo por años
a cambio de unos papelitos de colores que puedes cambiar por cosas que no
necesitas en realidad; carro nuevo, vida nueva, amantes, chocolates, vacaciones
en el más allá, una televisión más grande y mejor para creerles más, un lugar
de ensueño en donde los idiotas se vuelven líderes y son inmediatamente
elevados a la categoría de héroes, donde nadie supo nunca que hacer con la
soledad. Escuchó el batir de las alas, volteó al cielo y las aves no estaban. Luego
de escuchar nuevamente ese aleteo el recuerdo se desvaneció en sus adentros,
vio entonces de frente el pelotón de fusilamiento, sonrío y se sintió sublime,
preciso.
Horas
antes, mientras cagaba en su celda, apareció un viejo sacerdote de aspecto
acabado, su cuello clerical estaba lleno de pecados y su aliento olía a hígado
rancio, dijo que se llamaba Ricardo. Detrás de dos cristales de aumento, unos
ojos pequeños y muertos lo vieron a la cara; vio en ellos la altivez de los
gusanos que se alejan del lodazal, se arrastran un par de metros y regresan con
fotos, hablando del avance y gritando a todos los vientos que sus paisanos son
unos salvajes, que todo es mejor allá. Todos los gusanos sin tierra salen y
hacen lo mismo, luego entonces nadie sabe en realidad donde las cosas son
buenas.
-¿Hijo, quieres recibir los
santos óleos?
-Nada de eso padre, vaya a
dárselos a quien sí vaya a estar muerto.
El
padre lo miró con extrañeza, su ridícula cara de topo, roja e hinchada se
arrugó bajo los espejuelos ahumados, intentaba parecer un hombre duro, pero sus
estudiados movimientos y su temblor al hablar lo evidenciaban.
-¿Quieres pedir perdón?
¿Confesarte?
- Que dios perdone al hombre
padre- dijo mientras señalaba al techo, luego se puso un dedo en el pecho y
dijo:
- … y que Dios perdone a
Dios.
El sacerdote encogió los
hombros, se subió los lentes, su pavezno cuello tembló bajo su cara, tosió los
trozos de alma que le quedaban dentro y se fue.
Cuando
estuvo solo de nuevo, se recostó en una larga banca de piedra que la celda
tenía a modo de cama, estuvo un rato viendo hacia la pared y se sintió solo, la
herida del costado le dolió y se giró quedando bocarriba; afuera, un cielo
lleno de nubes le sonrió, los árboles de hojas secas se mecieron al viento y
las nubes pasaban, al caer, las hojas de los árboles planeaban y giraban sobre
su eje para luego convertirse en pájaros de plumas tristes que volaban en la
brisa y se perdían en el aire.
Recordó
su niñez, la primera vez que montó su bicicleta y cómo se estampaba voluntariamente
en postes y autos porque no sabía usar los frenos, recordó correr entre los
pasillos de los edificios con sus amigos, la simpleza de su inocencia lo abrumó,
los vio a todos reunirse enfrente de una puerta, tocar el timbre y correr cómo
si el mundo fuera a acabarse; recordó a su madre, la vio acercarse preocupada a
la banca y tocar su frente, él le sonrió con la mirada y vio en ella sus
facciones regordetas, ella lo miró con los ojos llorosos y le besó la frente
como antes, como siempre…
En
la nebulosa estaban también sus abuelos, los tangos de Gardel, la estudiantina,
el vozarrón que erizaba al cantar, su abuela regando el jardín, su abuela
abrazándolo y alimentándolo por que mamá y papá debían trabajar. Vio a todos
sus perros moviendo la cola, persiguiendo las pelotas, ahí estaban todos del
más pequeño a la más grande… escuchó sus ladridos alegres y los vio corretear,
estaban todos los animales que lo habían maravillado, desde los leones, pasando
por todos los cetáceos hasta llegar a los elefantes del zoológico, muertos de
nostalgia y curiosidad… una mosca se le paró en la cara y lo obligó a regresar
a su realidad.
–Vete a la mierda mosca, todavía no me muero.
Se
levantó y se sentó en la banca, se miró las manos con detenimiento, tenía unas
manos fuertes y morenas, pero con un aire delicado que le molestaba. –Son las
uñas- Se dijo. Se miró las palmas y una manita blanca y regordeta se deslizó
sobre ella y lo tomó de la muñeca, era la mano más suave y a la vez la más
firme del mundo, una mano que lo guió cientos de veces por la oscuridad, unas
uñitas rojas brillaron bajo la luz artificial de la calle, estaba de nuevo
donde la besó por primera vez, temblaba y sudaba, se vio a si mismo rodeado de
un denso aire, los árboles se mecieron con el viento, escuchó otra vez los
aullidos de los autos y ahora no le parecieron nada, una niebla suelta la
rodeaba, la observó con detalle, era ella, la única, la dueña de todos sus
secretos, su compañera de vida, por siempre, para siempre… era tal y cómo la
recordaba; bajita, hermosa, su piel marmoleada era tersa como un durazno, su
brillante cabello negro y lacio le acarició la cara, inhaló con fuerza y juró
que pudo percibir el perfume de su cuerpo.
-Te extraño mujer, no sabes
cuanto.
La
tomó de la cintura y jugó con sus dedos, no sólo la adoraba si no que lo volvía
completamente loco, habría hecho lo que fuera por ella, matar, correr, reír,
dejar de ser un mierda, amarla, amarla hasta que le doliera. Ella sonrió en
silencio, su boca pequeña se entreabrió, gesticuló con los labios pero él no
escuchó nada… tenía la transparencia de un fantasma, su tristeza etérea…era no
más que un recuerdo extraviado.
-¡Borjo! ¡Teléfono!- y ella
se desvaneció.
–No, no te vayas
-¿Quién se va loco de
mierda? ¡Te he dicho que te hablan por teléfono!
Él se levantó de la banca,
se tronó el cuello, se acercó a las rejas y le dijo al custodio.
–He dicho que no quiero
recibir llamadas, ya le dije a todos lo que debí decirles y no quiero hablar
con nadie más. El custodio lo observó con desagrado.
–Contesta el teléfono, loco
de cagada, ¿acaso crees que me pagan para ser tu nana?
Él se quedó en silencio,
lo vio parado enfrente, había vistos tantos como él que terminó por resultarle
familiar, era un simplón igual que todos los que ves en la calle, en el metro,
empujándose con otros tontos igual a él, sacudiendo sus paraguas en las
coladeras, tirando basura, yendo cansados al trabajo sin intercambiar miradas
con nadie, igual a todos los hombres que han perdido su capacidad de asombro; que
esperan impacientes los fines de semana para engañar a sus cabezas y llenar sus
bolsillos de porquería, tienen tan cerrados los ojos que no pueden ver los
milagros cotidianos y son tan ciegos que no pueden mirar al cielo sin fruncir
el entrecejo y maldecir porque es un día soleado. Borjo caminó a la banca y
volvió a sentarse.
–Tengo hambre-le dijo al
custodio.
- ¿Y que mierda crees? ¿Qué
esto es un lote baldío? ¿Qué estás en tu casa y puedes joder, cagarte y pedir
cosas? ¡Mierda! ¡Me cago en tu puta madre! El custodio se alejó de la celda y
él le oyó murmurar sobre los locos de mierda, sobre su esposa, su familia y esa
basura que a la gente imbécil le gusta murmurar.
Se
acercó a la tarja por que sintió nauseas, abrió la llave y un sonido sordo cayó
en sus manos secas, dejó la llave abierta y levantó la cara. En la pared, el
espejo le devolvió la mirada, unos ojos negros y ojerosos lo miraron de frente,
eran los ojos de su padre, lo vio ahí reflejado con su nariz arabesca, sus
labios gruesos y su gesto de hombre duro, tenía unos ojos espléndidos, fieros
pero calmantes, había en ellos una enorme herencia de hombres locos, de lobos
solitarios y grandes mercantes, todos en su familia los tenían, despertaban un
aire salvaje y melancólico, era paradójico; lo vio de frente y sintió la misma
pena de siempre.
–Perdóname papá, yo no
quería acabar así. Su padre le sonrió en el espejo y los surcos profundos en
sus ojos se arrugaron haciendo más evidentes las bolsas de su abuelo, estaban
todos conectados por una trágica semejanza, por su locura y por sus ideas.
Un
rayo de luz se reflejó en el espejo y recordó el hipódromo, su padre lo tenía
tomado de la mano y le leía el programa.
–Todos van a meterle al cuatro, pero no han
visto al seis, es un pagazo, esta vez sí nos los vamos a chingar. Él miró a su
alrededor, eran cientos y cientos de diferentes caras y todas parecían
preocupadas, en todas las caras de aquellas personas había un sueño; todas
querían ganar.
Él le preguntó a su padre.
–Papá ¿toda la gente puede ganar?
Su padre le contestó. –Claro
que no, tenemos que ganar nosotros, si todos ganaran nadie ganaría nada.
Él no entendió en ese
momento, pero las palabras de su padre resonarían en su consciencia muchos,
muchos años más, le había dado una gran lección ese día: “Si haz de morir,
muere en la raya”.
Quizá
por ello el viejo no parecía disgustado. Una voz amplificada que salió del
viciado aire lleno de humo y de alientos alcohólicos anunció que los caballos
se colocaban, el aire se llenó más de humo y hubo tensión en todas las caras,
papá lo cargó y lo subió a sus hombros, detrás de él muchos reclamaron pero él
no los escuchó, sonó la chicharra y todos los caballos salieron disparados, los
gritos de su padre resonaron en toda la celda, completamente fuera de si, en el
más eufórico de los ánimos.- ¡VAMOS SEIS! ¡VAMOS SEIS! ¡MÉTELE HIJO DE TU PUTA
MADRE! ¡MÉTELE CABRÓN!, ¡SUÉLTALO! ¡SUÉLTALO!
Recordó haberse aferrado con las piernas a su
cuello, observó una nube toda polvo, toda patas y bufidos acercarse
vertiginosamente a la meta y como siempre, vio al seis perder; era un caballo
muy bonito, negro y enorme, pero los caballos bonitos no son los que ganan las
carreras, la belleza real es raramente premiada en este mundo, lo vio triste y
supo que el caballo estaba decepcionado de sí mismo, que no era merecedor de
ser caballo y mucho menos merecedor de ser nada; se alejó al trote, el amarillo
número en su espalda se desvaneció en el reflejo y se perdió en sus recuerdos.
Escuchó
dos pares de botas acercándose por el pasillo, dos hombres ciegos, con las
cuencas oculares vacías y ya secas se detuvieron enfrente de su celda, usaban
uniformes militares con botas altas e insignias en el pecho, parecían ser de un
rango bajo.
–Caleb Borjo, ha sido
encontrado culpable del delito más grande de todos; existir. Será ejecutado por
un pelotón de fusilamiento y toda la huella que haya podido dejar detrás de
usted será borrada, ¿Tiene alguna petición?
Él se abotonó la camisa sin
hablar ni verlos.
-¿Tienes alguna petición
chiflado cagaina hijo de puta?
- Los lobos no negocian con
los hombres.
Ambos
hombres se quedaron quietos y aguardaron en silencio, no era la primera vez que
esto le pasaba, solía decir cosas que nadie parecía entender, y lo llamaron
loco miles de veces, toda su vida se preguntó si habría un problema dentro de
él, pues nunca pudo adaptarse a nada ni a nadie, pero ahora ya no importaba,
los vio parados sin hablar y sintió pena por ellos, por todos; hay suficiente
traición, odio y violencia en el corazón de todos esos hombres para extinguir
todas las formas de vida en este planeta, para quemar toda la tierra y que el
viento huela a muerte perpetuamente, porque aquellos que predican el amor son
los que más odian, aquellos que promueven la vida son los primeros en condenar
a muerte, por que son ellos los que dicen proteger a los demás, los que más
maltratan a sus semejantes, se culparán por siempre los unos a los otros y
culparán al mundo por sus fallas, al ser incapaces de entender cualquier cosa
intentarán destruir todo lo que es diferente a ellos y odiarán la raíz del bien
y mal cómo si fuera todo igual.
El
silencio fue interrumpido por el ruido de las botas, cuando se dio cuenta,
ellos se alejaron con paso firme y él los escuchó decirles a otras personas.
–Está listo, no ha pedido nada.
Cuando
volvió a quedarse solo lloró, lloró tanto que sus lágrimas abrieron surcos
profundos en el suelo y llegaron muy abajo, tan abajo que estuvieron cerca de
tocar el centro de la tierra, porque la tristeza es más pesada que todos los
contaminantes, más densa que el plomo y más enraizada que el árbol más fuerte
del mundo, de ellas se llenaron todos los pozos; desde entonces ellos cuentan
que el agua potable supo un poco salada y que nadie nunca pudo cerrar la llave
que él dejó abierta. Sólo sus recuerdos estaban ahí para reconfortarle, a su
alrededor, su familia, su esposa, sus hijos y sus amigos lo veían sonrientes y
entonces se dio cuenta de que su vida no estuvo tan mal; de hecho, si hubiere
sido una película habría sido un éxito; pero era demasiado tarde. Escuchó de
nuevo varios pares de botas acercándose por el pasillo y se dijo a si mismo.-Es
hora, voy a morir. Los hombres llegaron y abrieron su celda, él se quitó la
camisa y las botas, las acomodó encima de la banca y dijo.
–Asegúrense de entregarle
esto a mi esposa, díganle que son para el niño.
Caminó
escoltado y esposado hacia el patio de ejecución. Con él iban todos los hombres
ciegos que eran vistos con lástima por sus recuerdos. Tardaron seis minutos en
acomodarlo a él y a sus fantasmas, eran tantos que no sabían cómo formarlos; el
pelotón trajo todo el arsenal posible porque tuvieron miedo de que sus balas no
alcanzaran para tantos, el hombre con aspecto de general que dirigía al pelotón
ordenó que no se le vendaran los ojos, a él le pareció bien.
Una
sola bala estaba destinada a matarlo, su sangre llena de rabia regaría el suelo
y de ella crecería un roble enorme que nadie nunca pudo cortar. El cielo lleno
de nubes volvió a sonreírle y él le devolvió el gesto.
-¡Preparen!- Gritó el
general.
- ¡Borjo! ¿Algo que decir?
-No me arrepiento de nada.
Gritó con todas sus fuerzas.
-¡Apunten! Él inspiró
profundo, una brisa fresca inundó sus pulmones y se sintió sublime y feliz.
El
rugir de los cañones se escuchó a kilómetros, todas las aves del paraíso
volaron y se hizo un mudo silencio en la tierra.
Cerré
los ojos.
