lunes, 1 de mayo de 2017

Obsesivos días circulares


Obsesivos días circulares.

Yo sabía que sería un día extraño aquel, pero vaya, tenía cientos de días extraños por ese entonces. Me despertaba a veces en medio de la calle sin recordar qué hacía o de dónde venía. Caleb me tomó del hombro y me preguntó si estaba listo.
-¿Listo para qué?-
-Para el sacrificio, para redimir los pecados de todos los hombres, para salvar al planeta, para salvarte de las garras de la mala vida.-
Empezamos un conteo lento.
Diez… Nueve… Ocho…Siete…

Conocí a Caleb una noche cuando caminaba solo por la calle y un terrible sueño me asaltó súbitamente. Atardecía en anaranjado y hacía un poco de frío. Me froté las manos para calentarlas un poco. Banqueta, asfalto, perros y personas. Un chicle se me había quedado pegado en el zapato. Buscaba los ojos de la gente, pero nadie parecía mirarme. Seguí caminando y pensé que debería buscar un lugar para pasar la noche. Tenía la ropa un poco sucia, pero eso no parecía ser un problema. Encendí el enésimo cigarro. ¿A dónde iba? A ninguna parte.

Alquilé un cuarto en un motelucho de mala muerte por $150. Se llamaba “Motel Chihuahua”. Las paredes de los pasillos eran de unos horribles mosaicos verde-agua y parecían estar embarradas esporádicamente de un líquido marrón y espeso. Cuando llegué a mi cuarto, metí la llave y la giré lentamente. En la cama estaba sentado él, dándome la espalda, viendo hacía la ventana. Al principio creí que mis ojos me estaban engañando y los froté un poco. El hombre parecía llevarse algo a la boca; en el momento en el que el objeto tocó su boca tuve un terrible escalofrío. Era un revolver calibre 45 con balas expansivas. Lo supe porque Caleb lo sabía. Accionó el gatillo y el sonido del disparo llenó todo el espacio. – ¡NOOOOOOOO! - Grité yo. Y lo vi caer de lado en la cama.

Sin embargo, unos segundos después, él se había puesto de pie y me miraba; yo estaba petrificado en el suelo. Se dirigió a mí amablemente
– Buenas noches. Parece ser que nos dieron la misma habitación. Mi nombre es Caleb, lamento haberte asustado.-

Salimos del hotel mientras me explicaba todo lo que estaba pasando: Era un inmortal y había estado viviendo quién sabe cuántos siglos. Caleb tenía un poco de sangre seca en los labios, algunas cortadas en la cara, la barba crecida y desaliñada; sus ojos eran más bien tristones, de ojeroso y taciturno mapache, estaban llenos de soledad y vacío, como hoyos negros que se absorben a sí mismos.

Me contó que llevaba años vagando de un lugar a otro del mundo, desesperado porque jamás se había sentido en casa.
– Yo tampoco tengo una casa, sé cómo te sientes– le dije. Me sonrió y me invitó a comer.
–He de confesarte que, un inmortal jamás crea lazos con la gente. Hace mucho tiempo que no hablo con alguien, así que lo mejor sería que no hables más de mí con nadie. Ahórrate las preguntas.- me dijo mientras cenábamos. Yo estuve de acuerdo. Acabamos de cenar y regresamos a dormir.

Desperté en una banca de parque con un helado de chocolate en la mano. Habían pasado ya varios días desde que encontré a Caleb y en nuestros paseos y dilucidaciones nocturnas yo había intentado convencerlo, argumentando los viejos discursos de que la inmortalidad conlleva también grandes ventajas, como primordialmente, no morir; cosa a la que los mortales nos perseguía cada día de nuestras vidas. Luego también el hecho de poder acumular de todo: experiencias, riqueza, fama y fortuna.  

Él se había deshecho de argumentos como el mío con una lógica profunda y razonada durante siglos, y como un incendio en el bosque, todo se redujo a cenizas, barrido hasta el drenaje. – Bueno, tal vez no lo has intentado lo suficiente.- Le dije en aquella banca de parque, mientras nos deleitábamos con el chocolate.

Concluimos que yo lo ayudaría a lograr su misión. De una manera u otra. –He probado las balas, enfrentarme a muchedumbres, meterme en guerras, caminar por el fuego, enterrarme hasta la asfixia. Nada he logrado.- A mí se me ocurrió una idea brillante, me levanté de la banca y le dije que me siguiera.

Desperté otra vez en la azotea de un edificio, un viento agradable acariciaba las copas de los árboles cercanos. Caleb y yo encendimos un cigarro y lo compartimos. Un avión pasó sobre nuestras cabezas - ¿Qué se sentirá volar?- Me preguntó él con un poco de malicia en los ojos; supe inmediatamente lo que estaba pensando.

Nos acercamos al borde del edificio, no era tan alto, apenas una caída de unos cinco pisos; sentí un poco de vértigo al ver hacia abajo. Caleb me habló de la libertad que debían sentir las aves al extender sus alas, dejando que el viento las llevara a cualquier parte. Me contó la historia de una gaviota llamada Juan Salvador, quien a través de desarrollar el vuelo perfecto, trascendió a un mundo de gaviotas doradas que volaban entre 800 y 1000 Km por hora. En la historia, Juan Salvador gaviota aprendía todo de estos seres y luego regresaba a su mundo a enseñar a gaviotas rebeldes como él, a volar más cabrón. Comencé a levantar los brazos, sintiendo el aire rodeando mi torso y mis manos, mientras abajo algunos curiosos se empezaban a detener para mirarnos. Aquel era un día bastante extraño, como un Déjà vú perpetuo. Caleb me preguntó si estaba listo, << ¿He dormido últimamente? ¿Estoy dormido ahora mismo? >> pensé, le dije que sí y empezamos el conteo regresivo. -Diez… Nueve… Ocho… Siete…- Mi corazón latía con violencia. << “As you know, madness is like gravity...all it takes is a little push.>> entonces lo hice.

Me solté. Perdido en el olvido, silencioso, oscuro y completo. Encontré la libertad, perder la esperanza era la libertad. Escuché aullar una ambulancia, << Mientras más bajo cayera, más alto volaría >>, dimos giros y giros. Luego fantasmas de bata blanca con estetoscopios al cuello me hacían preguntas que yo no entendía. Caleb parado en la esquina del consultorio me susurraba qué decir. Sus palabras salían de mi boca. Mencionaron lo afortunado que era. Cuando finalmente reaccioné, tenía un sobre con placas de rayos X en la mano. En la pestaña superior decía un nombre “-Caleb Borjo-”. Las saqué para examinarlas, no había un solo hueso roto, nada, absolutamente nada.

–Te dije que era inmortal.- dijo Caleb con una mueca triste en la cara. Me pasó el brazo por el hombro y salimos rengueando del hospital. Tuve otra idea brillante.

El gran gusano naranja brillaba por su perra ausencia cuando volví en mí mismo por millonésima vez en el día. Caleb me preguntó en qué estaba pensando.
–Descarga eléctrica masiva, 750 Volts de corriente continua entrando directamente a tu cuerpo y cerebro. Dudo mucho que sobrevivas a eso- dije en voz alta y observé que algunas personas nos miraban. Caleb me hizo una seña de “Cállate el hocico” y fingí un ataque de tos para generar distracción. Minutos después, la gente se había olvidado de nosotros, todos observan el hoyo del túnel, esperando que su premura hiciera que el tren llegara más rápido, cosa que tal vez sí pasaba.

Miré el reloj de la estación, no tenía hora. Caleb me susurró al oído que tal vez debíamos dar primero un paseo y me señaló con una mirada paranoica a un policía que aparentaba no estar vigilándonos. Subimos cuando el tren llegó.

Adentro del tren me acerqué a la ventana y le exhalé encima, el vaho apareció en ella por el frío; con el índice de la mano derecha, escribí: Is this the real life? Miré por el reflejo de la ventana y el único que apareció en ella, era Caleb, a pesar de que el tren parecía abarrotado. El titilar de las lámparas fluorescentes iluminaba sus rostros que nos miraban con indiferencia, como si sus vistas pasaran a través de ambos.
–Me agrada que entiendas tan profundamente mis motivos.- Me dijo él. –El no tener a nadie, ni a nada a lo que aferrarse. Ni familia, ni amores, ni amigos, hogar, nada.-
Me sentí triste por él. Luego recordé que mi caso particular era el mismo. Yo era un vago, no creía en nadie ni en nada, estaba sumergido en una especie de inanición autoexistencial, una política absurda de ser sin estar, llegar y marcharse apenas alguien me había visto. Lo peor es que lo aceptaba.

Le hice señas y bajamos en la siguiente estación. Una niña vendía dulces en el andén, compré un par y me llevé uno a la boca. Caleb me dijo que nunca le habían gustado mucho los mazapanes, así que escupimos la maldita cosa.

Era de noche ya, bastante entrada, el último tren aún no pasaba, pero la frecuencia había disminuido bastante. Por donde volteaba siempre había algún mirón, algún borracho verde, una cámara indiscreta, un policía, algún vagonero, alguien, siempre alguien en la maldita estación. Tal vez lleváramos horas dando vueltas en el subterráneo. Vi a Caleb lo más triste que jamás lo había visto. –No vamos a lograrlo.- Me dijo. –Ten paciencia y ten fe.- Le dije. Quise abrazarlo pero el deseo se me ahogó en un llanto callado y tonto. Él pareció ver a través de mis lágrimas y se compadeció de mí, me dio un par de palmadas en la espalda. Súbitamente me di cuenta de que nos habíamos quedado solos en el andén. Aproveché para indicarle que nos escabulléramos a la parte final, dónde yo había visto varias veces unas escaleras que bajaban a las vías. Bajamos las malditas escaleras y le dije que tuviera cuidado con tocar nada, sobre todo el riel de hasta arriba.

Nos deslizamos por la obscuridad del túnel, lo suficiente apenas para que se dejara de ver un poco la luz. Estaba húmedo, frío y había cosas que correteaban en nuestros pies. –Yo aquí me regreso.- Le dije. –Cuando el tren venga, asegúrate de estar cerca del tercer riel, de esa manera si no te mata el impacto, caerás directamente a electrocutarte. Buena suerte.- Estreché su mano con fuerza y me volví corriendo al andén, justo a tiempo pues a lo lejos brillaban dos faros. Corrí como un desquiciado hacia la luz, y casi tropiezo con uno de los durmientes. Empecé a oír un zumbido extraño a mi alrededor. Mi cuerpo bombeaba ácido de batería, el corazón intentaba escapar de mí, reptando por mi garganta hacia mi boca, los músculos me dolían, la cabeza me daba vueltas, una arcada de vómito llegó a mi lengua y el zumbido se intensificó. Algo estaba terriblemente mal.
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<<** Estás en un túnel al principio oscuro, pero se va aclarando, de a poco notas que los ladrillos que lo conforman son caras que te sonríen sin dientes, de sus bocas gotea lentamente una espesa saliva flourescente que ilumina cada vez más el espacio. Al final del túnel observas un árbol sin hojas, con brazos que le nacen en las raíces y las cubren. Se mueven en oleadas, como se mueven los peces en los océanos escapando de los tiburones, las ballenas u otros monstruos. Caminas por aquel lugar mientras tu cuerpo se convulsiona, tu lengua escapa de tu boca sin control y te la arrancas con los dientes sin darte cuenta. El ulular de cientos de búhos llena el espacio sonoro. Aquí están todas esas cosas, el pescado frío en el hielo que te observa con el ojo vidrioso, esos torsos que reptan por los techos y las paredes sin cabeza, con agujas en los dedos, las vírgenes desdentadas, los susurros bajo la cama, los fetos con colmillos, una oscuridad tan densa que puedes masticarla en los dientes, como una pasta con sabor a miedo. Sientes cosquilleo en los brazos. Cuando los ves notas a cientos de gusanos devorándote desde adentro, saliendo por hoyos en tu piel, los gusanos tienen cara de bebé y han salido a saludarte; gritan, gritan con pequeños y agudos sonidos que erizan el pelo de tu nuca. El calor de mil soles hierve dentro de tus venas, sólo quieres que el tormento termine, que todo se detenga. Cosa que no sucederá nunca.**>>

Epílogo:
El pasado 21 de Mayo de 2016, se recibió una llamada de auxilio a la línea de emergencia 066 de la Ciudad de México, en ella, la dueña de un motel reportaba a un hombre de aproximadamente 1.85 de estatura, con la cabeza rasurada, la barba desaliñada y un poco de sangre en los labios, había alquilado una habitación, de la cual salió un estruendo como de arma de fuego. Minutos después el ocupante salió a la calle a dar la vuelta. Con los datos proporcionados por la denunciante, se activó la alerta en el centro de comando y control C2-Poniente, donde de inmediato se hizo un cerco virtual para localizar al sujeto que concuerda con la descripción, las cámaras de vigilancia de la ciudad lo ven caminar solo en la calle, moviendo las manos y mirando hacia su lado izquierdo, como si platicara con alguien. Elementos de la Secretaria de Seguridad Pública son enviados al motel, verifican la habitación del sujeto y no encuentran nada, apenas un ligero olor a pólvora. Dejan pasar el incidente.

El 28 de Mayo de 2016, es recibida otra llamada de auxilio, ahora atendida por los operadores del centro de comando y control C3-Norte, la llamada es hecha desde un botón de emergencia, en ella una señora reporta a un hombre alto y rapado con un comportamiento extraño y aspecto inestable, haber entrado al edificio donde vive, al no ser vecino le parece sospechoso, sin embargo su pánico aumenta cuando ve al hombre en el techo del edificio, fumando y aparentando platicar con alguien. Inmediatamente la cámara adjunta del botón de seguridad dirige su atención al edificio. El hombre se acerca a la orilla y se le ve murmurar y murmurar. Después de un rato y con los brazos extendidos el hombre salta del edificio, golpeando en su caída varias ramas de un árbol cercano y aterrizando finalmente en el toldo de un coche, de inmediato una ambulancia es enviada al lugar, el lesionado (que no porta más que una identificación sin foto con el nombre de “Caleb Borjo”) es trasladado a la Cruz Roja más cercana, donde es atendido y valorado. Se le realizan placas de rayos X y no se le encuentran traumatismos graves. Los médicos le dan un pase abierto para la unidad de psiquiatría.

El mismo 28 de Marzo, cámaras del Sistema de Transporte Colectivo Metro, captan al mismo hombre entrar y dar varias vueltas entre líneas, se encuentra completamente solo y cojea un poco de la pierna izquierda. En las grabaciones luego analizadas por la Secretaría de Seguridad Pública, se observa al hombre con el rostro desencajado, los ojos irritados y algunas lágrimas en la cara ir y venir entre líneas del metro durante varias horas. Entrada la noche, en la estación Centro Médico, se observa al sujeto quedarse solo en el andén, lo cual aprovecha para dirigirse al final del pasillo y bajar hacia las vías del tren.

En la grabación se observa al sujeto tirar un sobre médico lleno de placas para luego internarse en la oscuridad del túnel, justo unos minutos antes de que el tren llegue a la estación. Su paradero actual sigue siendo desconocido.