Uno de los primeros recuerdos que tengo con mi padre es ir a ver las carreras de caballos, no en el hipódromo si no en otro lugar, algo parecido a un Caliente actual o alguna cosa así; tenía quizá como 4 o 5 años, iba caminando entre las piernas de los adultos de la mano de mi papá “Agárrame fuerte la mano y no vayas a soltarme, si te sueltas me esperas aquí en esta mesa” me dijo. Claro que todas las mesas eran iguales, era un lugar lleno de malvivientes y de hijos de puta, podía sentir esa mala mierda en el aire, uno va perdiendo esos dones, pero cuando eres niño es otra historia.
El lugar olía a cigarro y ginebra del malo, del barato. Supongo que mi papá me metió casi a escondidas al lugar por qué obviamente no pude haber llegado de otra manera ahí dentro, no es lugar para un niño ¿entiendes? Hay borrachos, mugrosos, apostadores, putas baratas y mala mierdas, hasta los humanos más disfuncionales saben que ese no es un lugar para niños, pero así están las cosas. -¿Qué caballo te gusta? Yo no lo entendía, en ese lugar no había caballos, solo muchas televisiones con imágenes diferentes que ni siquiera recuerdo. Me quedo en silencio. -¿Hijo, que caballo te gusta? ¿Quieres que te lea los nombres? –Si léeme los nombres y así te digo cual podrá ganar- mi papá me ve extrañado, soy un bicho raro hasta para mi propio padre, por que hablo como un adulto. Me lee los nombres. –Blue Demon, me gusta Blue Demon.- Me ve a los ojos –No es muy bueno, pero el momio está bien, vamos. Me sonríe de lleno a la cara, a mí me hace feliz verlo contento. –5 dólares al 6… 6, mi número favorito, creo que empezó a ser mi favorito desde ese día, -Van a correr en esa pantalla. En realidad no hay transmisión de la carrera, no se ven caballos, solo números en la pantalla, intento entenderlos y no lo logro. Mi papá se sienta y pone atención en la pantalla. -¿Y dónde están los caballos?- En el hipódromo de Santa Anita.- ¿Dónde es Santa Anita papá?- En estados unidos, creo. ¿Y cómo sabes que están corriendo?. –Por qué la pantalla me lo dice, Ale. ¿Pero nunca los has visto correr? –No. -¿entonces cómo sabes que están corriendo? No me responde, supongo que algo le decía que yo tenía un poco de razón, que no podía confiarse de los números de una pantalla, pero así es la vida, uno tiene que cerrar los ojos y dejarse caer al vacío de las promesas del mundo, confiar en que el banco no te está robando, que el tipo del noticiero no te está mintiendo, que las pantallas y las computadoras y todos los instrumentos que calculan la seguridad en los frenos de tu auto no están fallando y que no te harás mierda en algún poste. Tenemos que confiar en las mentiras de nuestros doctores, en nuestros profesores adictos y en todo el mundo. Uno no puede llevar la vida por sí solo. Es una desgracia.
Mi papá se levanta de su asiento y parece contento, lo acompaño a la caja y cobramos 30 dólares, el cajero le da su dinero, me ve y le dice –Aquí no pueden pasar los niños. –No lo puedo dejar en ningún otro lado, además me da buena suerte. Me carga, me besa en los labios y salimos de ahí. Subimos al coche y maneja hasta casa de mi abuelo, en el camino me compra una paleta de chocolate, me la como muy contento, llegamos a la casa de mi abuelo y corro a contarle. Creo que no le importó.
A los adultos rara vez les importa lo que los niños puedan decir, lo que les puedan contar, son sordos e insensibles a las opiniones francas de alguien menor, nunca lo había pensado, hasta ahora… Un día más en la vida y un día menos para vivir. ¿Qué mi vida no tiene sentido y todo ha sido una pérdida de tiempo? No sé, no me importa. Lo único que sé es que Blue Demon le dio a mi papá 24 flamantes dólares, cuando el dólar no valía mucho tampoco, pero de algo debió de haber servido, me pregunto dónde estarán los huesos de ese caballo que nunca vi ¿Cómo puede representarse tan hermosamente el triunfo y la derrota?
No hay nada más sencillo y memorable que disfrutar una paleta.