domingo, 18 de junio de 2017
Papá
Lo primero que recuerdo es estar tirado en la alfombra de la casa, desnudo, lleno de talco. Y a él de pie ahí, tomándome una foto que ahora vive en el álbum familiar. Me contaron que cuando nací, estaba él parado afuera de los cuneros y le preguntó a alguien. -¿Quién cree que es el niño más bonito?- -Ay, ese; el frentoncito.-dijeron señalándome -¿¡¿QUE PASÓ SEÑORA?!?! ¡NO CHINGUE!- bueno, me defendió de casi todo. Era cómo si para él yo estuviere hecho de vidrio. –No te subas a las changueras hijo, te vas a caer.- y no me dejó caerme casi nunca. Excepto aquella vez de casa de mi abuela, cuando me hice un doloroso cuerno verde en la frente. Aún así se la hizo de pedo a mi mamá porque había dejado que anduviera corriendo con mis primos.
Que difícil debió haber sido padre tan chavalo, con tantas cosas por aprender y con tantas otras que vivir. Los días de reyes magos jugaba más él con mis juguetes que yo mismo. –No seas envidioso cabrón, préstamelo para verlo.-Luego no lo soltaba. Me gustaba irme a trabajar con él. Me metía en el cajoncito de atrás del vocho y me quedaba dormido horas, despertaba para comer con él. Para cotorrear. Siempre oíamos las mismas canciones una y otra vez, de la misma manera maniaca y obsesa en la que lo hago ahora yo. Fui aprendiendo cómo negociar. Sobre todo aprendí a trabajar sin parar.
- A tra- a tra- a traaaaabajaaaaar, con graaaan placeeeeer y muchas gaaanas, de trabajaaaaaarrr…. A tra- a tra- a trabajaaaaaaaar, con graaaan plaaceeeeer y muchas gaaaanas de trabajaaaaarr…- Me cantaba esa canción todos los días de camino a la escuela. Yo la odiaba. Los jueves iba por mí y por Bony a la salida, era día de sopa, ensalada de jitomate y bisteces. Yo amaba los jueves porque él hacía una sopa de puta madre y una ensalada de jitomate, sieeeempre con muchísimo limón. En la escuela me iba mal, sacaba 10 en los exámenes, pero 7 en la boleta, porque no llevaba tareas ni ponía atención en clase. Paradójicamente me la pasaba corrigiendo a los maestros. Cuando me preguntaban siempre sabía de lo que estaban hablando. Las llamadas de atención y los sellos de mala conducta eran una constante. Sé que fue difícil lidiar conmigo de niño. Era un loquillo. Lo mandaban llamar de la dirección frecuentemente. Fue por esa época que conocí al “psicólogo”. Con ello se refería a su cinturón marca GUESS, con signos de interrogación y todo. Me metía al baño y caía la cueriza en mis nalguitas y piernas. Yo no podía parar de llorar. Al final mi piel quedaba roja e hinchada y con los signos de interrogación marcados. –Es por tu bien.- Siempre me decía. Yo temblaba. También por esa época me ponía una colección enorme de videos de National Geographic. Siempre veíamos juntos el de los tiburones. –Los tiburones no son bestias asesinas, son animales mansos y depredadores formidables.- decía una experta en el video. Cuando yo volteaba a ver a mi papá, él ya estaba roncando. Tal vez mi papá fuera cómo un tiburón.
Papá me inculcó el amor por la naturaleza y los animales. Siempre veíamos juntos programa tras programa en el Discovery Channel. Empezó a nacer mi curiosidad científica. Me la pasaba haciéndole preguntas que sé que a veces él no sabía responder. Por ese tiempo ya quería ser paleontólogo (fiebre Jurasick Park) luego,biólogo marino. Tuvimos peces, tortugas. Me ensañaba a cuidar de ellos. También teníamos un rifle de diábolos en la casa, él ponía un clavo al extremo de la sala y desde la esquina del comedor le daba con el rifle. Yo me quedaba maravillado. Tenía pulso de revolucionario. Cuando en la escuela nos preguntaban que hacían nuestros padres yo decía que el mío trabajaba por su cuenta. Que era comerciante. <<¿Cómo comerciante?>> me preguntaban la maestra <<¿tiene un puesto, vende para una empresa?>> No, so estúpida (yo pensaba) -Él vende lo que quiere.- respondía yo.
Mi mamá me inculcó desde pequeño el amor por la literatura, me leía todas las noches cuentos que yo ya me sabía de memoria, pero siempre los volvía a pedir. Me gustaba particularmente uno, que hablaba de una tarta parlanchina y su amigo el cerdo, un día la pobre tarta está a la orilla de un río y le pide al cerdo que la cruce en su hociquito, porque de tocar el agua ella se despedazaría. El cerdo la ponía sobre su hocico y a la mitad del río se la comía. Era trágico pero muy gracioso.
El día que nació mi hermana Ximena, papá se quedó en la noche conmigo en la casa, le pedí que me leyera un cuento y eligió uno muy corto, que hablaba de unos cangrejos, es más, ni siquiera era un cuento, era una especie de poema idiota, de una página de extensión, a mí me encantaban las historias largas. Me lo leyó muy rápido y me dijo – Ya duérmete.- me quedé acostado con una mueca en la cara.
Definitivamente mi mamá era mejor para eso.
Alguna vez pensó que sería bueno que tuviera una responsabilidad y decidió que estaba listo para hacerme cargo de un perro. Visitamos varios criaderos de Beagles, a mí me encantaban, pero nunca hubo uno que me convenciera del todo.
Lo vi hablar por teléfono una noche, muy misterioso. –Ya váyanse a dormir.- Nos ordenó a Ximena y a mí. Lo escuché llegar en la madrugada con algo que se movía adentro de una caja. Al otro día fui el primero en levantarme, bajé corriendo las escaleras, abrí la caja que tenía varios hoyitos y ahí estaba el cachorro de Beagle más hermoso que ha visto la faz de la tierra. Era bicolor, monoorquídeo (es decir sólo tenía un huevo) miel con blanco, el hociquito cuadrado, los ojos tristes y ese ladrido particular que sólo tienen los Beagles. Fue muy claro para Ximena (mi hermana) y para mí que el cachorro debería llamarse Bingo.
-¿Qué pacho?- dijo mi papá fingiendo sorpresa cuando vimos al perro. -¿Quién te lo compró?- Yo sabía que había sido él. Esa mañana no importó que me cantara esa canción odiosa de camino a la escuela, ni que se había hecho tarde como siempre y que iba mentando madres y enojado.
Ximena y yo éramos los niños más felices del mundo.
Aarón siempre fue exigente. Y yo tenía la mala fortuna de llamarme cómo él. Me decía a gritos que no debía decir mentiras. Luego descolgaba el teléfono para hablar con algún cliente y le decía –Me dijo el niño que me marcaste.- Yo no le había dicho tal cosa. Me quedaba confundido.
Tuve un problema con mis esfínteres por ese entonces, iba a la escuela y en las clases sentía unas terribles ganas de cagar, cagar enserio. Pero iba al baño y no podía. Entonces me aguantaba hasta dónde podía, finalmente llegó a ganarme un par de veces. Bueno, tuve varias citas con el “psicólogo” por ese motivo. La escuela seguía siendo un desmadre. Pero al menos ya estaba más controlado. Un día del niño le mandaron llamar de la dirección, el mismo cuento de siempre. Aarón (hijo) es platicador, no pone atención en las clases, se acuesta en el piso, distrae a sus
compañeros, reta a los maestros, no hace tareas, es un niño brillante, pero no sabemos que hacer con él, bla bla bla bla bla…
Ese día me llevé una regañiza buena de parte de Aarón (papá). Después de eso me entregó un teclado, era un
mini-piano marca CASIO, al que se le encendían las teclas para que tú siguieras la melodía y aprendieras música. Era cómo un mini sintetizador, tenía muchos sonidos. Yo lo recibí con algo de culpa, jugué un poco con él y decidí
autocastigarme alzándolo, no disfrutándolo del todo, pues después de todo yo era un niño latoso, según la escuela.
Días después papá me compró un papalote con Bugs Bunny y el pato Lucas impreso en él. Compró además un carrete cómo de 10 kilómetros de hilo cáñamo. Comenzó a volarlo y cuando estuvo taaaan alto que apenas podíamos verlo me
entregó el carrete en la mano.
–No lo jales mucho porque se puede caer.- inmediatamente sentí el tirón del viento en mi mano. El papalote estuvo volando bien los primeros 5 minutos, luego vinieron los problemas, empezó a girar sin control en el aire, mi papá se reía cómo un histérico y brincaba a mi alrededor mientras me decía que lo nivelara. Yo jalé y jalé el hilo. Dio un giro súbito y empezó a caer vertiginosa y peligrosamente hacía unos cables de alta tensión. Me arrebató el carrete de la mano y empezó a correr con todas sus fuerzas hacía el lado contrario. El papalote respondió y comenzó a elevarse de a poquito otra vez. Ambos reímos cómo locos y lo volamos toda la tarde. Fue un gran día.
El boom mayúsculo llegó en la secundaria; la pubertad, sentirse incomprendido, los barros, a las niñas les empiezan a salir chichis y uno no sabe si es un pervertido por estar erecto en clase de matemáticas. Yo ya era prácticamente de su tamaño y estaba lleno de furia. Escuchaba a Korn, Metallica, Pantera, Rammstein. Era un rebelde, me gustaban los cráneos y soñaba siempre con irme de mi casa. Una boleta con dos pares de seises, eso era la fatalidad y yo lo sabía. Llegó en la noche y empezó la cagotiza. Sólo hay pocas cosas que recuerdo y entre ellas hubo una particular.
Mi viejo me dijo
– Te quiero y porque te quiero voy a hacerte un hombre de bien, me vale madres si me odias o si no me hablas el resto de tu puta vida, de mi parte corre que te vayas derecho por la vida.- Y bueno,hasta ahora parece que lo ha logrado.
Todos los días me levanto y me veo al espejo y lo veo a él, lo escucho en mi voz que es igualita a la suya y mi nariz y mis ganas de trabajar. Soy bueno con las matemáticas por él, soy hábil y hablo y hablo cómo un mercachinfle por él. Sé que tengo poder de convencimiento por él. Hasta me siento cómo él cuando hago una rabieta, cuando me pongo verde, me esponjo y ensancho la espalda, vaya, hasta me muerdo la puta lengua cómo él. Ronco igual que él y de pronto me da por reírme sólo cómo loco igual que él.
No sé, pero lo que si sé es que sin mi viejo tal vez no sería nadie. Vaya, un cinturonazo de más o de menos y tal vez habría dejado la escuela, o tal vez tendría un premio nobel. Nadie sabe cómo ser un gran padre, pero si de algo estoy seguro es que él ha sido justo el padre que yo necesité y necesitaré siempre. Ojalá me viva mi viejo mil años más, para seguir yendo juntos al hipódromo, para seguir oyéndolo en las mañanas gritándole a mi mamá que lo va a atacar el gato. Para seguir queriéndolo cada día más y hacerlo sentir orgulloso de que crió a un buen hombre. Para parecerme y para ser cada día más diferente a él
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