El cartero tomó del piso la maleta en la que llevaba sus cartitas, de cuero café, tomó también la bicicleta de al lado del pórtico y le sonrió a Doña Ignacia de Loyola. –No tenga pendiente, esto llega porque llega.-
-Más te vale hijito.- Ella insistió en persignarlo y sellarle con un beso en la frente, un pacto con Dios. Él se alejó pedaleando y se internó en la oscuridad de aquella callecita del centro.
Cómo buen cartero conocía bien su ruta, aunque a veces se
perdía, siempre fue muy desubicado, soñador y silencioso, le gustaba pensar que
si alguien tenía algo verdaderamente bueno que decir entonces debía decirlo, de
no ser así, más valía quedarse callado. Y le decía a su bicicleta. –No me
falles niña mía.- Y la bicicleta le respondía, aferrada con decisión al piso,
siendo eficiente y obediente y dejándose llevar cómo si fueran uno sólo.
Tanques y helicópteros rodeaban las calles, la gente
marchaba aprisa, deteniéndose sólo a veces para voltear a verse entre ella,
confundida, asustada. Vallas de metal separaban a los perseguidos, cientos de
soldados y policias bien armados, con escudos y cascos custodiaban los accesos
a la plaza central, impidiendo que nuestro cartero trazara su ruta habitual y
mientras más avanzaba más se intensificaba el miedo en su pecho, se aferró
sudoroso y con sosobra al manubrio de la bicicleta y siguió pedaleando.
Empezaron a sonar estallidos en el Zócalo de la capital.
Alejada a un par de kilómetros de ahí, Sofia Berverena, (que
medía 12 centímetros) se encontraba acostada boca arriba, acomodada cómodamente
en una lata de sardinas que ella misma había convertido en su cama, su pequeño
pecho se inflaba de arriba a abajo, sabía que no le quedaba mucho tiempo, sus
pequeñas ojeras y palmas sudorosas delataban una terrible afección de amor mal
curada. Todo había comenzado cuando Doña Ignacia de Loyola la había encontrada
tiradita en una carretera rumbo a Real de Catorce, ella había sobrevivido a un
trágico pasado, de persecución, de desaprobación, de sufrir por aquello por lo
que nunca se debe sufrir, el amor, pero cómo todo lo bonito, el amor se había
roto por si sólo, <<Todo por servir
se acaba>> le repitió Doña Ignacia de Loyola cuando Sofía le contaba
cómo es que se había salido de la ventana de un autobús mientras con su amante
se escapaba.
El cartero giró intempestivamente a la izquierda mientras
escuchaba más disparos, a su alrededor la gente gritaba, corría, se indignaba.
-¿Por qué traicionan al pueblo?- alguno que otro gritaba. Más y más
helicópteros, menos y menos espacio para escapar, más miedo y el día se empezó
a nublar. Siguió pedaleando frenético sólo queriendo escapar, pero una muralla
de policías, cómo un gigantesco monstruo cuyos dientes eran escudos y cuya
saliva eran balas, es lo que se fue a encontrar, de pronto estaban enfrente,
atrás, arriba y abajo, por todos lados, lo encerraron cómo encerraban los gatos
a las ratas, pero no estaba sólo, estaba atrapado con al menos veinte personas
más. –¡DE RODILLAS CABRONES! ¡DE RODILLAS HIJOS DE SU PUTA MADRE!- los polis
gritaban. En la pequeña maleta de cuero, un paquetito que palpitaba aceleró con
miedo su palpitar.
En el hospital Sofía Berverena contemplaba con cara pálida
el reloj de la pared, cerró los ojos y pensó en todo lo que había tenido que
soportar para llegar ahí, a ese momento en el que después de tanta y tanta lucha,
tanta chinga sin sentido, tantas veces que fue casi pisada y tan pocas horas en
una incubadora que casi la cocina y todo se había reducido a esto, una pequeña
nada y una lata de sardinas, pensó cómo sería cuando la enterraran, un pequeño
ataúd hecho con una cajita de zapatos, cómo si fuere un cachorro que no se
logró, un chingado perro. Las lágrimas bordearon sus ojos, apretó el botón rojo
que le habían puesto al lado de la lata con ambos brazos y le gritó al
intercomunicador que estaba pegado en la pared. –Enfermera, tráigame un doctor.
Estoy lista para morir.-
Cuando nuestro cartero había explicado a un policía lo que
era y cuán importante era su carga, lo dejaron ir; no sin antes quitarle todo
su dinero, diéronle dos toletezos buenos en la mollera y con una patada en las
nalgas lo subieron de nuevo a la bicicleta, él pedaleó premuroso mientras
escuchaba cómo al resto de sus compañeros los emparedaban, -¡UNA BALA POR
CABRÓN, DISPÁRENLES, EN LA CABEZA!- gritaba el que los comandaba. Otra vez un
sistema de mierda más víctimas cobraba. El cartero cómo un lunático pedaleaba,
se adentraba, metro tras metro, callejón tras callejón hasta que salió de la
zona cero y en menos de lo que lo cuento, al hospital llegó.
-Traigo un encargo, muy importante, para una jovencita…
déjeme ver…- le dijo al guardia mientras el paquetito sacaba. – Sofía
Berverena, cuarto 15, cama 3.- El guardia le extendió la mano, el cartero negó
con la cabeza y la cara. –Entrega personal.- El guardia lo dejó pasar. Atravesó
el hospital y con la niña de 12 centímetros fue a parar. –Tú pequeñita debes
ser Sofía, pero ya no estés triste.- Dijo mientras le secaba con el dedo pulgar
casi toda la carita. -Te tengo algo muy importante.- Sacó de la maleta de cuero
café un pequeño paquetito que latía y se lo entregó a Sofía. Adentro había una
carta con impecable caligrafía y otra cosita envuelta en hojitas de papel
arroz, Sofía abrió la carta, leyó y en su mente sonó la voz de doña Ignacia.
<<Sofía querida:
He decidido darte mi
posesión más importante, mi vida. Dentro de las hojitas de papel arroz
encontraras mi propio corazón, reducido por la angustia de verte morir, siendo
una muchachita tan jovial y divertida. Cómo te lo dije alguna vez antes, todo
por servir se acaba; Pero ello no significa que el que se acabe no trascienda
en algo más, todo principio tiene un fin y todo lo que acaba vuelve a comenzar,
por mí no te preocupes, tengo poco que conocer, soy vieja y he vivido mi vida y
bueno, es para ti, no pierdas la esperanza, sal, vive, vuelve a amar y recuerda
que no importa cómo seas, cosas muy grandes tienes para dar.
Te quiere.
Doña Ignacia de
Loyola>>
Sofía estalló en lágrimas de alegría.
La operaron de urgencia, el doctor le abrió con micropinzas
y bajo microscopio, cortándole las costillas con un mini instrumental de que
ocupaba cuando era estudioso y practicaba reconstruirles fracturas a ratas, le
insertó el pequeñísimo corazón de 6 milímetros a Sofía. El corazón latió con
fuerza, era un corazón viejo y lleno de cicatrices, pero cuando el doctor lo
vio no le había cabido la menor duda. –Un corazón viejo y sabio es a veces
justo lo que estos jovencitos necesitan.-
Sofía despertó de la anestesia sintiéndose madreada, pero
nueva. Pidió que le abrieran las cortinas y el sol dio de lleno en su cara.
Mientras tanto en las calles del centro, entre balas, gas,
helicópteros y muerte el cartero pedaleaba y pedaleaba.

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