-No puedo señor, el desgraciado se parece a mi hermano.
-No sea pendejo Gómez, aquí no viene uno a recordar si no a matar cabrones, ahora jale el maldito gatillo o lo encuartelo, lo enjuicio y lo mato a usted cómo a un perro.
Gómez vio en los ojos de aquel hombre tirado una humilde súplica de piedad, su rostro lleno de sangre seca y lodo se le quedaría grabado hasta el momento en que habría de morir sólo en un asilo para retirados, viejo, cansado y sin una sola persona en el mundo que se acordara de él.
La guerra le arranca el alma a los hombres y todos eran parte de ella, inútil, estúpida, estaban envueltos en una matanza por ideales ajenos y disputas de poder. No existía ninguna gloria en matar a nadie. Que equivocados estaban Shakespeare, Franco y todos esos mierdas que ensalsaron la naturaleza violenta de los hombres.
Gómez jaló el gatillo y la bala entró limpiamente en el cráneo del hombre, una mueca vacía pero feliz pareció apoderarse de su rostro, lo dejaron ahí, tirado en la vía pública con los ojos abiertos y en blanco.
-Ya decía yo que usted si era hombrecito Gómez, ándele, chínguese un cigarro. El general sacó un paquetito arrugado de un doblez de su camisa, saco dos cigarrillos húmedos y le ofreció uno a Gómez. -Alisten sus cosas changos, nos vamos en media hora.
-¡Señor!.- Gómez se acercó al general.-¿Usted tiene esposa? ¿Hijos?.
-Jajajajaja es algo que a usted no le importa Gómez, pero voy a responderle; no tengo esposa ni hijos, nací hijo de puta y me muero hijo de puta, hágame el favor de no joderme más con su mierda, descanse y prepare sus cosas.
Gómez se preguntó entonces si alguien, alguna vez podría ser capaz de regresar a casa y platicarle a la familia de días cómo ese. No pudo responderse, le dio dos fumadas profundas al cigarro y se sentó al lado del muerto.
-Me pregunto si alguna vez tuviste familia, hermanos, hijos... gente que te hubiera querido.- El muerto le respondió con familiridad. -La vida es dura para todos, para mi ya no.
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