Encendí otro
cigarro mientras caminaba y me adentraba en la noche. Los hechos recientes
parecían tan irreales que no terminaba de creerlos, se aglomeraban en mi cabeza
igual que moscas en un trozo de carne podrida, fluían dentro de los vasos de mi
cerebro cómo microtrombos que amenazaban con provocarme una embolia emocional
en cualquier minuto, mientras tanto las estrellas seguían observándome con
despreocupado desdén, cómo silenciosas cómplices de mis acciones y pálidas
testigos de lo bajo que pueden llegar los instintos de un hombre; lo más
asombroso es que no hicieron nada para detenerme.
Los hechos que me
propongo a relatar sucedieron la madrugada del 1 de Noviembre de 2012.
Yo era un joven
de clase media baja, pronto aspirador de nubes, relatista, cuentero, a veces
pálido y vigilante, cansado de la vida de un pendejo cotidiano pero suficientemente
conforme con todo cómo para no hacer nada al respecto. Vivía en una casa de dos
pisos, con la pared de la cocina pintada de blanco vivo, junto a seis millones
de moscas que volaban en el patio y con las que pude alguna vez hacer una
tregua de desperdicios a cambio de un poco de tranquilidad por las noches, eso
y que a mi llegada volaban al árbol de enfrente para hacerse las escondidas;
pero yo sabía que estaban ahí, las veía igual que un nubarrón negro volador, un
lienzo de aleteos y de ojos diminutos que emprendía el vuelo cuando me veía
llegar a casa. En el más básico de los niveles vivía feliz. Mis necesidades
eran satisfechas con facilidad porque no le pedía mucho al mundo, me conformaba
con un lugar tibio para dormir y con que se me ignorara la mayor parte del
tiempo posible.
Existe además de mí
un par de personajes a los que me gustaría introducir, pues forman parte
fundamental de los hechos acaecidos aquella noche. El primero es Manuel
Aguilar. Manuel Aguilar era un muchacho de por ese entonces 22 años, bajo de
altura pero alto en carnes, con la complexión de un jabalí, con colmillos igual
de aterrorizadores y afilados para quien lo pudiere observar detalladamente,
gran bebedor de cerveza, honesto y de gran carácter, con un gran sentido común,
lo cual es a veces difícil de encontrar. Vivía con su novia, era una mujercilla
psicópata pero de buen corazón, que constantemente complicada su vida. –Yo soy
tu dueña perro, me perteneces…- solía decirle a veces. Yo lo veía llorar de
rabia por su culpa, pero la amaba y eso estaba bien, el amor es capaz de muchas
cosas, es entonces que uno entendía que los locos no tienen la culpa, simplemente
hay que tratar de mantenerse lejos de ellos casi tanto cómo de uno mismo.
El segundo es
Agustín Caravelo. Agustín, mi gran amigo… cuanto lo extraño. Comienzo: Agustín
era este muchacho al que le pasaba de todo. Éramos amigos desde pequeños, nos
conocimos en la escuela. Yo solía defenderlo de otros niños que siempre querían
molestarlo, porque era pequeñito cómo un ratón, con dientecitos protuberantes y
con pecas en la cara, con una increíble capacidad de meterse en enormes
problemas junto conmigo. Vivía en un barrio hostil, al lado de un lugar que era
cómo un nido de ratas humanas, donde se traficaba con drogas, se vendían armas
y no entraba de noche la policía por qué les daba miedo. Su madre era soltera
porque su padre había muerto cuando él era muy pequeño. Agustín no se acordaba
de su padre. También vivía bajo el mismo techo su abuela. Ella era una
viejecita que había emigrado desde la sierra de Oaxaca, perseguida por
militares por ser parte de una comunidad a las que se les habían quitado
tierras injustamente por el gobierno. No falta decir que tenía un carácter de
lo más amargo y maltrataba a Agustín todo el tiempo, yo me sentía impotente
porque era ella la única persona de la que no podía protegerlo, uno no puede
atacar a las figuras de poder solo.
Esa noche
caminábamos por la calle cómo solíamos hacerlo usualmente, nos gustaba reunirnos
de noche a platicar, a caminar, cosas de amigos. Ellos eran cómo una familia
para mí y nos complementábamos, nuestra amistad no tenía condicionantes y eso
estaba bien porque no éramos más que parias que se encontraron vagando por la
vida y no nos exigíamos nada, yo siempre creía que existía una razón poderosa
que nos unía, era algo impreso en nuestros destinos, una marca en la frente con
la que algo más poderoso nos identifica a todos. Un orden más allá de lo que
podíamos comprender. La noche estaba transcurriendo cómo usualmente lo hace,
hermosa, oscura, fría, con todos esos matices de colores que sólo la noche
puede ofrecer, yo vivía de mejor manera a obscuras, ahora que lo pienso creo
que nunca disfruté tanto los días cómo las noches, en la noche todo era más
inesperado, más intenso, a veces más peligroso, atractivo para los suicidas,
cómo yo.
Caminábamos en
contra sentido a los coches por la banqueta, repentinamente un suceso
inesperado interrumpió nuestra charla. Un automóvil que circulaba sobre la
avenida pasó de pronto por encima de nuestras cabezas, todo sucedió muy rápido,
yo no entendía si no lo vimos venir porque estábamos demasiado ensimismados en
nuestra plática o si todo había surgido de la nada. En fin, nos agachamos
cuando pasaba por encima y lo vimos barrerse por toda la banqueta, yo temía que
todo se incendiara, pues estábamos al lado de un pequeño bosquecito urbano
donde los árboles empezaban a verse más secos, el inicio de la estación fría y
lo que conlleva. En ese momento corrimos hacía el coche a ver que podríamos
hacer para ayudar. No éramos héroes, ni éramos nada, éramos animales
protegiéndose entre ellos, cómo especie, no había dentro de ese acto nada de redención
ni de espiritualidad, estábamos actuando por nuestros instintos.
Al llegar al
coche observamos la escena, estaba volteado sobre el techo, con las ruedas
deshechas, con los cristales completamente rotos; pronto se prendería fuego,
seguro, dentro del coche las bolsas de aire se disipaban en el humo del accidente
y vimos el interior. Sólo había una persona, era una chica rubia que se
disipaba igual que el humo, nos conmovió con su honestidad, sentimos que se nos
iba de las manos, tenía un feo corte en la cabeza de donde emanaba su hermosa
sangre de unicornio. La sacamos de entre los fierros retorcidos con cuidado,
aunque no era muy pequeña pudimos rescatarla, una fuerza más grande que
nosotros nos controlaba, la misma fuerza que logró que nuestros antepasados en
crisis pudieran superarse, aquello que había desde hace millones de años
impulsando a la vida, una coincidencia inimaginable. La fuerza de la vida
misma.
La depositamos
con cuidado en una parte de la banqueta, lejos del automóvil, uno de nosotros
se quitó la chamarra… o quizá lo hicimos todos, no recuerdo en qué momento la
perdí, le hicimos una almohada con ella, después de ello yo regresé al coche a
buscar algo para poder identificarla, su licencia, las llaves, alguna cosa
tenía que tener que nos ayudara, cuando llegué me di cuenta que el coche no se
habría prendido en llamas cómo lo pensamos antes. –Bien, tranquilo, ahora
piensa que puedes hacer para resolver esto.- me decía a mí mismo, teníamos que
reportarlo a una ambulancia, a la policía, luego esperar y cuidarla hasta que
eso pasara.
Encontré en el
asiento delantero del copiloto una bolsa, no le robé la cartera ni el teléfono…
pero había unos cigarros y sabía que ella no los necesitaría bajo esta
situación, me ayudarían a enfrentar el mundo porque yo era un adicto, igual que
todos. Yo veía que todas las personas solemos aferrarnos a alguna idea para no
caer, cosas sin importancia ni sentido, pero que finalmente daban sentido a
nuestras vidas. Me metí los cigarros a la bolsa mientras regresaba al lugar
donde la habíamos depositado, abrí la bolsa mientras caminaba y saqué la
cartera, ví su licencia de conducir. Claudia Zinnkann, alemana, 23 años. –Bueno.-
pensé –Ya sabemos su nombre.- Pensé en su familia, quizá ni siquiera estuvieran
en este país, o no tendría, quizá estuviere sola en el mundo. –Estamos nosotros
perro, no pasa nada, todos necesitamos de los demás, unirnos.- Regresé a donde
estaba acostada.
-¿Ya le hablaron
a la ambulancia?.- Ya.- Me respondieron. Nos sentamos a esperar a su alrededor,
todavía respiraba, era evidente que estaba inconsciente pero respiraba bien, al
menos no estaba muerta. –¿Cómo se llama Borjón?.- Me preguntó Agustín. Yo volví
a ver la licencia.- Claudia Zinnkann, es alemana, tiene 23.- Sus caras
torcieron una mueca de tristeza, la realidad es que ninguno de nosotros tenía
mucha esperanza de nada, esperamos sentados durante horas a su alrededor,
llamamos más veces a las ambulancias, en la calle no pasaba ningún coche, era
fatalmente extraño, estábamos en una gran avenida y no había más que calles a
nuestro alrededor, calles inútiles vacías. Nos sentimos profundamente solos,
tristes.
-¿Que vamos a
hacer?- Preguntó Manuel Aguilar, -Nadie viene y no podemos hacer nada por ella,
ósea no aquí, necesitamos movernos.- Yo lo sabía, los miré a ambos y a ella simultáneamente,
no teníamos manera de transportarla con nosotros pero tampoco podíamos dejarla,
estábamos unidos a ella por una extraña coincidencia y lo sabíamos. –Hay que
comérnosla, nos la comemos y nos vamos, no podemos hacer nada más para no
abandonarla.- Ambos rieron por lo bajo, los tres nos miramos a los ojos y
entendimos que era verdad, que no podríamos hacer otra cosa para no
abandonarla. Le tapamos la boca en silencio, sin vernos a los ojos.
Su organismo no
tardó en ceder, se quedó dormidita, hermosa, cómo un ángel, ni siquiera hizo
mueca alguna. La entendimos, había pasado una mala noche y fue lo mejor para
ella, yo tenía una navaja en la bolsa. Mis estudios al fin pagaban el esfuerzo,
sabía exactamente lo que teníamos que hacer. –Hay que sacarle los órganos y
separar la carne.- Les dije.-¿Cómo se la quieren comer? No podemos dejar nada.
Nos meterían a la cárcel.-
-Yo quiero pura carne así sin nada, o sea sólo cómo su cuerpo, lo que es carne pues.- Dijo Agustín. -¿Tú?- le pregunté a Manuel Aguilar.
- A mí me gusta de todo wey, pero siento que debe ser más tiernita por dentro, ¿Sabes cómo abrirla?-
-Si, por supuesto.- Le dije.
-Ábrela y nos la empezamos a comer, tampoco hay que tardarnos mucho tiempo.- Éramos lobos, lo comprendí.
-Yo quiero pura carne así sin nada, o sea sólo cómo su cuerpo, lo que es carne pues.- Dijo Agustín. -¿Tú?- le pregunté a Manuel Aguilar.
- A mí me gusta de todo wey, pero siento que debe ser más tiernita por dentro, ¿Sabes cómo abrirla?-
-Si, por supuesto.- Le dije.
-Ábrela y nos la empezamos a comer, tampoco hay que tardarnos mucho tiempo.- Éramos lobos, lo comprendí.
Le hice un corte
a lo largo del cuerpo, hasta el abdomen, empecé a separar la lengua de la
cabeza y así… Saqué completamente los órganos, yo no estaba particularmente con
hambre en ese momento pero decidí que quizá podría comer algo de intestino,
todo lo demás me desagradaba por dentro. Corté porciones para Manuel Aguilar y
para mí y luego le separé un gran pedazo de la pierna para Agustín, vi brillar
sus ojitos de ratón cuando se la dí y me pareció muy simpático. Me dediqué a
elegir mi parte, limpié con los dedos un trozo de intestino y lo mordí. Estaba
tibio, lleno de sangre, era cómo entre salado y con mucho hierro por la sangre.
Era cómo cuando te comías tu sangre por que te escurría de atrás de la nariz.
No fue agradable, de hecho me hizo sentir muy enfermo.
Decidí que no más
vísceras para mí, carne sería la mejor opción en todo caso. Me separé un trozo
de la pierna contraria a donde le había cortado para darle a Manuel Aguilar.
Seguimos comiendo en silencio. Nos miramos a los ojos, estábamos muy llenos
para continuar, sabíamos que ella tenía que quedarse ahí, era muy triste. Era
cómo abandonar a un pichoncito de ave, tan pequeñita, tan frágil, tan hermosa.
No era su culpa, quizá los culpables habíamos sido nosotros. Después de todo
ella había salido de quien sabe dónde, quizá por evitarnos chocó, ninguno lo
entendía. –Hay que irnos muchachos, no podemos hacer nada más.- Ellos lo
entendieron, aunque pude ver claramente en el brillo de los ojos que les había
dolido en lo más profundo del alma, las pérdidas siempre son dolorosas.
Nos despedimos de
ella, adiós angelito nuestro, que descanses siempre y que tu espíritu esté en
paz. No puedes desear nada más. Nos marchamos juntos y contemplamos el amanecer
en el horizonte, sin miedo, nunca podrían controlarnos, siempre fuimos libres.
Inmortales, lunáticos, el mundo siempre había sido nuestro, al menos al día de
hoy.
¿Quién soy? ¿Dónde
estoy?...
No se…
No me importa.
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