jueves, 8 de noviembre de 2012

Claudia.


Encendí otro cigarro mientras caminaba y me adentraba en la noche. Los hechos recientes parecían tan irreales que no terminaba de creerlos, se aglomeraban en mi cabeza igual que moscas en un trozo de carne podrida, fluían dentro de los vasos de mi cerebro cómo microtrombos que amenazaban con provocarme una embolia emocional en cualquier minuto, mientras tanto las estrellas seguían observándome con despreocupado desdén, cómo silenciosas cómplices de mis acciones y pálidas testigos de lo bajo que pueden llegar los instintos de un hombre; lo más asombroso es que no hicieron nada para detenerme.

Los hechos que me propongo a relatar sucedieron la madrugada del 1 de Noviembre de 2012.

Yo era un joven de clase media baja, pronto aspirador de nubes, relatista, cuentero, a veces pálido y vigilante, cansado de la vida de un pendejo cotidiano pero suficientemente conforme con todo cómo para no hacer nada al respecto. Vivía en una casa de dos pisos, con la pared de la cocina pintada de blanco vivo, junto a seis millones de moscas que volaban en el patio y con las que pude alguna vez hacer una tregua de desperdicios a cambio de un poco de tranquilidad por las noches, eso y que a mi llegada volaban al árbol de enfrente para hacerse las escondidas; pero yo sabía que estaban ahí, las veía igual que un nubarrón negro volador, un lienzo de aleteos y de ojos diminutos que emprendía el vuelo cuando me veía llegar a casa. En el más básico de los niveles vivía feliz. Mis necesidades eran satisfechas con facilidad porque no le pedía mucho al mundo, me conformaba con un lugar tibio para dormir y con que se me ignorara la mayor parte del tiempo posible.

Existe además de mí un par de personajes a los que me gustaría introducir, pues forman parte fundamental de los hechos acaecidos aquella noche. El primero es Manuel Aguilar. Manuel Aguilar era un muchacho de por ese entonces 22 años, bajo de altura pero alto en carnes, con la complexión de un jabalí, con colmillos igual de aterrorizadores y afilados para quien lo pudiere observar detalladamente, gran bebedor de cerveza, honesto y de gran carácter, con un gran sentido común, lo cual es a veces difícil de encontrar. Vivía con su novia, era una mujercilla psicópata pero de buen corazón, que constantemente complicada su vida. –Yo soy tu dueña perro, me perteneces…- solía decirle a veces. Yo lo veía llorar de rabia por su culpa, pero la amaba y eso estaba bien, el amor es capaz de muchas cosas, es entonces que uno entendía que los locos no tienen la culpa, simplemente hay que tratar de mantenerse lejos de ellos casi tanto cómo de uno mismo.

El segundo es Agustín Caravelo. Agustín, mi gran amigo… cuanto lo extraño. Comienzo: Agustín era este muchacho al que le pasaba de todo. Éramos amigos desde pequeños, nos conocimos en la escuela. Yo solía defenderlo de otros niños que siempre querían molestarlo, porque era pequeñito cómo un ratón, con dientecitos protuberantes y con pecas en la cara, con una increíble capacidad de meterse en enormes problemas junto conmigo. Vivía en un barrio hostil, al lado de un lugar que era cómo un nido de ratas humanas, donde se traficaba con drogas, se vendían armas y no entraba de noche la policía por qué les daba miedo. Su madre era soltera porque su padre había muerto cuando él era muy pequeño. Agustín no se acordaba de su padre. También vivía bajo el mismo techo su abuela. Ella era una viejecita que había emigrado desde la sierra de Oaxaca, perseguida por militares por ser parte de una comunidad a las que se les habían quitado tierras injustamente por el gobierno. No falta decir que tenía un carácter de lo más amargo y maltrataba a Agustín todo el tiempo, yo me sentía impotente porque era ella la única persona de la que no podía protegerlo, uno no puede atacar a las figuras de poder solo.

Esa noche caminábamos por la calle cómo solíamos hacerlo usualmente, nos gustaba reunirnos de noche a platicar, a caminar, cosas de amigos. Ellos eran cómo una familia para mí y nos complementábamos, nuestra amistad no tenía condicionantes y eso estaba bien porque no éramos más que parias que se encontraron vagando por la vida y no nos exigíamos nada, yo siempre creía que existía una razón poderosa que nos unía, era algo impreso en nuestros destinos, una marca en la frente con la que algo más poderoso nos identifica a todos. Un orden más allá de lo que podíamos comprender. La noche estaba transcurriendo cómo usualmente lo hace, hermosa, oscura, fría, con todos esos matices de colores que sólo la noche puede ofrecer, yo vivía de mejor manera a obscuras, ahora que lo pienso creo que nunca disfruté tanto los días cómo las noches, en la noche todo era más inesperado, más intenso, a veces más peligroso, atractivo para los suicidas, cómo yo.

Caminábamos en contra sentido a los coches por la banqueta, repentinamente un suceso inesperado interrumpió nuestra charla. Un automóvil que circulaba sobre la avenida pasó de pronto por encima de nuestras cabezas, todo sucedió muy rápido, yo no entendía si no lo vimos venir porque estábamos demasiado ensimismados en nuestra plática o si todo había surgido de la nada. En fin, nos agachamos cuando pasaba por encima y lo vimos barrerse por toda la banqueta, yo temía que todo se incendiara, pues estábamos al lado de un pequeño bosquecito urbano donde los árboles empezaban a verse más secos, el inicio de la estación fría y lo que conlleva. En ese momento corrimos hacía el coche a ver que podríamos hacer para ayudar. No éramos héroes, ni éramos nada, éramos animales protegiéndose entre ellos, cómo especie, no había dentro de ese acto nada de redención ni de espiritualidad, estábamos actuando por nuestros instintos.

Al llegar al coche observamos la escena, estaba volteado sobre el techo, con las ruedas deshechas, con los cristales completamente rotos; pronto se prendería fuego, seguro, dentro del coche las bolsas de aire se disipaban en el humo del accidente y vimos el interior. Sólo había una persona, era una chica rubia que se disipaba igual que el humo, nos conmovió con su honestidad, sentimos que se nos iba de las manos, tenía un feo corte en la cabeza de donde emanaba su hermosa sangre de unicornio. La sacamos de entre los fierros retorcidos con cuidado, aunque no era muy pequeña pudimos rescatarla, una fuerza más grande que nosotros nos controlaba, la misma fuerza que logró que nuestros antepasados en crisis pudieran superarse, aquello que había desde hace millones de años impulsando a la vida, una coincidencia inimaginable. La fuerza de la vida misma.

La depositamos con cuidado en una parte de la banqueta, lejos del automóvil, uno de nosotros se quitó la chamarra… o quizá lo hicimos todos, no recuerdo en qué momento la perdí, le hicimos una almohada con ella, después de ello yo regresé al coche a buscar algo para poder identificarla, su licencia, las llaves, alguna cosa tenía que tener que nos ayudara, cuando llegué me di cuenta que el coche no se habría prendido en llamas cómo lo pensamos antes. –Bien, tranquilo, ahora piensa que puedes hacer para resolver esto.- me decía a mí mismo, teníamos que reportarlo a una ambulancia, a la policía, luego esperar y cuidarla hasta que eso pasara.

Encontré en el asiento delantero del copiloto una bolsa, no le robé la cartera ni el teléfono… pero había unos cigarros y sabía que ella no los necesitaría bajo esta situación, me ayudarían a enfrentar el mundo porque yo era un adicto, igual que todos. Yo veía que todas las personas solemos aferrarnos a alguna idea para no caer, cosas sin importancia ni sentido, pero que finalmente daban sentido a nuestras vidas. Me metí los cigarros a la bolsa mientras regresaba al lugar donde la habíamos depositado, abrí la bolsa mientras caminaba y saqué la cartera, ví su licencia de conducir. Claudia Zinnkann, alemana, 23 años. –Bueno.- pensé –Ya sabemos su nombre.- Pensé en su familia, quizá ni siquiera estuvieran en este país, o no tendría, quizá estuviere sola en el mundo. –Estamos nosotros perro, no pasa nada, todos necesitamos de los demás, unirnos.- Regresé a donde estaba acostada.

-¿Ya le hablaron a la ambulancia?.- Ya.- Me respondieron. Nos sentamos a esperar a su alrededor, todavía respiraba, era evidente que estaba inconsciente pero respiraba bien, al menos no estaba muerta. –¿Cómo se llama Borjón?.- Me preguntó Agustín. Yo volví a ver la licencia.- Claudia Zinnkann, es alemana, tiene 23.- Sus caras torcieron una mueca de tristeza, la realidad es que ninguno de nosotros tenía mucha esperanza de nada, esperamos sentados durante horas a su alrededor, llamamos más veces a las ambulancias, en la calle no pasaba ningún coche, era fatalmente extraño, estábamos en una gran avenida y no había más que calles a nuestro alrededor, calles inútiles vacías. Nos sentimos profundamente solos, tristes.

-¿Que vamos a hacer?- Preguntó Manuel Aguilar, -Nadie viene y no podemos hacer nada por ella, ósea no aquí, necesitamos movernos.- Yo lo sabía, los miré a ambos y a ella simultáneamente, no teníamos manera de transportarla con nosotros pero tampoco podíamos dejarla, estábamos unidos a ella por una extraña coincidencia y lo sabíamos. –Hay que comérnosla, nos la comemos y nos vamos, no podemos hacer nada más para no abandonarla.- Ambos rieron por lo bajo, los tres nos miramos a los ojos y entendimos que era verdad, que no podríamos hacer otra cosa para no abandonarla. Le tapamos la boca en silencio, sin vernos a los ojos.

Su organismo no tardó en ceder, se quedó dormidita, hermosa, cómo un ángel, ni siquiera hizo mueca alguna. La entendimos, había pasado una mala noche y fue lo mejor para ella, yo tenía una navaja en la bolsa. Mis estudios al fin pagaban el esfuerzo, sabía exactamente lo que teníamos que hacer. –Hay que sacarle los órganos y separar la carne.- Les dije.-¿Cómo se la quieren comer? No podemos dejar nada. Nos meterían a la cárcel.-
-Yo quiero pura carne así sin nada, o sea sólo cómo su cuerpo, lo que es carne pues.- Dijo Agustín. -¿Tú?- le pregunté a Manuel Aguilar.
- A mí me gusta de todo wey, pero siento que debe ser más tiernita por dentro, ¿Sabes cómo abrirla?-
-Si, por supuesto.- Le dije.
-Ábrela y nos la empezamos a comer, tampoco hay que tardarnos mucho tiempo.- Éramos lobos, lo comprendí.

Le hice un corte a lo largo del cuerpo, hasta el abdomen, empecé a separar la lengua de la cabeza y así… Saqué completamente los órganos, yo no estaba particularmente con hambre en ese momento pero decidí que quizá podría comer algo de intestino, todo lo demás me desagradaba por dentro. Corté porciones para Manuel Aguilar y para mí y luego le separé un gran pedazo de la pierna para Agustín, vi brillar sus ojitos de ratón cuando se la dí y me pareció muy simpático. Me dediqué a elegir mi parte, limpié con los dedos un trozo de intestino y lo mordí. Estaba tibio, lleno de sangre, era cómo entre salado y con mucho hierro por la sangre. Era cómo cuando te comías tu sangre por que te escurría de atrás de la nariz. No fue agradable, de hecho me hizo sentir muy enfermo.

Decidí que no más vísceras para mí, carne sería la mejor opción en todo caso. Me separé un trozo de la pierna contraria a donde le había cortado para darle a Manuel Aguilar. Seguimos comiendo en silencio. Nos miramos a los ojos, estábamos muy llenos para continuar, sabíamos que ella tenía que quedarse ahí, era muy triste. Era cómo abandonar a un pichoncito de ave, tan pequeñita, tan frágil, tan hermosa. No era su culpa, quizá los culpables habíamos sido nosotros. Después de todo ella había salido de quien sabe dónde, quizá por evitarnos chocó, ninguno lo entendía. –Hay que irnos muchachos, no podemos hacer nada más.- Ellos lo entendieron, aunque pude ver claramente en el brillo de los ojos que les había dolido en lo más profundo del alma, las pérdidas siempre son dolorosas.

Nos despedimos de ella, adiós angelito nuestro, que descanses siempre y que tu espíritu esté en paz. No puedes desear nada más. Nos marchamos juntos y contemplamos el amanecer en el horizonte, sin miedo, nunca podrían controlarnos, siempre fuimos libres. Inmortales, lunáticos, el mundo siempre había sido nuestro, al menos al día de hoy.

¿Quién soy? ¿Dónde estoy?...

No se…

No me importa. 

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