lunes, 26 de octubre de 2015

La gran estafa lechera.


"Los años de la revolución pasaron más breves porque me rodeé de buenos amigos gatilleros.
Nunca maté en domingo, mucho menos con la tripa vacía."


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La presente es la absurda y brava historia que habla por los inconformes. Describe uno de los más grandes planes maestros de sabotaje jamás creados. Olviden al Chapo, olviden a Pablo Escobar. Borren de su cabeza lo que saben de geniales mentes criminales. Esta es la historia de un hombre que quiso creer que todo podría cambiar. Es mi historia. No importa el encierro, las cadenas perpetuas, ni la cantidad de años que son más incluso de los que mi cadáver tardará en descomponerse. Nada importan los grilletes y tranquilizantes que me dejarán en estado de babeo perpetuo. Muerte cerebral en vida, lobotomía química. Arranqué algo que ya estaba en boca de todos. Le puse nombre.
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Empezó con una becerra a la que ayudé a nacer. Su madre murió al partearla, desgarre uterino completito. Sangradero interno a litros. No pude hacer nada. La críe a brazos prácticamente. Ella me seguía cómo perrito. La llamé Pelusa. Era toda llena de pelo desordenado que crecía hacía todos lados, ni blanca con negro cómo todas las Holstein, si no amarilla, cómo si se hubiera deslavado por el uso, además era bastante inteligente para una vaca. Suficientemente menos asustadiza que todas las demás. Yo le gritaba de la parte más alta de los corrales “PELUUUUUSSSSA PELUSA PELUUUUSSAAAAAAA” en una especie de mugido largo cómo el que hacen ellas. Y cada vez corría en mi encuentro. Un animal asombroso.
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Pelusa pesaba unos 400 saludables kilos cuando se convirtió en madre por primera vez. Estaba absolutamente nerviosa. No dejó a nadie más que a mí acercarse al becerro. Para este punto yo le había ya enseñado a Pelusa a comunicarse conmigo. Los mugidos largos significaban una necesidad urgente, los cortos y poco espaciados algo importante. Me hablaba mucho por los ojos. Con su actitud. Cuando iba y se me plantaba enfrente, pero volteando hacia algún lado yo entendía que debíamos ir a allá, la seguía y cada vez encontraba un problema en el corral. (Una vaca caída, un tubo roto, un bebedero que no se llenaba, etc) Yo llevaba siempre terrones de azúcar en una bolsita y se los ofrecía cuando iba a salir. Algo así cómo reforzamiento positivo. Además hablaba mucho con ella. Me aseguraba de repetir mucho algunas palabras en situaciones similares. De esta manera a veces sólo bastaba con preguntarle que pasaba para que se pusiera a dar cabriolas dándome a entender que eso era.
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El parte aguas en la historia sucedió una mañana en que Pelusa subió a la ordeña y resbaló. Desatascarla del carrusel y sacarla de la sala de ordeño fue todo un lío. La verdad es que le dieron muchos golpes antes de que yo pudiera intervenir. La llevé claudicando al corral de enfermería. Se echó y me dejó sentarme cerca de ella. Puse su cabeza en mi regazo y la acaricié con impotencia. Ella rodó un par de lágrimas. Recordé pedazos de un poema que decía
“Marchaban chapoteando en el barro
los pies descalzos
Desfilaban los rostros
Anochecidos de hambre
Y las manos encallecidas de miseria
y las almas curvadas de injusticia
y las voces amanecidas de odio
Desfilaban los pies descalzos…
…No sé si me lo gritaron ellos
o si me lo grité yo mismo
Pero en las filas, de los que pasaban
Estaba mi puesto, mi bandera, mi grito…
…Volví los ojos hacía ella
que se hacía casi yo entre mis brazos
y le dije:
-Me llaman los que pasan.-…
…Yo escuchaba chapotear en el barro
los pies descalzos
Y presentía los rostros anochecidos de hambre.
Mi corazón fue un péndulo entre ella y la calle…”
Vi a las vacas desfilar en los pasillos, cómo interminables miembros de un campo de concentración. Y sentí rabia. –Bueno, nunca más.- Le dije a Pelusa mientras le enjugaba las lágrimas de los ojos. Ella soltó un pesado suspiro con un mugido débil y largo. Las cosas iban a cambiar.

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Enseñé a Pelusa a caminar hacía atrás sin ver (una suerte que es difícil hasta para los caballos) a embestir con una orden, a patear de lado y hacía atrás. Con una o ambas patas. Era increíble lo rápido que aprendía. Usaba un solo comando de voz y ella, dependiendo mi postura entendía que era la acción que le pedía. Le gritaba “SAKUJO” que era la frase que usaban en Death Note para eliminar a alguien. Pelusa me sorprendió una mañana que me mostró cómo sabía abrir las trampas de los corrales con la oreja. Y quitar amarres simples de la cadera de la puerta con la lengua. Yo invertía todo el tiempo que tenía disponible con ella.
–¿Que médico? ¿Va a ir a ver a la novia?- Se burlaban de mí los trabajadores. Yo me reía y me los zafaba de encima. Nadie tenía idea de lo que estábamos planeando.
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Pelusa había alcanzado unos impresionantes 1.75 m de altura a la cruz. Era de las vacas más altas del establo. Las vacas son animales de rutinas, así que yo me presentaba todos los días siempre a la misma hora. Me encargué de volverla la alfa de todo el corral, ella me ayudaba cómo perro pastor a conducir a sus compañeras. La sorpresa mayúscula fue cuando un día llegué al corral y había otra vaca parada al lado de Pelusa, que imitaba todos sus movimientos. Esta no era una vaca tan alta cómo Pelusa, pero tenía el doble de corpulencia, el cuello muy corto y manchas rojas. Se lamía el morro constantemente y siempre tiraba mucha baba, cómo un perrote bulldog. La llamé Lamidas. Lamidas, Pelusa y yo íbamos de corral en corral moviendo vacas. Yo notaba como cada vez más vacas observaban con curiosidad a Pelusa y a Lamidas. Yo estaba seguro que Pelusa le enseñaba a Lamidas cosas cuando yo no estaba, básicamente no tuve que hacer nada porque Pelusa la que la entrenó.
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Armé un grupo élite de vacas y vaquillas. Éramos 6 contándome a mí. Estábamos Pelusa, Lamidas, Manchitas, Lucero y Chirga. Manchitas era una vaquilla color ruano, cómo una especie de entrepelo gris muy oscuro y blanco, lo cual le daba un tono cómo de plata envejecida, Manchitas tenía una mala fama porque mordía a los trabajadores y a algunas de sus compañeras bovinas, Lucero era una vaca algo vieja, pero con un carácter impasible, siempre estaba rumiando y era muy firme cuando se decidía a no hacer algo. A veces se quedaba parada justo afuera de la trampa, completamente quietecita y los trabajadores que la querían meter a huevo recibían una pezuña voladora a media panza. Muchos la odiaban. Me estaban siguiendo las vacas con mala reputación, las inadaptadas, las más necias, que paradójicamente siempre resultaban ser las más inteligentes. Chirga era la más joven de todas. Le decía así por su pelo hirsuto, siempre esponjada cómo gato feo, tenía los ojos entrecerrados siempre, cómo si anduviera pacheca. La ventaja de ella es que era tremendamente rápida. Bueno, no rápida cómo un galgo pero sí bastante más rápida que todas las otras vacas. Las coordinaba con las manos y empecé a enseñarles formaciones, líneas, cuadros. Las 5 sabían básicamente todos los movimientos de Pelusa, patear, recular, dar vuelta, embestir, abrir las trampas, quitar cadenas. Estábamos adquiriendo disciplina. Yo las enseñé a dispersarse con un “PTCHSSSSSSSSSS” cuando algún indeseable se aparecía por los corrales.
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Por las noches las reunía en el corral más alejado de la vista de los trabajadores y teníamos nuestro pequeño club de la pelea. Pero no peleábamos entre nosotros, yo les enseñaba a quitarse las lazadas de las cuerdas, a usar su corpulencia para ejercer fuerza impresionante. A quedarse completamente quietas, impasibles ante cualquier amenaza. A ellas les encantaba practicar. Decidí que si íbamos a empezar una revuelta debíamos estar escalfonados cómo los militares. De manera tal que yo era el Coronel Perro (porque me comunicaba con ellas a ladridos), Pelusa era el Teniente Coronel, Lamidas era mi Capitán primero, Manchitas el Teniente, Lucero mi Sargento y Chirga era el Cabo. Decidí enviarlas a cada una a un corral diferente por las mañanas y practicar en las noches. De esta manera ellas hacían labor de convencimiento y enseñanza de día y reforzaban entrenamiento en la oscuridad. Me sorprendía cada vez más que al entrar yo a un corral, cualquiera de mis soldados ya tenía formadas a varias vacas, cómo tropas. Y todas sostenían las cabezas muy en alto, marcialmente rígidas cuando yo pasaba. Una mañana decidí gritar “SAKUJO” muy fuerte y la sorpresa fue que varias vacas empezaron a embestir y a patear en círculos. Cómo una enorme manada de búfalos alocados. Yo estaba completamente extasiado. Bueno, finalmente había conseguido algo. Algo tangible e importante. Hice el “PTTTSSSSSCCCHHHHHHHH” más fuerte que había hecho hasta entonces en mi vida y la estampida se detuvo y todas las vacas volvieron a comportarse cómo vacas. Estábamos casi listos para la revuelta.
***
Yo pensaba que si iba a sabotear las cosas debía empezar con acciones muy pequeñas. Una vez me dijo una mujer muy sabia “Duele más cortarse con papel muchas veces entre los dedos, que un escopetazo en la cara.” Empecé a instruir a las vacas a no comer un día completo, de tal manera que toda la comida se quedaba en los pesebres. Toneladas y toneladas de putrefacción y hongos. Al otro día les servían menos, pero comían más. Los trabajadores y dueños estaban volviéndose locos.
-Las acciones en masa son las que desequilibran los sistemas.- Les repetía a las vacas cuando me paseaba en los corrales, mientras pensaba en el Joker de Batman “Introduce a little anarchy, upset the established order and everything becomes chaos…”;
-We are agents of chaos.- Susurraba sin darme cuenta. Las convencí también de no entramparse nunca, de manera tal que cuando entraba la gente a revisarlas a los corrales corrían en círculos imparables, como espirales de la muerte a blanco y negro. Tiraban patadas en la ordeña, imaginen 2700 vacas pateando una y otra vez a las mismas personas. Los ordeñadores comenzaron a renunciar, venían otros nuevos y recibían el mismo trato. Las enseñé a romper los flotadores de los bebederos, a inundar corrales, a masticar mangueras, a revolverse, a caminar siempre a diferentes sitios, a estorbar. Bueno, la orden era crear el mayor desorden posible; desobedecer, arrancarse podómetros, escupir, mugir sin parar, ir de una esquina a otra, correr sin detenerse, cagarse, cagarse en todos lados, tirar pedos, no dejarse inseminar, ser mansas a diferentes horas del día y luego intempestivamente convertirse en fieras. La gente lloraba, venían expertos en comportamiento de muchas escuelas, veterinarios, ingenieros, técnicos de todos tipos. Nadie pudo solucionar nada. A mí me era difícil ocultar mi felicidad.
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El día cero sucedió una mañana de Julio. Eran las 5:25 am cuando empecé a caminar por todos los pasillos, custodiado de mis 5 soldados bien entrenados, quitando cadenas. Estábamos listos. Para las 5:50 am, todas las vacas del establo estaban fuera de los corrales, mugiendo en los pasillos. 7001 animales contándome a mí. Salimos a la carretera con apenas algún impedimento. Yo montaba en los lomos del Teniente Coronel Pelusa, mientras caminábamos impasibles ocupando un carril entero. Yo veía la boca abierta de muchos conductores y camioneros. Creo que nadie nunca había visto una cantidad así de vacas organizadas. Mis vacas hacían flancos perfectos, y las más grandes cuidaban a las más chicas, a pesar de que algunos curiosos intentaron espantarlas, dividirlas; ninguna se retrasó, ninguna se quedó atrás. Era nuestra última marcha triunfal. Hicimos aproximadamente una hora y media hasta Torreón. Bloqueamos completamente la carretera a Saltillo. A las 7:30 am aproximadamente empezaron a sobrevolar por encima de nosotros helicópteros de noticias, policiales, militares. Yo me había encargado de pintarles en los lomos a las vacas más blancas letras rojas con crayón. Los mensajes eran los siguientes: “DIGNIDAD” “RESPETO” “MÁS VIDA, MENOS LECHE.” La situación era completamente desconocida para la policía y militares. No había protocolos sobre cómo lidiar con vacas rebeldes. Cercanas las 7:45 ya nos habían rodeado varios vehículos militares. Alguien me habló por un megáfono. “NOS DIRIGIMOS AL LÍDER DE LAS VACAS, DETENGA SU AVANCE O ABRIREMOS FUEGO CONTRA USTED Y LOS ANIMALES”
-¡SOBRE NUESTROS CADÁVERES LECHEROS!- grité arriba del Teniente Coronel. Pelusa sabía que ese era nuestro día, bajó la cabeza y resopló con fuerza mientras rascaba con su pata derecha el suelo, tenía los ojos muy abiertos y mugía con determinación; estaba más encabronada que yo.
-Capitán, Teniente, Sargento, Cabo Chirga, fooooooooormación- Grité y entonces mis 5 protegidas tomaron la cabeza del grupo. Todas las vacas comenzaron a mugir en un ensordecedor griterío. Los militares palidecieron bajo sus cascos verdes sin cerebro. A las 8:00 am empezó el martirio. Al frente de las filas una palabra en japonés arrancó el desmadre. –¡¡¡¡¡¡SAAAAAAAAAKUJOOOO!!!!!!!!!- La carretera a Saltillo nunca había visto tantos animales sobre el asfalto, mucho menos arremeter contra los soldados. Jamás se había teñido con tanta sangre inocente. Las balas volaban en múltiples direcciones, entre las primeras vacas en caer estaba mi Cabo Chirga. La Teniente Manchitas enloqueció al ver la sangre de Chirga en el pavimiento y cuando hubimos llegado a la línea de los militares fue la primera en pisotear y morder a varios de ellos, seguía lloviendo plomo; pero la manada ya había arrancado, detener su avance fue prácticamente imposible. Éramos miles contra cientos. A las 8:15 más de 1000 de mis elementos estaban malheridas en el suelo, sin embargo habíamos logrado replegar a los militares y no sólo eso, habíamos logrado aplastar a al menos 90 de ellos, sus cuerpos estaban completamente molidos contra el asfalto.
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Recobré el sentido en un hospital en algún lugar de Durango. Tenía una tajada fea en el abdomen y los médicos decían que sufría de “Síndrome amnésico post-traumático” además de ello estaba esposado a la cama y tenía dos custodios 24/7 afuera de mi cuarto. No me dejaron hablar con nadie durante dos semanas. Mi herida sanó. Me enjuiciaron. Dijeron que había cometido crímenes contra el estado, bloqueado vías de comunicación importantes, provocado “Daños a la nación”, que había llevado a varios inocentes a una matanza absurda y que se me acusaba además de ello de ser “una amenaza social”. Jamás volví a ver a un animal en mi vida. Recobré la memoria dentro de la cárcel, cuando mi compañero de celda me dijo
-¿Tú eres el pinche loco de las vacas?- y me enseñó el video que había sido transmitido en la televisión y que además se había viralizado alrededor del mundo. Esa noche al acostarme a dormir, reviví hasta el último instante del día cero. Recordé que una vez hube visto a Chirga caer, desmonté a Pelusa y corrí a su lado hacia los militares. El día era uno de los más hermosos que hubo nunca en la comarca Lagunera, el sol era cómo lumbre sobre nuestras cabezas, recordé cada mancha de Pelusa, cada pelo desordenado. Súbitamente una bala la atravesó limpiamente por el tórax, sin embargo ella siguió corriendo a mi lado. Otra bala, otra y otra.
–¡HIJOS DE PUTA! ¿QUÉ NO VEN QUE NOS ESTÁN MATANDO?- grité con todas mis fuerzas. A unos metros de llegar a dónde los militares se habían replegado, Pelusa cayó de bruces contra el asfalto, yo estaba completamente fuera de mí y así seguí corriendo mientras gruñía con todas mis fuerzas. Una bayoneta me atravesó limpiamente la panza, fue entonces cuando volteé hacia abajo, y vi mis propias tripas azules fuera de mi ser, las sostuve delicadamente con las manos y miré hacia atrás. Pelusa agonizaba ahogándose con su propia sangre, pero seguía intentando arrastrarse hacía mí. Me acerqué a ella con toda la calma del mundo, olvidándome completamente de lo que estaba pasando, en un trance absoluto, caminé hacia ella cómo cuando era una becerrita y le enseñaba a seguirme, cómo cuando la observaba dar brincos de felicidad en los corrales. Me senté a su lado y sostuve con mi mano izquierda mis intestinos azules y sangrantes, mientras que con la derecha le acariciaba la cabeza. Ella se quedó quieta, con los ojos muy abiertos.
-Perdóname mi amor.- Le dije con lágrimas en los ojos.
–Yo no quería que esto pasara.- Ella sacó su lengua y me dio un par de lengüetazos en la cara. Finalmente recargó su cabeza en mi regazo y dio su último suspiro. Me recosté en el asfalto hirviente, con la cara hacía arriba, las tripas en los brazos y dejé que el sol me derritiera las córneas antes de quedar también inconsciente. No supe que fue de mis otras vacas.
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EPÍLOGO DEL EDITOR:
2 años después de su crimen; El Coronel Perro fue entrevistado dentro de la cárcel por cierta revista de circulación internacional en Internet, digamos VICE, sólo por ponerle un nombre y un contexto, la nota se titulaba “Hablamos con el Coronel Perro; El loco de las vacas”; en la entrevista admitió que lo que hizo estuvo terriblemente mal. Que no se arrepentía de absolutamente nada, más que haber llevado a tantos animales inocentes a la muerte, todos los días pensaba en ello. Pero que su idea era enviar un mensaje, una consigna, un grito desesperado. El grito era “Debemos respetar y cuidar más a los animales de producción”
“-¿Qué haríamos sin nodrizas bovinas en el mundo? ¿Quién de nosotros abre un cartón de leche y se pregunta de dónde viene? ¿Lo habrá dado una vaca contenta? Bueno, porque en los envases, en los comerciales de T.V. siempre hay vacas muy sonrientes, pero ¿Es real?” preguntaba en alguna parte de la entrevista. Habló también de hombres tan pobres, pero tan pobres que lo único que tenían era dinero. Hizo particular insistencia en que él era un extremista, pero que su acto debía ser juzgado y entendido desde un punto de vista más centrado:
“-No soy un vegetariano, ni un fanático ciego de la liberación animal. No creo que liberar a todos nuestros animales productivos sea una solución. Imagínate a mis vacas lecheras en el monte, cargando esas ubres que dan 50 o 60 litros de leche entre las espinas. Es absurdo, una locura. Imagínate volver a la feralización; soltar a tu gato gordo y mimado en el cerro y que tenga que cazar su comida o que el perrito Chihuahueño de tu novia tenga que competir contra un tejón o un coyote por recursos, ¿No te suena estúpido? Bueno, esa es la posición clásica de los mal llamados “Defensores de los animales” que son generalmente gente carente de juicio, viscerales…bueno, yo no puedo decir que no soy visceral también” dijo mientras se reía fuerte. “-El punto es que ya avanzamos hasta este punto en nuestra relación con los animales. Vivimos en una simbiosis ventajosa, por supuesto que nos necesitan, pero nosotros necesitamos más de ellos y no lo vemos; o más bien no queremos verlo. La industria da empleos, genera alimentos para la población, es la base de la pirámide social. Y no se da su importancia, no actúa como tal, cómo una base responsable, RESPETUOSA. Mi opinión es que la industria productiva debe incluir en su vista que los animales no son sólo números, si no vidas, almas. Aquí en la cárcel por ejemplo, todos somos números. Y merecemos ser tratados cómo mierda, si, porque cometimos crímenes. ¿Cuál es entonces el crimen de un animal que lo único que hace es ser productivo? Darnos y darnos todo lo que tiene sin pedir nada a cambio. Te voy a decir cuál es su crimen: haber nacido vaca y no hombre. Y eso está absolutamente jodido. Lo mínimo, MÍNIMO QUE MERECE es ser tratado bien.-”
Al finalizar la entrevista él le preguntó al reportero si tenía idea de que había pasado con sus animales. El reportero le dijo que no sabía nada. El editor de este epílogo se dio a la tarea de investigar a fondo. La mayoría de ellas habían sido regresadas a su establo y volvieron a comportarse relativamente bien, pero eso si, ya no permitían ninguna clase de abuso. Lamidas, Lucero, Manchitas eran las 3 rebeldes que habían sobrevivido a la matanza. Ellas fueron compradas inmediatamente por un gringo excéntrico, poseedor de un excelente pie de cría, que ofreció unos 8 o 10 dígitos en dólares por ellas. Se las llevó a vivir a Laredo y ahí continuo con su instrucción y ellas continuaron enseñando a otras vacas más o menos con resultados similares a los del Coronel Perro. Cada vaca que salía del rancho de este gringo estaba ya contagiada con la idea de nunca ser maltratada y con el entrenamiento que tenían Lamidas, Lucero y Manchitas. De a poco todo el Sur de E.U.A. y el Norte de México se fueron llenando de estas “vacas rebeldes”. Los abusos continuaron, poco cambio. Pero las vacas todavía lo siguen intentando. El Coronel Perro sigue esperando que se pudran sus huesos en la cárcel. En la carretera a Saltillo se levantó un monolito In memoriam a los 90 soldados muertos. Alguien tuvo el buen tino de pintarlo con manchas negras y blancas una noche y de colocarle barniz encima para que no se despintara. Pelusa y Chirga daban cabriolas en el cielo de las vacas, que es un prado verde muy verde que existe entre las nubes.

lunes, 19 de octubre de 2015

Caracoles comunicantes.


Encontraron en mis venas alineados, del corazón a la parte final de la aorta un sistema continuo de caracoles. Como vasos comunicantes.
Su evolución era perfecta. En fila como los eones de la tierra y un universo en constante expansión

Tan bella fue su evolución, que el día no fue nunca más, si no una mancha borrosa de luz.
Y la noche fue tan profunda que se masticaba en bocados de negrura.
Y la luna. La luna rompió en lágrimas saladas como el mar. Se hicieron polvo todos los vestidos. Los huesos cascabelearon dentro de las tumbas. Un
profundo, hermoso y absoluto silencio invadió toda la tierra.


Arriba de las montañas, contemplé la soledad humana suspendida, como una enorme ola frente al reflejo de un espejo...Como la historia del tiempo vuelta atrás, descontándose a sí misma.

Eran pues tan bellos los caracoles de mis venas que los doctores decidieron embalsamarme en vida

Y así vagué por los rincones más inóspitos. Recubierto de un polímero sintético. Plástico divino. Arcillita moldeable del siglo XXI.

Tan bien embalsamado estaba que la lluvia no me mojaba, ni el fuego me derretía. No sentía los besos, ni las caricias, ni la vida nerviosa de los caracoles en mi pecho.

blup blup... blup blup... blup blup...

domingo, 11 de octubre de 2015

Avioneta sinaloense.


Sobrevolando en mi avioneta, divisé una escena particular, debajo de mí, un establo lechero con un millón de vacas se mueve cómo se mueve todo dentro de un ser vivo. 

Un establo es cómo un organismo autónomo en dónde cada vaca y cada hombre cumple una función diferente. En la esquina del último corral un sombrerudo de overol azul le mete la mano en el culo a una vaca. A esta altura nadie puede adivinar la expresión de su cara, ni que piensa, ni que dice, pero hay un factor desconocido y también familiar; debajo de aquel sombrero ese hombre está pensando en darse un tiro. 
Digamos pues entonces, hipotéticamente, que aquel infeliz pisoteado por el bicho de 400Kg con los tobillos torcidos y la boca seca le da un trago desesperado al agua del bebedero, el imbécil tal vez tenga diarrea después, tal vez su desesperación forzada lo lleve a dejar de comer un día o dos para controlar el seguidillo. Tal vez sueñe que despierta, quizá hasta tenga los pies morados, los tobillos rotos o un dolor crónico de espalda. 

Doy media vuelta en el aire mientras pienso en aquel pobre estúpido. Él le saca la mano a la vaca y con señas le pregunta al monigote de enfrente que otra viene en la lista, sus movimientos son lentos, cansados. Se nota a leguas que tiene el brazo hecho pomada pues lo levanta poco y lo mueve despacio. Ahora el pobre corre tras una vaca que se salió del comedero. 


Pocas veces he sentido tanta compasión por alguien. Pero heme aquí, dispuesto a ser el humilde instrumento por el que fluya la gloriosa voluntad de la mano del señor. Tomo el cuerno de chivo despacio y le pido al copiloto que de media vuelta. Soy el ángel de la muerte Sinaloense, la punta de la lanza del destino, los clavos de Cristo; corto cartucho y apunto. Una ráfaga alcanza al infeliz, no sin antes derrumbar también a la vaca que estaba correteando. Ambos caen, pero el sombrerudo del overol azul cae boca arriba. 


Temblando en un charco de sangres bovina y humana me hace una seña aprobatoria con el pulgar y sonríe, sé que lo hace porque un brillo blanco de asoma a su cara. Le sonrío de vuelta y meto mi cuernito recortado por la ventana de la avioneta. Me dice adiós con la mano izquierda todavía cansada y con caca de vaca y estira la pata. Me enfilo contento a la sierra de Durango y le piso el gas a la avioneta.

Misión cumplida.
Algún día, tal vez alguien me tenga a mí la misma piedad.
Eso espero.