jueves, 30 de junio de 2016

Notas sobre la avaricia de contar mejor.


Notas sobre la avaricia de contar mejor.

Algo me pasa con las historias que llaman mucho mi atención. He de confesar que a veces puedo ser un tacaño de primera, sobre todo con las palabras (probablemente algo relacionado con mis antepasados; ustedes saben, esa atribución de avaricia y codicia que se le cuelga al judaísmo en el inconsciente colectivo, como obedeciendo a los arquetipos de Jung, de pronto soy una nariz que lo que más anhela es la economía del lenguaje.)

Y bueno ¿Como es que generamos la codicia? Codiciamos lo que vemos todos los días, y si nuestros ojos no se pasean por esa motocicleta que tiene aquel pendejo,<<que bonito ruge.>>, lo hacen por esa camisa desabotonada que usa este otro <<que bonito color.>>, <<que verga tatuaje.>>, por el aparente éxito de este <<hijo de puta, se tituló en 2 meses y ya entró a la maestría en Uruguay. >>, por la mujer de aquel, <<madre mía, es todo culo y tetas.>>, por el trabajo de unos <<ese mierda no hace nada y gana el doble que yo.>> y por la flojera de otros <<míralo como duerme con toda la facilidad del mundo, ojalá yo pudiera dormir así.>>

Pero ¿como se genera la avaricia de las historias?
No sé. Yo abro casi cualquier libro, cuento o artículo y sé casi inmediatamente como será mi ritmo de lectura con dicho texto en particular. Los hay pesados, cíclicos e inentendibles, como ir en una pesada bicicleta holandesa, con un solo piñón y con las llantas bajas en una subida. Cansado, fatigoso, los personajes o los argumentos son ininteligibles, las atmósferas poco impactantes, los diálogos sosos, la retórica vulgar y simplona. Casi siempre les doy carpetazo enseguida.

Luego existen estas historias que uno aguanta porque se caen y se levantan, te tienen a media asta, te prenden, te apagan, las dejas unos meses, regresas a ellas, y al final terminas apresurándolas porque sientes la necesidad y el compromiso moral de llegar hasta el final. Son comparables a la pizza que lleva 4 días en el refri, básicamente es mejor que quedarse con hambre, aunque todos sabemos que está mal. Es como el sexo mediocre con alguien que ni te gusta tanto, lo empezaste, no te encantó y piensas <<bueno, ya invertí en este pedo tiempo y dinero, hice el esfuerzo, lo conseguí y tal vez si me gustó un poco.>> así que lo mejor es terminar. Al final ambos (lector y libro) terminan dándose las gracias de una manera un tanto incómoda y cada cual agarra su camino, sin embargo en tu inconsistente está decidido <<No vuelvo a entrar ahí>>

Luego están los textos muy cabrones, esos que son como una pelea entre lector y escritor. Sientes el aliento del autor en su voz, te atrapa como un aliado y te hace girar y girar con él. Me pasa que los empiezo y sin darme cuenta en poco tiempo voy a la mitad (es en este punto dónde se prenden mis focos rojos)
<<En la madre, llevo un día con este libro y ya le avancé un tercio>> ahí es cuando me asusto, donde tengo este ataque de tacañería y envidia.

Mientras más disfruto una lectura, más crece el sentimiento de que pronto se terminará, llego incluso a botar el libro en el escritorio y el pobre libro me mira como suplicante, desamparado y en mi cabeza solo reina la idea de que debo disfrutarlo más despacio, y sin embargo a veces no puedo parar. Me siento como esos adictos que intentan fumar de a poquito, sabiendo de antemano que su reserva va a marcar cero pronto. Como esos niños gordos (de los que fui y seré parte siempre) que se chingan 2/3 del chocolate en dos mordidas, pero intentan apenas lamer de a poquito el último tercio, para que el placer les dure más, y sin embargo no pueden. La codicia se apodera de mí cuando en dos o tres páginas leo una historia sólida, con un final inesperado, acá están los Chinaskis, los Keret, los Palahniuk, los Bolaño, los Sainz, los Velasco, los Cortázar, los Rulfo, los Poe, los García Márquez.

Cuando experimento esa sensación de que algo adentro de mí se movió, que algo se inflama o se quema, volteo a mi alrededor y todo parece seguir igual, en el metro, en el camión, en mi cuarto, en la escuela, quisiera gritar, salir corriendo, quitarme la ropa; quisiera sarandear a la banda cercana y decirles lo muy cabrón que se siente todo desde que leí lo que acabo de leer, invitarlos a que toquen una leve nube y se eleven hasta dónde yo pude por unos momentos breves tener sapiencia e iluminación. Pero jamás lo hago. Me limito a mirarlo todo con los ojos muy abiertos, en silencio, mientras mil pensamientos le dan vuelta a mi cabeza en un segundo.

Por otro lado, un mezquino y pequeño gnomo en mi oreja me reprocha que a mí no se me ocurren ideas así de geniales, que en mi cabeza no haya gigantes alados, cuervos terroríficos con un sólido "Nunca más", morras que se convierten en hombres gorditos y peludos de noche, con las que uno puede ser feliz. El gnomo me reprocha que no sea capaz de contar de la manera en la que ellos cuentan. Simultáneamente otra vocesilla en la otra oreja me dice "Reláaaaaajate viejo. Aprende, aprende de los maestros." 

Estas historias siempre tienen la virtud de que no importa cuántas veces las lea, y re-lea, siempre hay algún sabor nuevo, una idea que no caché la lectura pasada, un hilo o una pista que encaja con algún momento de mi vida.

Creo que la motivación principal de intentar contar una historia es esa, transmitir un sentimiento, generar un cambio en el lector, retarlo, sacudirlo, darle el sentimiento de plenitud y vacío máximo, cambiar la manera en la que ve el mundo, para que de alguna manera, él termine por cambiar su propio mundo y al mismo tiempo, cambie el de todos.

Esa creo que es realmente la economía del lenguaje, la avaricia de la palabra.

Quiero decir más escribiendo menos.

Narrativa cuántica. Bohr vs Einstein.



En la década de 1930 inició un debate sobre mecánica cuántica, la rama científica que estudia los bloques más pequeños que conforman la realidad. Los debatientes, dos de los más grandes científicos, Albert Einstein (del lado "anti-cuántico") y Niels Bohr (del lado cuántico) So, resumen.

Einstein por un lado defiende la idea del orden, que toda la materia en el universo es, fue y será siempre constante, aunque relativa para el observador. Bohr y los cuánticos dan a entender que la materia y su comportamiento depende de que esta sea medida, pues cuando un átomo no es observado y cuantificado, puede cambiar, estar en un lugar diferente, con posibilidades infinitas, dicho de manera breve, nadie puede medir todas las constantes que definen a la realidad al mismo tiempo, lo cual crea inestabilidad e incertidumbre (finalmente real). Esto molestaba a Einstein, pues para él la realidad debería ser objetiva, independientemente de si alguien la estudiaba, dijo alguna vez que le gustaba pensar que la Luna siempre permanecía en su lugar, independientemente de si él o nadie la estaba observando.

Entre dimes y diretes un día Einstein le dice a Bohr "Dios no juega a los dados", implicando que no creía que los átomos fueran guiados por la incertidumbre hasta que alguien los mirara. A lo que Bohr (en una de las respuestas más cabronas que creo que alguien pudo haber dicho, NUNCA) le responde "Deje de decirle a Dios que hacer con sus dados." ¡BOOM! a la esquina a pensar lo que dijiste.

Einstein, sereno como siempre guarda un argumento genial. En 1930 en el congreso de Solvay plantea un experimento mental que implica una caja, de la que sale un solo fotón en un momento determinado, dicho momento es medido con precisión. Ahora, ¿cómo saber la energía del fotón que escapa de la caja? Piece of cake, BITCH, si la materia es igual a la energía, y conocíamos la masa de la caja en el momento justo antes de que salga el fotón y la conocemos el momento justo después, obtendremos la masa del fotón per se, por lo tanto su valor energético. ¿Hasta ahora vamos bien?

Bohr, con la cabeza echando humo se aferra a que debe existir un fallo, una grieta en la lógica de Einstein, acostumbrado a la lógica de la cuántica, que a mi parecer más bien funciona como una para-lógica, más caótica, más impredecible. Ambos salen del edificio caminando juntos, Einstein muy calmado, con una sonrisa ligeramente irónica en los labios y Bohr caminando a pasos largos a su lado, ligeramente histérico, bullente de ideas, lleno de excitación.

La contrarrespuesta de Bohr, (bastante bien pensada) decía que no se podría medir con completa certidumbre la masa de la caja, pues para ello habría que usar una balanza, que a su vez estaría sobre una mesa, que estaría en una habitación, que estaría en algún edificio, que estaría en algún muelle. de alguna ciudad, de algún país, en alguna parte del mundo. Sin poder medir la oscilación de todos estos elementos cambiando constantemente, sumado a que la apertura de la puerta no podría ser instantánea, era imposible conocer la masa de la caja. Volvíamos nuevamente al principio de la incertidumbre de Heisenberg. Nuevamente había una luz al final del pasillo del caos.

A partir de todo ello, aún antes de saberlo, diario tengo una discusión interna, mi propio Niels Bohr mental me grita que la lógica ya no basta y eso me molesta, todos nosotros los estúpidos átomos podemos hacer lo que queramos mientras no se nos observa, comprar un hacha, asesinar a un inocente, comer carne humana, mentir, robar, fabricar explosivos en casa, destruir, destruir destruir...

O bien podríamos ir a la escuela, ser buenos novios, amigos, vecinos, individuos, educar un perro, crear una obra maestra, mirar el cielo, perder el tiempo...
perder el tiempo...
perder el tiempo .

Einstein pudo establecer que el tiempo es relativo, pero falló al ver que toda la realidad lo es también, por eso reina la incertidumbre, por eso todo es una masa de posibilidades que se concreta mientras la observamos.
¿Somos lo que hacemos, lo que pensamos y también actuamos?
¿Somos partículas en colisión perpetua?
Y si las posibilidades son infinitas, ¿cuál es la probabilidad de que en este mundo caótico, otra vez y otra vez y otra vez se repita la misma historia?

Obsesivos días circulares.
Noches de iluminación prematura.
Días tan brillantes que provocan ceguera, dónde todo es lechoso, intangible.
Noches tan oscuras que lo único que queda es suponer que todo lo que no ves, si existe.

Al final Einstein dijo algo como que había variables ocultas que la teoría no consideraba, no por omisión ni por exclusión, si no porque no las conocemos pero, si se descubrieran e incluyeran, demostrarían que hay una realidad absoluta y cognoscible.

Hay una certidumbre real y tangible allá afuera, que también es aquí adentro. ¿La veré algún día?
Un pequeño Einstein dentro de mi cabeza me repite siempre "Siente que tienes la verdad frente a los ojos."

Tranquilo.
"Como es arriba, es abajo."

No podemos conocer el Universo de manera absoluta y completa.

"No podemos ver el color del cántaro, porque estamos dentro de él."

domingo, 19 de junio de 2016

Aarón, Blue Demon y yo.


Uno de las primeras memorias que tengo, es de mi papá llevándome a escondidas al SportsBook, que en aquel entonces se llamaba “CALIENTE” yo creo que tenía unos 5 o 6 años. En la entrada (adornada por muchos focos y unas cortinas terribles como de terciopelo rojo) una señorita de chongo rubio en la cabeza le daba negativas a mi viejo, que por cierto tendría apenas unos 23 o 24 años (ligeramente más joven de lo que soy yo ahora.) El chiste es que logró convencer a la señorita de que yo no representaba mayor problema o de que por alguna razón estaba bien que yo estuviera ahí y nos dejaron pasar.

Ya adentro, muchos señores en bancos altos, forrados con el mismo terciopelo rojo (que más bien recuerdo estaba en todos lados) piden y piden copas en una barra larga que hábiles cantineros manejan lanzando botellas por el aire y atrapándolas justo antes de que se estrellen entre ellas. El ambiente está lleno de humo de cigarros y huele a borracho. Hay incluso algunas mujeres galantes sentadas con los apostadores, riendo, fumando y bebiendo con ellos. Papá me pide que lo acompañe a la taquilla y compra dos programas. Uno para él y otro para llevárselo de encargo a mi abuelo.

-¿Quieres ver una carrerita?- Me pregunta. Yo le digo que si, creyendo con inocencia que en algún lugar del lugar habremos de encontrar los caballos. Que los caballos estaban escondidos detrás de todo ese terciopelo chillante y que saldrían de alguna manera y correrían ahí, bueno… no era para nada cierto.

Tomamos asiento en alguno de aquellos bancos altos y él me señala un grupo de pantallas empotradas en la pared, en ellas varios hipódromos del mundo o de Estados Unidos transmiten sus carreras, hay carreras de caballos, deportes, carreras de galgos. Me invade un poco de decepción y tantas imágenes de manera simultánea me aturden un poco, no sé a que pantalla debería estar mirando. Volteo a ver a papá y él parece concentrado en la revista que le entregaron en la taquilla. Sigo escudriñando a mi alrededor, un señor parece muy contento, se ve rojo como un jitomate y tiene sentado a su lado a esta mujer con una falda muy corta, la falda más corta que había visto yo hasta ese entonces. Le acaricia los muslos, brillantes y deliciosos trozos de carne enfundados en mayas blancas de red y ríe a carcajadas, mientras un poco de saliva le sale de la comisura de los labios como una pequeña explosión en cada risotada.

–Todos van a meterle al cuatro, pero no han visto al seis, es un pagazo, esta vez sí nos los vamos a chingar.- me dice. –Papá… ¿toda la gente puede ganar?- le pregunto. Él frunce el entrecejo y sigue viendo su programa. –No hijo, no todos pueden ganar. Tenemos que ganar nosotros, si toda la gente ganara, nadie ganaría nada. El caballo que hace el más grande esfuerzo es el que gana, gana el mejor.- 

En aquel momento no lo entendí para nada. Pero siento que esas palabras me hacen sentido ahorita. Había un mensaje profundo escondido. Mi primer acercamiento a “morir en la raya” “Apostarlo todo por una idea” “El que se esfuerza, gana”.

Estuvimos poco tiempo según lo recuerdo. Papá me invita a que hagamos una apuesta juntos, me lee los nombres uno por uno de la carrera siguiente. Hay de inmediato un nombre que llama podersamente mi atención. Se llama Blue Demon. De inmediato me lleva a la taquilla y compramos el boleto, Blue Demon, número 6 debía ser el ganador.

Los caballos toman posición, Aarón pone nuestro boleto en la bolsa de mi camisa y me sube a sus hombros (que ahora no entiendo que sentido tenía, estábamos en un banco rosa, rodeados de adultos que seguramente hicieron gesto porque yo les tapaba la vista. Pero bueno, que la chupen los adultos) empieza la carrera. Las carreras de cuarto de milla son algo maravilloso y terrible, pues un mal arranque o algún leve golpe durante la carrera pueden arruinar la ventaja de un caballo. Son un tornado de patas, maldiciones de jinete, bufidos y latigazos que hacen cimbrar la tierra en la que estás parado, literalmente puedes sentir bajo los pies aquel tren imaginario equino. Claro, en aquel momento yo solo veo atento la pantalla que me señaló mi viejo, sin entender mucho de lo que está pasando. Pero él está eufórico, levanta las manos y grita ligeramente. Al sentir su exaltación le aprieto el cuello con las piernas, en mi bolsa de la camisa, al lado de mi corazón, siento el boleto palpitante, emocionante y caliente.

Es un final de fotografía. Papá me baja de sus hombros y busca el boletito adentro de mi camisa. En la televisión repiten la carrera, con diferentes ángulos de cámara. Mientras abajo en un pequeño recuadro dos caballos dan vueltas antes de entrar al círculo de ganadores. Blue Demon Es un caballo negro y enorme, muy bonito. Tiene un curioso garabato amarillo con fondo negro en su espalda (el número 6) de manera tal que parece que el 6 es en realidad pelo amarillo que le crece milagrosamente ahí, bueno al menos así lo pienso yo. Creo que de niño yo veía el mundo muy extraño, como que descomponía las formas y terminaba por jamás ver lo que me decían que estaba ahí, más bien verlo de otra manera. 

Ponen la foto en pantalla, son dos borrones negros y una línea que los delimita. Gana el otro caballo por nada, una nariz, un pedazo de nada y me pongo triste. Blue Demon se aleja con la cabeza gacha, como si estuviera profundamente derrotado y sale del cuadro de la imagen. Mi viejo me abraza y me dice que no pasa nada. Salimos de ahí y creo (o quizá estoy deformando el recuerdo) que me compró un helado y nos fuimos a trabajar.

Ahí nació otra idea profunda por la que creo estar agradecido ahora.

“Ganar es lo mejor, perder no está tan mal. Lo realmente importante es correr la carrera.”



Gracias a mi viejo por enseñarme que las derrotas, también pueden terminar con un sabor dulce.