Ella y yo éramos una pareja ideal. Yo disfrutaba de llevarla a pasear,
caminábamos durante las largas tardes de otoño y las hojas crujían bajo
nuestros pies, y las horas crujían bajo nuestro amor, disfrutábamos de comer
juntos, ella solía prepararme deliciosas cenas cuando yo llegaba a casa cansado
de trabajar y yo solía llevarla a cenar dos o tres veces al mes. Nos dirigíamos
con cotidianidad al barrio italiano y cenábamos pastas a la luz de las velas,
mi favorita era el fetuccini con camarones y champiñones, ella en cambio
siempre lo ordenaba con bolognesa. Disfrutábamos de una soledad mutua, yo no
tenía amigos, ni familia y no teníamos hijos. Nuestra rutina diaria estaba bien
establecida, nos despertábamos simultáneamente a las 8:15 y ella usaba la
regadera primero, mientras tanto yo ponía un poco de café a hervir; salíamos
puntualmente a las 9:30 todos los días, a veces hacíamos el amor, aunque no
recuerdo que fueran muchas veces.
El tiempo avanzaba y rayaba nuestra pobre felicidad estéril, lo nuestro era
un pobre encuentro de dos silenciosos que vivían sin ningún sentido en la vida,
ambos dormíamos profundamente por las noches y ninguno de nosotros jamás tuvo
sueños. Ella alguna vez mencionó la posibilidad de tener hijos y a mí me
repugnaba la idea, traer al mundo una criatura significaba muchas incomodidades
para mi mediocre estilo de vida, no gastaba en nada y a pesar de tener un
empleo bien remunerado en la fábrica de cajas no me preocupaba por tener muchas
cosas. En nuestra casa había una sencilla mesa de madera con cuatro sillas que
nunca ocupábamos, dos platos hondos y dos planos, dos tazas, dos cucharas, dos
almohadas en la cama, dos cepillos de dientes en el baño, dos cajoneras con un
par de mudas de ropa, dos servilletas, dos manteles y por alguna paradójica
razón, tres cuchillos.
Yo no solía hacer muchas actividades, a veces los fines de semana compraba
el periódico o alguna revista de crucigramas y dedicaba la mayor parte de la
mañana a resolverlos, por la tarde caminaba a la plaza mientras ella dormitaba
una pequeña siesta y compraba dos conos grandes de helado, uno de pistache y
uno de frambuesas con crema, volvía a la casa y la despertaba con un amoroso
beso en la frente y le daba su helado. Ella no solía decir mucho, despertaba de
la siesta y comía su cono en silencio, mirando a la pared. La verdad es que
ahora poco recuerdo su voz, era muy callada y parecía que nunca estaba en
ninguna parte, pero no era de asombrarse, a mi me gustaba así, callada, así al
menos no tenía que escuchar las quejas que seguro crecían día a día en su
pecho, las súplicas, las palabras de amor, sus suspiros y sus anhelos, todo
ello en realidad eran cosas que no me importaban pero éramos muy felices y nos
amábamos mucho.
Una mañana de Octubre me dijo que quería emociones nuevas en su vida, que
estaba constantemente aburrida. –Bueno.- dije yo.-Eso se soluciona con
facilidad, ¿qué te parece si adoptamos a un bonito gato?.- Sus ojos se
iluminaron brevemente y asintió silenciosamente, con una sonrisa tímida en sus
labios, yo le acaricié la cabeza con la mano abierta. Esa tarde la llevé
directamente al refugio de animales más cercano a mi trabajo y nos paseamos
entre las jaulas- -Este.- me dijo.-Quiero este.- Señaló directamente a un viejo
gato gris con un ojo nublado por blancas cataratas, el gato ronroneó
amistosamente cuando acerqué mi mano a la reja.- ¿Segura que quieres este?
Parece ser muy viejo y no tiene la mejor pinta.- ¡NO!.- gritó –Quiero este.-
cuando lo dijo su tono de voz bajó considerablemente, yo supuse que aquel día
lleno de emociones había alterado un poco su usual conducta y le había
inyectado algo de vitalidad, reí cómo reía mi padre cuando mi madre alzaba la
voz y dije –Está bien, pero vas a tener que encargarte de él, de alimentarlo
todos los días y de procurarle algo de cariño.- Nos llevamos el gato a casa.
Los días continuaron pasando y parecía que el gato se adaptaba bien a
nuestro estilo de vida, dormitaba por las mañanas y miraba por la ventana toda
la noche, siempre en el mismo lugar, siempre alternando la vista entre un punto
vacío en el cielo y la calle; yo a veces despertaba y lo descubría mirando a la
cabecera de la cama, pero cuando se daba cuenta que lo observaba, volvía sigilosamente
la cabeza a su usual observación por la ventana. Mi mujer por su parte parecía
contenta con el gato, solía colocárselo en el regazo y acariciarlo por horas, a
veces él intentaba huir, pero ella lo cogía rápidamente de las axilas, lo
levantaba y lo llevaba nuevamente a su regazo, siempre viendo hacía la pared,
sin parpadear.
Uno de aquellos días el gato se me acercó mientras leía el periódico en la
mañana y frotó su cálido pelaje en mis pantorrillas, yo lo acariciaba por lo
bajo mientras ella nos observaba a ambos y su gesto se endurecía. Empecé a
llevarme bien con el gato, solía llegar del trabajo y él se me acercaba
maullando, exigiéndome sus habituales 3 y media onzas de atún que yo guardaba
en la heladera, ella sin embargo empezó a volverse cada día más cortante y fría
y cuando yo llegaba se encerraba en el baño por horas, o en el cuarto, y cuando
entraba y la veía estaba ahí sentada en silencio peinando su cabello, lo
peinaba tanto y con tanto afán que empezaba a caérsele, pero yo no quería preocuparla,
probablemente era un proceso normal con la edad. A veces la descubría hablando
con el gato cuando pensaba que no la escuchaba, lo tomaba entre sus brazos y
acercándole los labios a las orejas le susurraba.- Tú sólo tienes que quererme
a mi ¿Entiendes? Tú eres mío y nunca nadie va a poder arrancarte de mis brazos,
¿es que no entiendes que te quiero y eres lo único que me queda?- Yo no le daba
mucha importancia a esos hechos, en parte tenía razón, el gato era de ella y él
debía quererla sólo a ella.
El comportamiento de Lydia era cada vez más errante y difícil de predecir y
entender, andaba de aquí para allá, soñando despierta, hablando en secreto con
mis padres muertos, rezándole a las latas de atún que yo le daba al gato,
ansiosa y despierta, paseándose penosamente sola cuando salía de trabajar, sin
mí, huyendo de todas las miradas para contarle sus secretos a los pájaros y a
los árboles. Yo estaba honestamente preocupado, ella era lo único que yo tenía
y no podría darme el lujo de perderla, si la perdía a ella perdía todo, mi
cobarde acto de salvación no era porque quisiera beneficiarla a ella, quería
salvar mi propio pellejo y comodidad, quería salvar lo único que le daba un
sentido a mi vida aunque fuera absurdo, su presencia se había convertido en mi
más en una necesidad que en amor real, era un cobarde y lo sabía.
Aquella mañana la encontré despierta antes de lo usual, con el gato en mi
cama, entre sus piernas, contándole sus sueños; Era la primera vez que la oía
hablar más de 9 palabras.-Entonces yo estaba caminando gatito, lo hubieras
visto, era hermoso, los árboles se mecían bajos mis órdenes, si yo lo deseaba
se nublaba el cielo y caían rayos en la gente, sentí toda la tarde que mis pies
eran raíces y que la tierra palpitaba bajo ellos, hablándome, contándome sus
secretos y yo era tan feliz, ¡Lo hubieras visto! Y todos me miraban porque era
hermosa.- Le toqué el hombro con delicadeza y le pregunté. –Mi amor, ¿estás
bien?- y ella no me contestó nada, soltó abruptamente al gato y lo empujó hacia
el suelo, se levantó y con una mirada entre ausente y coqueta se rio a
carcajadas y se fue de la cama. Cuando la alcancé en la ducha me arrastró junto
con ella y me besó apasionadamente mientras el agua empapaba mi ropa. –Querida,
me estoy mojando.- entonces me soltó abruptamente, en sus ojos se creó
inmediatamente una infinita tristeza, dos lágrimas silenciosas rodaron por sus
mejillas, balbuceó un par de cosas ininteligibles y luego un par de gruñidos
sordos, me miró a los ojos y me dio un último beso… Salió de la ducha y fue a
dormirse.
Durmió todo el día y toda la tarde siguiente, cuando despertó fue sólo para
comer algo, estaba enferma, moribunda de un dolor inmenso que ningún doctor
podría curarle, ni si quiera yo, ni dejando de ser un mierda y tratándola bien,
la abracé toda la noche mientras deliraba en calores de agonía, su alma estaba
muriendo para renacer en una forma que yo no comprendería. Me arrepentí de
todo, algo en ella, de su enfermedad se transmutó a mí y también tuve fiebres
toda la noche, estaba perdiendo el significado de mi mundo sin remedio, todo en
lo que creía era, pero no estaba. Finalmente sucumbí a las fiebres y me quedé
dormido ahí, a su lado, abrazándola aunque se había ido hace mucho tiempo.
Al día siguiente abrí los ojos y estaba sólo en la casa, todo estaba en perfecto orden
pero faltaba ella… y el gato. En resumidas cuentas, intenté continuar con mi
vida, continué haciendo mi trabajo, comiendo, durmiendo, cagando, sintiéndome
cómodo nuevamente con mi conformidad, respirando con fuerza y roncando por las
noches, con mi sonrisa de idiota con suerte que se pregunta el porqué, borracho
de nuevos bríos y aires de rancia esperanza,
intoxicado y loco cómo nunca.
Un día caminé por la calle y creo que vi al gato muerto, no sé, ahora
parece que lo veo en todas partes, era un bonito gato, con sus grises rayas y
su opacidad en el ojo. Un gato muerto. Me hace pensar en la fragilidad de la
vida, ¿Podemos estar y no estar muertos? Somos todos gatos de Schrödinger.
Deberíamos tomar el veneno, quizá nos diga algo sobre nosotros mismos, las
personas no pensamos hasta que ya es muy tarde.
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