La situación se
complicó después del primer robo.
-¿Qué mierda vamos a hacer?- preguntó el Calabazo.
-Aquí no pasó nada señores, el auto se va al fondo del lago, cada uno toma su
parte y se larga.- le respondió Abdel Gibran.
-Muchachos.- les susurró Juan Camacho, mientras extendía sus enormes alas de
pájaro gris. -No tengo a donde ir, el bosque ahora está lleno de policías que
buscan mi cabeza, por supuesto tampoco puedo volver con mi madre, no así, no
después de esto.- Ambos encogieron los hombros mientras veían a aquel extraño
hombre con alas y se excusaron con lamentos absurdos sobre su mala suerte, pero
ahora todos estaban por su cuenta.
Se ofrecieron la mano sin sentimentalismos, Calabazo prometió buscarlos cuando
la crisis pasara, Abdel Gibran dijo que en la mañana tomaría el primer Tren a
Veracruz y que luego el barco que zarpara a su tierra, misma que dios había
olvidado en la parte más antigua del mundo.
El trío de ladrones no volverá a verse.
Juan Camacho
comprendió que por primera vez en su vida, las enormes alas que le nacían en la
espalda eran inútiles, no podía huir en aquellas circunstancias, mucho menos
con la fractura que se había hecho al momento del choque. Y aquellos grandes
apéndices nacientes en su espalda habrían de condenarlo a no pasar
desapercibido en multitudes. No logrando concebir un mejor plan, caminó de
regreso al barrió donde había crecido, quizá podría esconderse en la basura,
debajo de alguna piedra, quizá enterrarse y dejar fuera solo la cabeza, pero
¿Por cuánto tiempo?
Mientras caminaba
con las alas dobladas sobre su espalda, escuchó los disparos que escupía un
rifle muy cerca del lugar, comenzó a entrar en pánico y entró corriendo a la
calle donde vivía Doña Esperancita de la Vega. Doña Esperancita de la Vega era
una vieja amiga de su tatarabuela, bruja y quiromante, era la más vieja de
todos, ella había sobrevivido a todas las tragedias; desde la peste negra hasta
la invasión de las arañas, Doña Esperancita de la Vega lo había vivido todo.
(PUM PUM PUM)
-¿Quién es a esta hora de la madrugada?-
-Soy yo madre, la sombra del perseguido, vengo de lejos y soy inocente.-
La ancianita abrió ligeramente la puerta y lo dejó pasar. –Esta casa siempre se
abre al perseguido, pero ninguno es inocente hijito, todos nacimos con el alma
llena de lodo.- Dicho esto cerró la puerta. En aquel momento un embriagante
olor a flores frescas impregnó la habitación, era Fernanda Vizcaína.
Fernanda Vizcaína
era la descendiente más joven de la familia Vega, su mamá había muerto al darle
nacimiento y su padre había sido encarcelado por haber robado una hogaza de
pan; lo encontraron una mañana fría en su celda, ahorcado con sus intestinos.
Fernanda había sido criada entonces por la tatarabuela, ella le había criado en
todas las antiguas artes mortuorias y quiromantes, hábil para el metate y para
el bordado, Fernanda era una mujer integral. Lo que más destacaba dentro de su
personalidad, es que no existía en ella ninguna emoción negativa, siempre tenía
una sonrisa en el rostro y veía todo sin complicaciones.
-Esta me salió con alma de pato.- Decía la tatarabuela a risotadas. –Es más
simple que un ratón.-
En aquel momento
Juan Camacho sintió una burbuja en el pecho, (a la altura del alma y no en el
corazón) algo tibio pero intenso recorrió su interior cómo una hormiga cavando
un túnel, Fernanda le sonrió desde atrás de su abuela y le dijo. – ¿Ya en las
andadas Juanito? Si tú eres un hombre bueno, no se pa´que te metes en pendejadas.-
Dicho esto soltó una risotada que alteró al perico de la viejita en su jaula.
Encendió una vela mientras le calentaba el café a la abuela y a Juan Camacho,
en la muñeca izquierda, amarrada con un hilo rojo, colgaba una medallita de San
Lázaro que fue la única pertenencia que le había dejado su madre antes de
morir. Tenía la piel morena, era delgada y con manos delicadas pero acostumbradas
al trabajo, tenía largos dedos en sus pies y siempre andaba descalza, de niña
le gustaba comer tierra y siempre adoptaba insectos y les daba nombre.
Juan les contó a
ambas todo el incidente y probó su inocencia en el evento, a veces pasaba,
cuando las estructuras fallan y se obliga al hombre a cometer el mal por un
acto de redención, no hay pecado en ello. La abuela le dijo que podía quedarse,
que sabía que era un buen muchacho y que de todas maneras ya hacía falta un
hombre en la casa, Juan abrió sus alas al escucharla y aleteó alegremente, cosa
que volvió a asustar al perico que empezó a soltar gritos cómo loco. –¡Es el
diablo, es el diablo!- gritaba, Fernanda corrió a tranquilizarlo en su jaula,
tomó un chile del árbol que estaba cerca de la ventana y se lo dio. Juan durmió
en la sala esa noche pensando en Fernanda, ella en su cuarto pensaba en Juan.
Los días pasaron
y ambos se volvieron cómplices de vida, era sencillo, él estaba encerrado en la
misma casa que ella y la abuela había predicho que el hombre alado y la mujer
tierra se pertenecerían uno a otro, la predicción evidentemente nunca había tenido
sentido hasta el momento. Él estaba enamorado de su simpleza, de la luz que
salía de sus ojos y de la profundidad de su ser; ella lo amaba porque tenía un alma
pura y la libertad de mil hombres. –Tengo miedo de que un día te me escapes
volando, te debería hacer lo mismo que le hicieron al perico, cortarte las
alas.- le decía, él reía por lo bajo pero sus palabras eran verdad, se sentía
atrapado en una jaula. Todos los días que salía al pequeño jardín de la casa a
cortar la mala hierba o a echarle cal viva a los agujeros de las hormigas, volteaba
al cielo y respiraba profundamente todo ese azul, lo contemplaba por horas e
intentaba agitar un poco las alas, sin despegar, cuando doña Esperancita lo
descubría lo regañaba.
- Métete ya, chamaco cabrón, ¿Qué quieres que te vean los vecinos?-
-Perdóneme madre, es que extraño mucho estar afuera.-
Un día durante el
almuerzo Fernanda mencionó la idea de escaparse, pues ya había pasado mucho
tiempo y probablemente la policía ya hubiera dejado de buscar a Juan Camacho,
la idea tomó fuerza en el cerebro de Juan, se vio a sí mismo, junto con
Fernanda, Todo ese azul, toda esa libertad para crecer juntos y envejecer, todo
el universo servido para ellos, el hombre pájaro y la mujer tierra, volando
hacia el infinito. Doña Esperancita les dijo que hicieran lo que tenían que
hacer, que ella les daba su bendición y sonrió feliz después de muchos años de
pena, entendió que su vida había servido para esto, todas las arrugitas de su
cara se contrajeron en el más feliz de los gestos, se levantó de la mesa,
recogió los trastes y acarició por última vez a su perico, se puso el camisón
que usó toda la vida y se fue a morir en sueños, feliz, después de años de vida
precaria, de joda diaria, de despertar antes que el sol y salir a ganarse la
vida.
Temprano en la
mañana Fernanda y Juan preparaban sus cosas para salir a la calle, en búsqueda
de la eternidad, Fernanda empacaba bocadillos, no tenían prácticamente nada.- ¿Nos
llevamos al perico?- Le preguntó Juan a Fernanda. –Acuérdate que te tiene
miedo, para él no eres más que un ave más grande y por lo tanto peligrosa.-
Decidieron llevárselo después de todo y regalárselo a la mamá de Juan, tomaron
sus cosas y se plantaron frente a la puerta, la mano llena de tierra de
Fernanda se extendió temblorosa a la de Juan, él la tomó con firmeza, le sonrió
y le dijo.
-Te amo negra, eres lo mejor que me ha pasado.-
-Y tú a mí.- Se besaron. Juan tomó el picaporte de la puerta y salieron a la
calle. Llegaron sin preocupaciones a la estación de trenes, para disimular sus
enormes alas, Juan cargaba una mochila que había encontrado tirada, pasaron sin
preocupaciones hasta los andenes, de pronto, una bola de niños se acercó
corriendo a ver al perico, él, que había vivido toda su vida en la casa se
asustó y empezó a aletear en su jaula, gritaba cómo loco, todo el mundo en el
andén volteó hacia donde estaban ellos. .- ¡ES EL DIABLO, ES EL DIABLO!-
En ese momento
Juan tomó a Fernanda del brazo y empezaron a correr, ya no importaba nada,
tenían que tomar cualquier tren y salir de ahí lo más rápido posible, comenzó
la persecución, los policías de la estación les pisaban los talones, el vapor y
el humo de las locomotoras inundó el ambiente, en las columnas del andén los
relojes se detenían al paso de los enamorados, esto sirvió para que después en
el sumario, se asentara que todo el desastre había ocurrido en 3 minutos.
Lograron llegar a un tren que estaba partiendo, corrieron al lado del tren,
Fernanda subió primero, dio un salto enorme con sus fuertes pies descalzos y
llegó a la orilla, volteó y le gritó a Juan. – ¡Pásame al perico!- él le aventó
la jaula y ella la atrapó, en ese momento sonó el primer disparo, una bala le
atravesó limpiamente en la mano derecha. – ¡VUELA!- gritó ella, el se quitó la
mochila con la mano ensangrentada y por primera vez extendió las alas en mucho
tiempo, pasara lo que pasara el había encontrado la libertad, estaba junto con
ella y lo demás no importaba.
Ella lo observó
desde el tren en movimiento, con toda su majestuosidad, en un breve instante
ella se vio pasando la eternidad con él, lo vio de viejo en la granja. (BUM!
BUM! BUM!) Tres balas , le dieron en la espalda, se tambaleó pero siguió
corriendo, extendió aún más las alas y comenzó a moverlas, se acabó el andén,
cayó en un charco de lodo, pero continuó (BUM! BUM! BUM! BUM! BUM!) Comenzó a
volar, herido mortalmente, ella lo vio subir un poco, la deslumbró el sol, se
agarró la cara y lloró desesperada, respiró profundo y le dijo.-Adiós, amor mío-
Él la miró desde arriba justo antes de caer, le sonrió aunque ella no pudo
verlo y finalmente cedió su vida a las heridas, cayó rápidamente al suelo,
sucio, lleno de lodo, cómo un enorme pájaro herido, muerto por las
circunstancias injustas de la existencia, el mundo giraba al revés por unos
cuantos.
¿Ya te dormiste?