miércoles, 19 de diciembre de 2012

Fiambre de mierda.


No podría soportarlo mucho más, tomé dinero del buró y salí corriendo de casa, necesitaba ir a cualquier lado, donde fuera, huir, huir huir… manejé hasta el centro, afortunadamente por ser de madrugada pude estacionarme cerca de un bar, caminé entre los charcos que provenían de los negocios, entré a un lugar que me pareció agradable y me senté al fondo, en una mesa en la esquina, a esperar.

Bebí una cerveza tras otra, en silencio, intentaba callar la voz de mi cabeza entre el bullicio de los ebrios felices, todos cantaban, brindaban, gritaban y yo seguía bebiendo. Me paré y caminé hacia el baño, me costó bastante trabajo pero logré orinar, me miré al espejo del baño y vi al demonio derrotado que se reflejaba, ojeroso, con la mirada de loco perdida, con la barba de varios días, con el cabello lleno de grasa. 

Salí del baño y me encontré a esta chica con aspecto bastante similar al mío, pálida. –Parece que la pasas mal.- Le dije. –No tanto cómo crees, ¿me invitas una cerveza?- Accedí. Caminamos juntos a la mesa en silencio y la cerveza fluía y fluía. Me dijo su nombre pero ya no lo recuerdo, todo estaba terriblemente borroso, yo hice alarde de mi fanfarronería y conseguí sacarla del bar.

La llevé a un callejón y comencé a besarla, su boca sabía agria, a vómito y cigarro, me sentí asqueado pero continué, le metí la lengua en su asquerosa boca y le toqué las tetas, ella apenas respondía, estábamos ambos bastante jodidos, pero la noche era larga, bajé la mano a su cintura y comencé a apretujarle las nalgas, deslicé mis torpes dedos al interior de sus pantalones y sentí su entrada húmeda, se lo hice con los dedos y se lo hice bien, arriba y abajo, yo sabía de la cosa, introduje dos dedos a su ranura y comencé a estimularla por dentro y con la palma por fuera, se vino en mi mano. –Chúpamela- le dije. –Si crees que te la voy a chupar estás pendejo.- me contestó. Le saqué la mano y le di un terrible bofetón en la mejilla derecha, comenzó a gritar, todo seguía muy borroso, empezó a correr y la perseguí, llegó primero que yo al bar y salió rápido con tres sujetos, yo era enorme y tenía una derecha legendaria, pero no pude combatir en ese estado, recuerdo muchos golpes y patadas, sobre todo patadas. Todo seguía muy borroso. Me desmayé por la madriza.

Desperté al otro día cuando salía el sol, no traía zapatos, ni cartera, celular, ni las llaves del coche, tenía el ojo izquierdo prácticamente cerrado. Comencé a caminar hacía donde había dejado el auto y no estaba. Otra vez, la había jodido en grande, me lo merecía porque era un mierda, vomité mucho y con mucha sangre. Otra vez la había jodido en grande. Miré el sol nacer entre los edificios y empecé a caminar, a ninguna parte, lleno de odio y de culpa. 

miércoles, 12 de diciembre de 2012

Un hombre de alas enormes y corazón roto.


La situación se complicó después del primer robo.
-¿Qué mierda vamos a hacer?- preguntó el Calabazo.
-Aquí no pasó nada señores, el auto se va al fondo del lago, cada uno toma su parte y se larga.- le respondió Abdel Gibran.
-Muchachos.- les susurró Juan Camacho, mientras extendía sus enormes alas de pájaro gris. -No tengo a donde ir, el bosque ahora está lleno de policías que buscan mi cabeza, por supuesto tampoco puedo volver con mi madre, no así, no después de esto.- Ambos encogieron los hombros mientras veían a aquel extraño hombre con alas y se excusaron con lamentos absurdos sobre su mala suerte, pero ahora todos estaban por su cuenta.

Se ofrecieron la mano sin sentimentalismos, Calabazo prometió buscarlos cuando la crisis pasara, Abdel Gibran dijo que en la mañana tomaría el primer Tren a Veracruz y que luego el barco que zarpara a su tierra, misma que dios había olvidado en la parte más antigua del mundo.
El trío de ladrones no volverá a verse.

Juan Camacho comprendió que por primera vez en su vida, las enormes alas que le nacían en la espalda eran inútiles, no podía huir en aquellas circunstancias, mucho menos con la fractura que se había hecho al momento del choque. Y aquellos grandes apéndices nacientes en su espalda habrían de condenarlo a no pasar desapercibido en multitudes. No logrando concebir un mejor plan, caminó de regreso al barrió donde había crecido, quizá podría esconderse en la basura, debajo de alguna piedra, quizá enterrarse y dejar fuera solo la cabeza, pero ¿Por cuánto tiempo?

Mientras caminaba con las alas dobladas sobre su espalda, escuchó los disparos que escupía un rifle muy cerca del lugar, comenzó a entrar en pánico y entró corriendo a la calle donde vivía Doña Esperancita de la Vega. Doña Esperancita de la Vega era una vieja amiga de su tatarabuela, bruja y quiromante, era la más vieja de todos, ella había sobrevivido a todas las tragedias; desde la peste negra hasta la invasión de las arañas, Doña Esperancita de la Vega lo había vivido todo.
(PUM PUM PUM)
-¿Quién es a esta hora de la madrugada?-
-Soy yo madre, la sombra del perseguido, vengo de lejos y soy inocente.-
La ancianita abrió ligeramente la puerta y lo dejó pasar. –Esta casa siempre se abre al perseguido, pero ninguno es inocente hijito, todos nacimos con el alma llena de lodo.- Dicho esto cerró la puerta. En aquel momento un embriagante olor a flores frescas impregnó la habitación, era Fernanda Vizcaína.

Fernanda Vizcaína era la descendiente más joven de la familia Vega, su mamá había muerto al darle nacimiento y su padre había sido encarcelado por haber robado una hogaza de pan; lo encontraron una mañana fría en su celda, ahorcado con sus intestinos. Fernanda había sido criada entonces por la tatarabuela, ella le había criado en todas las antiguas artes mortuorias y quiromantes, hábil para el metate y para el bordado, Fernanda era una mujer integral. Lo que más destacaba dentro de su personalidad, es que no existía en ella ninguna emoción negativa, siempre tenía una sonrisa en el rostro y veía todo sin complicaciones.
-Esta me salió con alma de pato.- Decía la tatarabuela a risotadas. –Es más simple que un ratón.-

En aquel momento Juan Camacho sintió una burbuja en el pecho, (a la altura del alma y no en el corazón) algo tibio pero intenso recorrió su interior cómo una hormiga cavando un túnel, Fernanda le sonrió desde atrás de su abuela y le dijo. – ¿Ya en las andadas Juanito? Si tú eres un hombre bueno, no se pa´que te metes en pendejadas.- Dicho esto soltó una risotada que alteró al perico de la viejita en su jaula. Encendió una vela mientras le calentaba el café a la abuela y a Juan Camacho, en la muñeca izquierda, amarrada con un hilo rojo, colgaba una medallita de San Lázaro que fue la única pertenencia que le había dejado su madre antes de morir. Tenía la piel morena, era delgada y con manos delicadas pero acostumbradas al trabajo, tenía largos dedos en sus pies y siempre andaba descalza, de niña le gustaba comer tierra y siempre adoptaba insectos y les daba nombre.

Juan les contó a ambas todo el incidente y probó su inocencia en el evento, a veces pasaba, cuando las estructuras fallan y se obliga al hombre a cometer el mal por un acto de redención, no hay pecado en ello. La abuela le dijo que podía quedarse, que sabía que era un buen muchacho y que de todas maneras ya hacía falta un hombre en la casa, Juan abrió sus alas al escucharla y aleteó alegremente, cosa que volvió a asustar al perico que empezó a soltar gritos cómo loco. –¡Es el diablo, es el diablo!- gritaba, Fernanda corrió a tranquilizarlo en su jaula, tomó un chile del árbol que estaba cerca de la ventana y se lo dio. Juan durmió en la sala esa noche pensando en Fernanda, ella en su cuarto pensaba en Juan.

Los días pasaron y ambos se volvieron cómplices de vida, era sencillo, él estaba encerrado en la misma casa que ella y la abuela había predicho que el hombre alado y la mujer tierra se pertenecerían uno a otro, la predicción evidentemente nunca había tenido sentido hasta el momento. Él estaba enamorado de su simpleza, de la luz que salía de sus ojos y de la profundidad de su ser; ella lo amaba porque tenía un alma pura y la libertad de mil hombres. –Tengo miedo de que un día te me escapes volando, te debería hacer lo mismo que le hicieron al perico, cortarte las alas.- le decía, él reía por lo bajo pero sus palabras eran verdad, se sentía atrapado en una jaula. Todos los días que salía al pequeño jardín de la casa a cortar la mala hierba o a echarle cal viva a los agujeros de las hormigas, volteaba al cielo y respiraba profundamente todo ese azul, lo contemplaba por horas e intentaba agitar un poco las alas, sin despegar, cuando doña Esperancita lo descubría lo regañaba.
- Métete ya, chamaco cabrón, ¿Qué quieres que te vean los vecinos?-
-Perdóneme madre, es que extraño mucho estar afuera.-

Un día durante el almuerzo Fernanda mencionó la idea de escaparse, pues ya había pasado mucho tiempo y probablemente la policía ya hubiera dejado de buscar a Juan Camacho, la idea tomó fuerza en el cerebro de Juan, se vio a sí mismo, junto con Fernanda, Todo ese azul, toda esa libertad para crecer juntos y envejecer, todo el universo servido para ellos, el hombre pájaro y la mujer tierra, volando hacia el infinito. Doña Esperancita les dijo que hicieran lo que tenían que hacer, que ella les daba su bendición y sonrió feliz después de muchos años de pena, entendió que su vida había servido para esto, todas las arrugitas de su cara se contrajeron en el más feliz de los gestos, se levantó de la mesa, recogió los trastes y acarició por última vez a su perico, se puso el camisón que usó toda la vida y se fue a morir en sueños, feliz, después de años de vida precaria, de joda diaria, de despertar antes que el sol y salir a ganarse la vida.

Temprano en la mañana Fernanda y Juan preparaban sus cosas para salir a la calle, en búsqueda de la eternidad, Fernanda empacaba bocadillos, no tenían prácticamente nada.- ¿Nos llevamos al perico?- Le preguntó Juan a Fernanda. –Acuérdate que te tiene miedo, para él no eres más que un ave más grande y por lo tanto peligrosa.- Decidieron llevárselo después de todo y regalárselo a la mamá de Juan, tomaron sus cosas y se plantaron frente a la puerta, la mano llena de tierra de Fernanda se extendió temblorosa a la de Juan, él la tomó con firmeza, le sonrió y le dijo.
-Te amo negra, eres lo mejor que me ha pasado.-
-Y tú a mí.- Se besaron. Juan tomó el picaporte de la puerta y salieron a la calle. Llegaron sin preocupaciones a la estación de trenes, para disimular sus enormes alas, Juan cargaba una mochila que había encontrado tirada, pasaron sin preocupaciones hasta los andenes, de pronto, una bola de niños se acercó corriendo a ver al perico, él, que había vivido toda su vida en la casa se asustó y empezó a aletear en su jaula, gritaba cómo loco, todo el mundo en el andén volteó hacia donde estaban ellos. .- ¡ES EL DIABLO, ES EL DIABLO!-

En ese momento Juan tomó a Fernanda del brazo y empezaron a correr, ya no importaba nada, tenían que tomar cualquier tren y salir de ahí lo más rápido posible, comenzó la persecución, los policías de la estación les pisaban los talones, el vapor y el humo de las locomotoras inundó el ambiente, en las columnas del andén los relojes se detenían al paso de los enamorados, esto sirvió para que después en el sumario, se asentara que todo el desastre había ocurrido en 3 minutos. Lograron llegar a un tren que estaba partiendo, corrieron al lado del tren, Fernanda subió primero, dio un salto enorme con sus fuertes pies descalzos y llegó a la orilla, volteó y le gritó a Juan. – ¡Pásame al perico!- él le aventó la jaula y ella la atrapó, en ese momento sonó el primer disparo, una bala le atravesó limpiamente en la mano derecha. – ¡VUELA!- gritó ella, el se quitó la mochila con la mano ensangrentada y por primera vez extendió las alas en mucho tiempo, pasara lo que pasara el había encontrado la libertad, estaba junto con ella y lo demás no importaba.

Ella lo observó desde el tren en movimiento, con toda su majestuosidad, en un breve instante ella se vio pasando la eternidad con él, lo vio de viejo en la granja. (BUM! BUM! BUM!) Tres balas , le dieron en la espalda, se tambaleó pero siguió corriendo, extendió aún más las alas y comenzó a moverlas, se acabó el andén, cayó en un charco de lodo, pero continuó (BUM! BUM! BUM! BUM! BUM!) Comenzó a volar, herido mortalmente, ella lo vio subir un poco, la deslumbró el sol, se agarró la cara y lloró desesperada, respiró profundo y le dijo.-Adiós, amor mío- Él la miró desde arriba justo antes de caer, le sonrió aunque ella no pudo verlo y finalmente cedió su vida a las heridas, cayó rápidamente al suelo, sucio, lleno de lodo, cómo un enorme pájaro herido, muerto por las circunstancias injustas de la existencia, el mundo giraba al revés por unos cuantos.

¿Ya te dormiste?