La noche tiene un encanto
particular, le perteneces y eso ella lo sabe. Eres parte de ella, asomado en la
ventana de un edificio viejo, que el olvido olvidó. Entonces ya asomado en la
ventana, miras a ese viejo, tecleando cuentos de muertos y fantasmas que sólo
habitarán en su cabeza y en la de quienes leerán algo. Y te imaginas que
escribe el viejo, piensas que quizá hable de esa vez que tú mismo viste en
aquel campo abierto, en el árbol más seco en medio de la nada, una bruja
colgada, que te siguió a casa y ahora vive bajo la cama.
-Voy a salir por cigarros, ¿vas
a querer algo?- Le preguntas a la bruja.
Agitas la cabeza. Y esperas
en silencio su respuesta.
Te desaturdes y sales por
los cigarros, de camino ves una cucaracha del tamaño de un coche, que te desea
buena noche. 77 brazos le salen de las raíces a un árbol en la banqueta.
Llegas a la casa, prendes el
cigarro. No hay viejo, ni ventana, te asomas debajo de la cama y tampoco hay
bruja. Estás tú sólo, sentado frente a
este teclado.
Tu mente, al fin acepta que está podrida.

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