martes, 8 de abril de 2014

El camión.


De un brinco casi no logrado se trepó Claudio Ignacio, a un camión que llegaba a un destino cierto.
Él volvía de una guerra, en cuya causa no creía, pero a la que tuvo que ir a fuerza, a punta de pistola, a apuntarle a desconocidos, igual que él, jodidos. Como siempre, pueblo contra pueblo.
Pagó 6 pesos en monedas de a tostón y se sentó en el único asiento vacío del camión, al lado de una señora rubia, de cabello al cuello. Se llamaba Ángela Purísima. Él se quitó su gorro de cabo raso y le dijo a doña Ángela.
-Buenas tardes, seño.-
Ella lo miró con la cara encabronada-¿Pos, que es policía o qué?-
-Militar. Y nada más la estoy saludando.-
-Ahhh, bueno y ¿qué pasa mijo? ¿Viene llegando?- le sonrió con su mirada coqueta.
-Si madre, me gané mi regreso a casa.- él suspiró.
- No se preocupe, quizá el regreso sea diferente, pero seguimos habiendo buena gente.- le contestó ella, mientras extendía la mano para darle un apretón fraterno en el dorso de la mano, mientras él sujetaba el tubo de enfrente. Él, inmediatamente, dejó de sentirse solo.

Platicaron un montón de tiempo, pareciera que se conocieran de años, cómo grandes amigos.
Divagaron entre recuerdos que no eran los mismos, pero que se parecían. Y se encontraron a sí mismos, en las historias del otro. En algún momento aleatorio llegaron al tema de los extraterrestres.
-Bueno, ¿Tú que crees? ¿Existen?- Le preguntó ella, alzando las cejas, para luego sonreírle y guiñarle el ojo.
-Pues quizá sí, osea pero no sé si son cómo los pintan.- él torció la boca.
Ella guardó silencio un momento, vio una mosca en la ventana y le sopló encima. La mosca se fue volando.
- El bien y el mal han existido desde hace mucho tiempo.- Dijo.- Deben tener formas de manifestarse en cada uno de nosotros y también afuera, si existen deben ser cómo nosotros, la gente.-
-¿A qué se refiere? A mí lo que no me parece lógico es, son millones de veces más evolucionados que nosotros, tienen tecnología más cabrona, deberían ser más inteligentes para ello, ¿no? Entonces, ¿por qué tomarse la molestia? ¿Por qué si evolucionaron bajo condiciones de vida diferentes a la nuestra se tienen que parecer a algo que nosotros conocemos? Es decir, tienen brazos, ojos, cabeza, tronco, en los mejores casos los pintan con tentáculos, ventosas, o amorfos, pero todo ello es algo que nosotros conocemos. Para mí que nosotros mismos los formamos a nuestro propio juicio. Podrían ser proyecciones de lo que queremos ser, ¿no cree?-
-Hombre, si yo pensé que los uniformados no pensaban.- Dijo Ángela Purísima riendo, mientras se chupaba el índice y se lo ponía en la frente al soldado, haciendo un sonido chisporroteante, cómo cuando se apaga el carbón de un bracero. Él soltó una carcajada, siguieron platicando…

Claudio no era una persona cualquiera, tenía una curiosidad nata sobre las cosas, le gustaba entender y entender, de a poquito en poquito, esa era la manera en la que absorbía y absorbía cosas, pero a veces sentía que mientras más conocía, menos entendía. Igual que me pasa a mí, pero bueno, eso no importa. El camión seguía avanzando y llenándose de gente que cuchicheaba y platicaba.
- Y ¿cómo era allá la cosa, hijito? ¿Dónde estuviste y que estuviste haciendo?- Le preguntó ella
- Me mandaron a la sierra, a pelear con los narcos.- Le contestó él. – Pero no servía de nada, allá en el monte la droga crece sola.-
-Todo crece sólo mijo, eso no es noveda´-
- Pues la verdad es que estaba cabrón a veces, uno no termina de acostumbrarse a ver cabrones colgados, gente mutilada, muchachos chiquillos, escuincles pendejos que ya andan cargando un arma y se sienten “sicarios”. A esos era a lo que más me daba pena andar matando. Chavalitos flacos, de casitas humildes dónde hacen las tortillas con más cal que maíz, para que llenen más.-
- Ay mijo, hay gente que prefiere morir entre las balas que morirse de hambre.-

En el camión empezó a acumularse el vaho producido por la respiración y pláticas de veinte pares de bocas diferentes, algunas que susurraban y otras que reían, algunas que aguantaban argumentos mudos y otras que callaban verdades ciertas. Era invierno y el viento helado obligaba a toda esa humedad flotante a condensarse en los cristales. Cómo lágrimas en un velorio, las gotitas se escurrían de a poco y formaban charquitos, en el asiento de enfrente dos niños jugaban a las carreritas, cada uno había elegido su gota y las contemplaban resbalar despacio al vaivén de los topes de la avenida Tláhuac. Claudio Ignacio los miró con ternura y se le hizo un nudo en la garganta. Los señaló con el dedo y le susurró por lo bajo a Ángela.
- A dos así de chiquillos me chingué una vez en un fuego cruzado.- se tronó los dedos en el tubo del asiento, mientras se mordía los labios.
- Andábamos patrullando una zona que se sospechaba era el epicentro de una operación, llevábamos días caminando en los lodazales y en una barranquita de por ahí emboscaron a mi pelotón. *La voz de su comandante le resonó en las orejas*<<TODOS A CUBRIRSE CHANGOS>> Disparamos a contrafuego durante una hora, de a poquito fuimos limpiando el perímetro y me acuerdo bien que yo le tiraba a unas plantas que se movían por ahí arriba de la barranca. Cuando fui a ver me encontré a los chavalitos, con una 45 cada uno. Ya muertos.-
Se le humedecieron los ojos, pero años y años de riguroso endurecimiento militar hicieron que rápidamente las lágrimas fueran reabsorbidas. Doña Ángela miró hacia la calle y el frío invierno le caló hasta el tuétano de los huesos.
-Dios te perdone y que se perdone a si mismo por poner a esas pobres criaturas en ese lugar, a esa mala hora.-
- Uno no es mala persona madre, uno obedece órdenes. Si alguna vez alguien tuvo una queja le iba en feria, y bueno, los soldados nos quejamos con nuestro superior y él a su vez con su superior y así consecutivamente, se va haciendo un teléfono descompuesto dónde todo se mal entiende y lo que se intentaba decir no llega con claridad al final. Me acuerdo que un día anunciamos por radio que íbamos a entrar a “Los Guayabos” un pueblito de por allá. Solicitábamos permiso para pasar por en medio, pues nosotros nada más íbamos de paso. La orden se pidió y luego de esperarlos al lado de la carretera… horas, se comunicó directamente con nosotros un teniente, preguntándonos << A ver soldados, ¿qué chingados es eso de que las guayabas y no sé que pendejadas?>> Estaba encabronado, y ya luego le explicamos bien que no era “Las guayabas” si no, “Los Guayabos”. Son chingaderas. ¿No creé?-
-Pues si mijo, pero esa culpa también la tienen ustedes, por siempre dejarse sobajar por sus superiores. No te ofendas, pero hay maneras de pedir las cosas. Está la mala y a lo pendejo, pero también se puede dialogar con la gente. –
Él supo que tenía razón.

Del camión poco a poco se fueron bajando las personas, todos llevaban prisa, todos se notaban angustiados, apresurados, con las caras pálidas. Así corriendo sentían que le daban vuelta a la vida, que la “aprovechaban” y corrían y corrían arrojando envases desechables a su paso, ácido de batería y smog en sus bolsillos. Ángela purísima miró por la ventana, suspiró y dijo. – ¿Apoco no sería padrísimo que la gente no se peleara? ¿Qué todos viviéramos tranquilos?-
-La gente no respeta madre, a la gente le vale madre.- Ella volvió a mirar por la ventana y torció la nariz, susurro a lo bajito –A mí no me vale madre. Los pendejos son los que no esfuerzan para que las cosas cambien. Los que no respetan, los que siempre quieren chingar al otro. Pero no toda la gente es así, no puedes ir por la vida pensando que todos son iguales.-
Él se quedó callado.

Llegaron cerca de un mercado de fachada roja, dónde se vendían de a 2 x $80 unas pollitas, que afirmaba el señor eran gallinas ponedoras de las mejores estirpes, pero sus patas gordas las delataban. Las señoras andaban vueltas locas, de un lado pa´l otro comprando cositas, estirando el gasto hasta dónde se podía, uno podía intuirlo, de verle la cara a los vendedores a los que les regateaban, un peso menos, un aguacate más y otro momento para existir juntos.
-Mire guacho.- rompió el silencio Ángela.- Yo bajo ya merito en la otra esquina, pero quiero pues que algo le quede bien claro.- Le dijo. – En el mundo hay muchos tipos de personas, muchos tipos de fuerzas. Todo es un equilibrio y todos coexistimos bajo las mismas circunstancias, en este animalote vivo llamado planeta tierra.-
Él tragó saliva y se agarró la cara, <<Esto es mucho. Demasiado para un solo día.>> pensó.
- Y si uno no hace lo que puede, si uno no deja de intentar pisotear al otro, de escalar, de ser voraz sin retribuir, de quejarse sin proponer nada va a cambiar. Así que mijo, júntese con sus compañeros de infortunio, a ver que se logra. Sirva a quien realmente merece de su servicio, ayude a quien de verdad lo necesite y haga siempre el bien. Véase a usted mismo en los demás, vea la cara de su madre en las caras de las otras mujeres, si aceptamos que todos estamos hechos de lo mismo, de la misma cosa, lo demás deberá venir sólo.-
Él la contempló maravillado y le pareció tan hermosa, llena de buena energía; le agradeció torpemente los consejos y le extendió los brazos para abrazarla, ella le correspondió el abrazo y antes de que él se diera cuenta le plantó un beso enorme en la boca.-Ándele cabrón, bien que querías.- le dijo – Bueno, queríamos los dos.- ella se ruborizó un poco y él soltó una carcajada tal, que el conductor del camión volteó a verlos en el retrovisor. 

En el reflejo, un par de piernas femeninas se levantaron del asiento y se dirigieron a la puerta, el timbré sonó y el camionero se detuvo. Nadie supo que se dijeron al despedirse, porque al contar la historia, Claudio Ignacio siempre lo omitía. El chofer del camión lo miró quitarse la gorra y alisarse el pelo. Le dio la impresión de que a ese hombre le faltaba un camino largo y le gritó desde su asiento. –La siguiente parada está todavía lejos amigo y se pone feo por allá…-
-No se preocupe.- Le respondió Claudio Ignacio.- No tengo otro lugar a dónde ir. Nada va a pasarme porque tengo que regresar.-
El chofer guardó silencio.

El camión se desvaneció entre aquel tortuoso camino lleno de baches, adentro de él, un hombre ha conocido a una mujer que ha cambiado su vida, dentro de algunos años no podrá recordar cómo era, a que olía, pero sus palabras habrán de resonarle en la cabeza por siempre. Desde aquel día, se verá a sí mismo, cómo un pececito en una enorme cardumen de peces que nadan en el mar. Y se sentirá parte de ellos, nadando en enormes espirales sincronizadas, codo a codo, o bueno, aleta con aleta con otros peces. Y entenderá, que es una parte importante del cuento, pero que el cuento no habla de él.
No concretamente.
El cuento habla de todos.
Para todo lo que se dice, hay una parte que se oculta.
Así funciona el universo, las consciencias somos sólo momentos, fantasmas que se quedan en las fotos, en los archivos, en los recuerdos. Y si hacemos algo extraordinario, viviremos por siempre, en la mente de los que nos recuerden. Ese es nuestro verdadero mérito, es ello lo que nos convierte en viajeros en el tiempo. Es todo aquello que dejamos todos los seres vivos atrás, huellas.
Restos.


Más nos vale dejar algo bueno…

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