Notas sobre la avaricia de contar mejor.
Algo me pasa con las historias que llaman mucho mi atención. He de confesar que a veces puedo ser un tacaño de primera, sobre todo con las palabras (probablemente algo relacionado con mis antepasados; ustedes saben, esa atribución de avaricia y codicia que se le cuelga al judaísmo en el inconsciente colectivo, como obedeciendo a los arquetipos de Jung, de pronto soy una nariz que lo que más anhela es la economía del lenguaje.)
Y bueno ¿Como es que generamos la codicia? Codiciamos lo que vemos todos los días, y si nuestros ojos no se pasean por esa motocicleta que tiene aquel pendejo,<<que bonito ruge.>>, lo hacen por esa camisa desabotonada que usa este otro <<que bonito color.>>, <<que verga tatuaje.>>, por el aparente éxito de este <<hijo de puta, se tituló en 2 meses y ya entró a la maestría en Uruguay. >>, por la mujer de aquel, <<madre mía, es todo culo y tetas.>>, por el trabajo de unos <<ese mierda no hace nada y gana el doble que yo.>> y por la flojera de otros <<míralo como duerme con toda la facilidad del mundo, ojalá yo pudiera dormir así.>>
Pero ¿como se genera la avaricia de las historias?
No sé. Yo abro casi cualquier libro, cuento o artículo y sé casi inmediatamente como será mi ritmo de lectura con dicho texto en particular. Los hay pesados, cíclicos e inentendibles, como ir en una pesada bicicleta holandesa, con un solo piñón y con las llantas bajas en una subida. Cansado, fatigoso, los personajes o los argumentos son ininteligibles, las atmósferas poco impactantes, los diálogos sosos, la retórica vulgar y simplona. Casi siempre les doy carpetazo enseguida.
No sé. Yo abro casi cualquier libro, cuento o artículo y sé casi inmediatamente como será mi ritmo de lectura con dicho texto en particular. Los hay pesados, cíclicos e inentendibles, como ir en una pesada bicicleta holandesa, con un solo piñón y con las llantas bajas en una subida. Cansado, fatigoso, los personajes o los argumentos son ininteligibles, las atmósferas poco impactantes, los diálogos sosos, la retórica vulgar y simplona. Casi siempre les doy carpetazo enseguida.
Luego existen estas historias que uno aguanta porque se caen y se levantan, te tienen a media asta, te prenden, te apagan, las dejas unos meses, regresas a ellas, y al final terminas apresurándolas porque sientes la necesidad y el compromiso moral de llegar hasta el final. Son comparables a la pizza que lleva 4 días en el refri, básicamente es mejor que quedarse con hambre, aunque todos sabemos que está mal. Es como el sexo mediocre con alguien que ni te gusta tanto, lo empezaste, no te encantó y piensas <<bueno, ya invertí en este pedo tiempo y dinero, hice el esfuerzo, lo conseguí y tal vez si me gustó un poco.>> así que lo mejor es terminar. Al final ambos (lector y libro) terminan dándose las gracias de una manera un tanto incómoda y cada cual agarra su camino, sin embargo en tu inconsistente está decidido <<No vuelvo a entrar ahí>>
Luego están los textos muy cabrones, esos que son como una pelea entre lector y escritor. Sientes el aliento del autor en su voz, te atrapa como un aliado y te hace girar y girar con él. Me pasa que los empiezo y sin darme cuenta en poco tiempo voy a la mitad (es en este punto dónde se prenden mis focos rojos)
<<En la madre, llevo un día con este libro y ya le avancé un tercio>> ahí es cuando me asusto, donde tengo este ataque de tacañería y envidia.
<<En la madre, llevo un día con este libro y ya le avancé un tercio>> ahí es cuando me asusto, donde tengo este ataque de tacañería y envidia.
Mientras más disfruto una lectura, más crece el sentimiento de que pronto se terminará, llego incluso a botar el libro en el escritorio y el pobre libro me mira como suplicante, desamparado y en mi cabeza solo reina la idea de que debo disfrutarlo más despacio, y sin embargo a veces no puedo parar. Me siento como esos adictos que intentan fumar de a poquito, sabiendo de antemano que su reserva va a marcar cero pronto. Como esos niños gordos (de los que fui y seré parte siempre) que se chingan 2/3 del chocolate en dos mordidas, pero intentan apenas lamer de a poquito el último tercio, para que el placer les dure más, y sin embargo no pueden. La codicia se apodera de mí cuando en dos o tres páginas leo una historia sólida, con un final inesperado, acá están los Chinaskis, los Keret, los Palahniuk, los Bolaño, los Sainz, los Velasco, los Cortázar, los Rulfo, los Poe, los García Márquez.
Cuando experimento esa sensación de que algo adentro de mí se movió, que algo se inflama o se quema, volteo a mi alrededor y todo parece seguir igual, en el metro, en el camión, en mi cuarto, en la escuela, quisiera gritar, salir corriendo, quitarme la ropa; quisiera sarandear a la banda cercana y decirles lo muy cabrón que se siente todo desde que leí lo que acabo de leer, invitarlos a que toquen una leve nube y se eleven hasta dónde yo pude por unos momentos breves tener sapiencia e iluminación. Pero jamás lo hago. Me limito a mirarlo todo con los ojos muy abiertos, en silencio, mientras mil pensamientos le dan vuelta a mi cabeza en un segundo.
Por otro lado, un mezquino y pequeño gnomo en mi oreja me reprocha que a mí no se me ocurren ideas así de geniales, que en mi cabeza no haya gigantes alados, cuervos terroríficos con un sólido "Nunca más", morras que se convierten en hombres gorditos y peludos de noche, con las que uno puede ser feliz. El gnomo me reprocha que no sea capaz de contar de la manera en la que ellos cuentan. Simultáneamente otra vocesilla en la otra oreja me dice "Reláaaaaajate viejo. Aprende, aprende de los maestros."
Estas historias siempre tienen la virtud de que no importa cuántas veces las lea, y re-lea, siempre hay algún sabor nuevo, una idea que no caché la lectura pasada, un hilo o una pista que encaja con algún momento de mi vida.
Creo que la motivación principal de intentar contar una historia es esa, transmitir un sentimiento, generar un cambio en el lector, retarlo, sacudirlo, darle el sentimiento de plenitud y vacío máximo, cambiar la manera en la que ve el mundo, para que de alguna manera, él termine por cambiar su propio mundo y al mismo tiempo, cambie el de todos.
Quiero decir más escribiendo menos.

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