Uno de las primeras memorias que tengo, es de mi papá
llevándome a escondidas al SportsBook, que en aquel entonces se llamaba “CALIENTE” yo creo que tenía unos 5 o 6
años. En la entrada (adornada por muchos focos y unas cortinas terribles como
de terciopelo rojo) una señorita de chongo rubio en la cabeza le daba negativas
a mi viejo, que por cierto tendría apenas unos 23 o 24 años (ligeramente más
joven de lo que soy yo ahora.) El chiste es que logró convencer a la señorita
de que yo no representaba mayor problema o de que por alguna razón estaba bien
que yo estuviera ahí y nos dejaron pasar.
Ya adentro, muchos señores en bancos altos, forrados con el
mismo terciopelo rojo (que más bien recuerdo estaba en todos lados) piden y
piden copas en una barra larga que hábiles cantineros manejan lanzando botellas
por el aire y atrapándolas justo antes de que se estrellen entre ellas. El
ambiente está lleno de humo de cigarros y huele a borracho. Hay incluso algunas
mujeres galantes sentadas con los apostadores, riendo, fumando y bebiendo con
ellos. Papá me pide que lo acompañe a la taquilla y compra dos programas. Uno
para él y otro para llevárselo de encargo a mi abuelo.
-¿Quieres ver una carrerita?- Me pregunta. Yo le digo que
si, creyendo con inocencia que en algún lugar del lugar habremos de encontrar
los caballos. Que los caballos estaban escondidos detrás de todo ese terciopelo
chillante y que saldrían de alguna manera y correrían ahí, bueno… no era para
nada cierto.
Tomamos asiento en alguno de aquellos bancos altos y él me
señala un grupo de pantallas empotradas en la pared, en ellas varios hipódromos
del mundo o de Estados Unidos transmiten sus carreras, hay carreras de
caballos, deportes, carreras de galgos. Me invade un poco de decepción y tantas
imágenes de manera simultánea me aturden un poco, no sé a que pantalla debería
estar mirando. Volteo a ver a papá y él parece concentrado en la revista que le
entregaron en la taquilla. Sigo escudriñando a mi alrededor, un señor parece
muy contento, se ve rojo como un jitomate y tiene sentado a su lado a esta
mujer con una falda muy corta, la falda más corta que había visto yo hasta ese
entonces. Le acaricia los muslos, brillantes y deliciosos trozos de carne enfundados en
mayas blancas de red y ríe a carcajadas, mientras un poco de saliva le sale de
la comisura de los labios como una pequeña explosión en cada risotada.
–Todos van a meterle al cuatro, pero no han visto al seis,
es un pagazo, esta vez sí nos los vamos a chingar.- me dice. –Papá… ¿toda la
gente puede ganar?- le pregunto. Él frunce el entrecejo y sigue viendo su
programa. –No hijo, no todos pueden ganar. Tenemos que ganar nosotros, si toda
la gente ganara, nadie ganaría nada. El caballo que hace el más grande esfuerzo
es el que gana, gana el mejor.-
En aquel momento no lo entendí para nada. Pero
siento que esas palabras me hacen sentido ahorita. Había un mensaje profundo
escondido. Mi primer acercamiento a “morir en la raya” “Apostarlo todo por una
idea” “El que se esfuerza, gana”.
Estuvimos poco tiempo según lo recuerdo. Papá me invita a
que hagamos una apuesta juntos, me lee los nombres uno por uno de la carrera
siguiente. Hay de inmediato un nombre que llama podersamente mi atención. Se
llama Blue Demon. De inmediato me
lleva a la taquilla y compramos el boleto, Blue
Demon, número 6 debía ser el ganador.
Los caballos toman posición, Aarón pone nuestro boleto en la
bolsa de mi camisa y me sube a sus hombros (que ahora no entiendo que sentido
tenía, estábamos en un banco rosa, rodeados de adultos que seguramente hicieron
gesto porque yo les tapaba la vista. Pero bueno, que la chupen los adultos) empieza
la carrera. Las carreras de cuarto de milla son algo maravilloso y terrible,
pues un mal arranque o algún leve golpe durante la carrera pueden arruinar la
ventaja de un caballo. Son un tornado de patas, maldiciones de jinete, bufidos
y latigazos que hacen cimbrar la tierra en la que estás parado, literalmente
puedes sentir bajo los pies aquel tren imaginario equino. Claro, en aquel momento
yo solo veo atento la pantalla que me señaló mi viejo, sin entender mucho de lo
que está pasando. Pero él está eufórico, levanta las manos y grita ligeramente.
Al sentir su exaltación le aprieto el cuello con las piernas, en mi bolsa de la
camisa, al lado de mi corazón, siento el boleto palpitante, emocionante y
caliente.
Es un final de fotografía. Papá me baja de sus hombros y
busca el boletito adentro de mi camisa. En la televisión repiten la carrera,
con diferentes ángulos de cámara. Mientras abajo en un pequeño recuadro dos
caballos dan vueltas antes de entrar al círculo de ganadores. Blue Demon Es un caballo negro y enorme,
muy bonito. Tiene un curioso garabato amarillo con fondo negro en su espalda
(el número 6) de manera tal que parece que el 6 es en realidad pelo amarillo
que le crece milagrosamente ahí, bueno al menos así lo pienso yo. Creo que de
niño yo veía el mundo muy extraño, como que descomponía las formas y terminaba
por jamás ver lo que me decían que estaba ahí, más bien verlo de otra manera.
Ponen la foto en pantalla, son dos borrones negros y una línea que los delimita. Gana el otro caballo por nada, una nariz, un pedazo de nada y me pongo triste. Blue Demon se aleja con la cabeza gacha, como si estuviera profundamente derrotado y sale del cuadro de la imagen. Mi viejo me abraza y me dice que no pasa nada. Salimos de ahí y creo (o quizá estoy deformando el recuerdo) que me compró un helado y nos fuimos a trabajar.
Ponen la foto en pantalla, son dos borrones negros y una línea que los delimita. Gana el otro caballo por nada, una nariz, un pedazo de nada y me pongo triste. Blue Demon se aleja con la cabeza gacha, como si estuviera profundamente derrotado y sale del cuadro de la imagen. Mi viejo me abraza y me dice que no pasa nada. Salimos de ahí y creo (o quizá estoy deformando el recuerdo) que me compró un helado y nos fuimos a trabajar.
Ahí nació otra idea profunda por la que creo estar
agradecido ahora.
“Ganar es lo mejor, perder no está tan mal. Lo realmente
importante es correr la carrera.”
Gracias a mi viejo por enseñarme que las derrotas, también
pueden terminar con un sabor dulce.

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