domingo, 19 de junio de 2016

Aarón, Blue Demon y yo.


Uno de las primeras memorias que tengo, es de mi papá llevándome a escondidas al SportsBook, que en aquel entonces se llamaba “CALIENTE” yo creo que tenía unos 5 o 6 años. En la entrada (adornada por muchos focos y unas cortinas terribles como de terciopelo rojo) una señorita de chongo rubio en la cabeza le daba negativas a mi viejo, que por cierto tendría apenas unos 23 o 24 años (ligeramente más joven de lo que soy yo ahora.) El chiste es que logró convencer a la señorita de que yo no representaba mayor problema o de que por alguna razón estaba bien que yo estuviera ahí y nos dejaron pasar.

Ya adentro, muchos señores en bancos altos, forrados con el mismo terciopelo rojo (que más bien recuerdo estaba en todos lados) piden y piden copas en una barra larga que hábiles cantineros manejan lanzando botellas por el aire y atrapándolas justo antes de que se estrellen entre ellas. El ambiente está lleno de humo de cigarros y huele a borracho. Hay incluso algunas mujeres galantes sentadas con los apostadores, riendo, fumando y bebiendo con ellos. Papá me pide que lo acompañe a la taquilla y compra dos programas. Uno para él y otro para llevárselo de encargo a mi abuelo.

-¿Quieres ver una carrerita?- Me pregunta. Yo le digo que si, creyendo con inocencia que en algún lugar del lugar habremos de encontrar los caballos. Que los caballos estaban escondidos detrás de todo ese terciopelo chillante y que saldrían de alguna manera y correrían ahí, bueno… no era para nada cierto.

Tomamos asiento en alguno de aquellos bancos altos y él me señala un grupo de pantallas empotradas en la pared, en ellas varios hipódromos del mundo o de Estados Unidos transmiten sus carreras, hay carreras de caballos, deportes, carreras de galgos. Me invade un poco de decepción y tantas imágenes de manera simultánea me aturden un poco, no sé a que pantalla debería estar mirando. Volteo a ver a papá y él parece concentrado en la revista que le entregaron en la taquilla. Sigo escudriñando a mi alrededor, un señor parece muy contento, se ve rojo como un jitomate y tiene sentado a su lado a esta mujer con una falda muy corta, la falda más corta que había visto yo hasta ese entonces. Le acaricia los muslos, brillantes y deliciosos trozos de carne enfundados en mayas blancas de red y ríe a carcajadas, mientras un poco de saliva le sale de la comisura de los labios como una pequeña explosión en cada risotada.

–Todos van a meterle al cuatro, pero no han visto al seis, es un pagazo, esta vez sí nos los vamos a chingar.- me dice. –Papá… ¿toda la gente puede ganar?- le pregunto. Él frunce el entrecejo y sigue viendo su programa. –No hijo, no todos pueden ganar. Tenemos que ganar nosotros, si toda la gente ganara, nadie ganaría nada. El caballo que hace el más grande esfuerzo es el que gana, gana el mejor.- 

En aquel momento no lo entendí para nada. Pero siento que esas palabras me hacen sentido ahorita. Había un mensaje profundo escondido. Mi primer acercamiento a “morir en la raya” “Apostarlo todo por una idea” “El que se esfuerza, gana”.

Estuvimos poco tiempo según lo recuerdo. Papá me invita a que hagamos una apuesta juntos, me lee los nombres uno por uno de la carrera siguiente. Hay de inmediato un nombre que llama podersamente mi atención. Se llama Blue Demon. De inmediato me lleva a la taquilla y compramos el boleto, Blue Demon, número 6 debía ser el ganador.

Los caballos toman posición, Aarón pone nuestro boleto en la bolsa de mi camisa y me sube a sus hombros (que ahora no entiendo que sentido tenía, estábamos en un banco rosa, rodeados de adultos que seguramente hicieron gesto porque yo les tapaba la vista. Pero bueno, que la chupen los adultos) empieza la carrera. Las carreras de cuarto de milla son algo maravilloso y terrible, pues un mal arranque o algún leve golpe durante la carrera pueden arruinar la ventaja de un caballo. Son un tornado de patas, maldiciones de jinete, bufidos y latigazos que hacen cimbrar la tierra en la que estás parado, literalmente puedes sentir bajo los pies aquel tren imaginario equino. Claro, en aquel momento yo solo veo atento la pantalla que me señaló mi viejo, sin entender mucho de lo que está pasando. Pero él está eufórico, levanta las manos y grita ligeramente. Al sentir su exaltación le aprieto el cuello con las piernas, en mi bolsa de la camisa, al lado de mi corazón, siento el boleto palpitante, emocionante y caliente.

Es un final de fotografía. Papá me baja de sus hombros y busca el boletito adentro de mi camisa. En la televisión repiten la carrera, con diferentes ángulos de cámara. Mientras abajo en un pequeño recuadro dos caballos dan vueltas antes de entrar al círculo de ganadores. Blue Demon Es un caballo negro y enorme, muy bonito. Tiene un curioso garabato amarillo con fondo negro en su espalda (el número 6) de manera tal que parece que el 6 es en realidad pelo amarillo que le crece milagrosamente ahí, bueno al menos así lo pienso yo. Creo que de niño yo veía el mundo muy extraño, como que descomponía las formas y terminaba por jamás ver lo que me decían que estaba ahí, más bien verlo de otra manera. 

Ponen la foto en pantalla, son dos borrones negros y una línea que los delimita. Gana el otro caballo por nada, una nariz, un pedazo de nada y me pongo triste. Blue Demon se aleja con la cabeza gacha, como si estuviera profundamente derrotado y sale del cuadro de la imagen. Mi viejo me abraza y me dice que no pasa nada. Salimos de ahí y creo (o quizá estoy deformando el recuerdo) que me compró un helado y nos fuimos a trabajar.

Ahí nació otra idea profunda por la que creo estar agradecido ahora.

“Ganar es lo mejor, perder no está tan mal. Lo realmente importante es correr la carrera.”



Gracias a mi viejo por enseñarme que las derrotas, también pueden terminar con un sabor dulce.

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