jueves, 10 de diciembre de 2015

La noche en el parque.



Las noches en el parque son la cosa que más me gusta. Mientras anclado, observo a los paseantes ir, venir, hacer ecos con sus pisadas. De día todo es agitado, ruidoso, lleno de luz. De noche siempre es más calmado, agradable.

Todo puede pasar en el parque. He sentido sobre mi piel hepóxica el frío de las noches más heladas en la soledad del silencio. En el momento de la madrugada que puedes oír a la calle respirar, a los árboles estirarse sobre sus raíces y todo ser vivo sueña. He escuchado a las lechuzas y búhos ulular los cantos que hechizaron a los amantes de los edificios cercanos, que estallaron en un orgasmo que rompió la parsimonia, creó un hoyo temporo-espacial en su realidad y todo cambió, empezaron a notar que se amaban.

Que bello el amor... aunque negado para nosotros; las bancas de parque. Somos de hierro y fuimos creadas para aguantar. A veces, cuando veo a los amorosos pasearse de las manos, saboreando deliciosos alimentos dulces mientras agitan sus alegres carnes y se les va la vida en besos, abrazos y caricias me corroe la metálica entraña y mi cuerpo vibra inconforme. Un chirrido metálico hace un pequeño eco y voltean a verme, pero enseguida se olvidan de mí y siguen caminando.

A veces se sientan en mi cuerpo y se aman, se entregan y entremezclan, aunque a veces también se odian, se separan y se muerden los huesos. He visto en la misma proporción lágrimas y risas. He escuchado de sus bocas los más bellos pensamientos y las más grandes blasfemias y sandeces. Lo conveniente de percibir el mundo de manera inmóvil, pues cómo les he dicho; soy una triste banca de parque, es que uno no elige a quién conoce.

Es preciso tal vez comunicarle a los hombres, que la vida de las bancas de parque es sumamente intensa internamente. Primeramente deben enterarse que nosotros tenemos nombres (masculinos y femeninos, dependiendo nuestro sexo), además de ello tenemos personalidades (banconalidades) propias. Nuestra vida es quedarse quieto en el mismo lugar y ver todo pasar. Esperar. Por lo que desarrollamos mucho nuestra capacidad de observación.

He visto y oído gran parte del espíritu humano, correr, esconderse, multiplicarse y destruirse. Sé leer el comportamiento y el lenguaje corporal de los hombres e infiero sus pensamientos, los cuales a veces confirmo con sus argumentos.

Una noche peculiarmente helada pasaron frente a mí dos tórtolos embelesados. Él la toma a ella de la cintura y ella rodea su espalda con el brazo. Pasean despreocupadamente viéndolo todo, de cuando en cuando se detienen a contemplar una cosa u otra; mientras lo hacen acercan lateralmente sus cabezas y puedo sentir cómo sus cerebros forman lazos. Él le busca la oreja entre los cabellos e inhala profundo. Mi sentido de la observación me deja ver como sus hombros se aflojan y relajan. Obtiene una especie de paz química de ella. Ella voltea en reacción al gesto y se besan. Observo los parsimoniosos movimientos de sus caras, mientras se olvidan de su propia existencia y se entregan a una oscura y dedicada pelea de labios, lengua y saliva. Se muerden un poco, y escondida en millones de años de evolución, está la muerte en sus mordidas. Y esas pequeñísimas muertes son hermosas. Cuando se inhalan simultáneamente los alientos y se crea un vacio en sus bocas, que termina por fundirlos más, en esa locura de receptores químicos y movimiento, pues sus lenguas son dos peces que nadan en un océano de jalea rosa, con estrellas de mar, tritones y sirenas. Dos peces entregados al impulso más primario de supervivencia.
Mantenerse juntos.

Él la sujeta más fuerte y ella lo corresponde. A partir de este punto me es difícil entender la vorágine que deben ser sus cabezas. Pero sus cuerpos pueden apenas contener un enorme ímpetu proveniente del corazón mismo. Es cómo ver crecer una ola invisible que flota entre sus pechos. Se acarician la cabeza y espalda y entre sus dedos corren ríos de sensaciones que erizan sus pieles. De a poco abren los ojos, se reconectan a este mundo, mientras observan al cíclope del que habló Cortázar y le sonríen al otro cíclope simultáneamente, luego se olvidan de los besos y terminan sumidos en un abrazo de respiraciones unísonas y de paz. Se miran a los ojos y de alguna manera entienden cosas nuevas. Ahora su lenguaje corporal es distinto, mucho más relajado. Entiendo que han subido momentáneamente al cielo y que algo de ahí arriba les dio esa calma. Finalmente, siguen su camino.

Aquella escena me pareció realmente conmovedora, angustiosamente solitaria. No es que esté desacostumbrado a la soledad, pero de pronto pensé en ello. En que mi destino era jamás poder tener por mucho tiempo a alguien cerca. Me sentí usado, deprimido, pasé horas y horas con esas mismas ideas en la cabeza. De pronto, bella sorpresa se aparece ella, cruzando tambaleante hacia mí. Su cabello tiene un poco de vómito y sostiene su teléfono en una mano. Está despeinada y se nota molesta, su cara fluctúa en un gesto entre la tristeza y el odio. Se me derrumba encima mientras torpemente intenta revivir el celular muerto. No lo consigue. Entonces se aprieta los brazos con las manos y se suelta a llorar. Sus lágrimas caen sobre mi cuerpo y me derriten el alma. Intento rodearla pero mis brazos metálicos no se despegan del piso. Pienso en aquellos otros acariciándose, sintiendo al otro y reconfortándolo. Haciéndose mutuamente niditos de paz y telarañitas de esperanza. Ella, respira entrecortadamente y observa los alrededores. Decide finalmente quedarse quietecita. Respirar con normalidad. Su cansancio me es evidente. De a poco empieza a recostarse sobre mi cuerpo.

De pronto todo cobra un nuevo sentido para mí y considero mi actual existencia cómo algo nuevamente bueno y provechoso. Mi misión de la noche ahora es cuidarla, brindarle la mayor cantidad de comodidad y reconfortarla. Pienso cuanta suerte tendría si pudiere tener manos, dedos, piernas y labios, siento sus formas y el calor de su cuerpo contra el acero del mío. Y poquito a poquito empiezo a vibrar, cada vez más rápido pero no lo suficiente para despertarla, vibro para generar calor. Caen por el parque hojas secas de los árboles y los pajarillos le dan la bienvenida al primer claro del sol. A la luz precoz del amanecer.


Fue entonces que opté por dormirme. Dormirme igual que un tímido novio impotente en su primer noche de bodas. Y soñé, soñé con dulces muertas blancas, cuyos muslos temblaban sobre mi piel.

Cuando desperté estaba exhausto, vacío y postrado. Cómo debe estar un buen amante después de una noche de continuos placeres. 

Cuando desperté, ella se había marchado.

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