He contemplado mi existencia cómo un acccidente temporal y risible. Mientras todos pegan el ojo, heme aquí; he soñado contigo mil noches y sin embargo no eres la misma. Han transcurrido dos meses desde el exilio y todavía no puedo acostumbrarme a estar sin ti… Eres una nada y siento que me haces falta. ¿Dónde quedó la otra mitad de mi alma? Olvidé que también los vómitos son sagrados, que expían tu alma. “La noche del antropófago, la noche del come humanos”. Así bautizaré cada día que tu sagrado/maldito recuerdo me llegue a la cabeza. Ya no creo en ti, ni en nadie. No creo en nada, no tengo coherencia ni conexión ni certeza de cualquier cosa. Mis días se limitan a leer, a dormir, a comer sin hambre. No, no estoy deprimido, no lo pienses si quiera, estoy en stand by, estoy suspendido entre estas 4 paredes blancas que me recuerdan a las noches que dormí en el manicomio, al menos ahí había gritos, risas histéricas, al menos ahí había compañía. Estuve pensando en buscarte en las puertas vecinas, pero lo único que encontré fue el vacío que me da estar con otros 3 humanos. Me pesa mucho no tener a nadie a quién transmitirle mis alegrías y mis agonías. Que crudo es lidiar en silencio con mis demonios, mientras me muerden por pares la carne yo me quedo muy calladito, muy dormidito en mis laureles; muy sosegado, muy carente de todo. Que puta cruda he de tener mañana, pues me empiné cerveza tras cerveza esta noche, para intentar borrarte de mí y ¡JA! Mira lo que he logrado, arrastrarte cada vez más a la superficie, desanclarte para tenerte cerca. Me recuerdas a esos cuerpos de anfiteatro, cadáveres blandos y pálidos sumergidos en una solución de formol, cuyo único pecado fue morir sin nombre ni testigos, cuyo pecado fue que nunca nadie los quiso lo suficiente para reclamar sus restos; así te saqué esta noche del fondo de tu tanque, en tu plancha de metal alzada por cadenas, fui dándole vuelta despacio a la grúa que levanta tus restos y cuando vi tu piel tocando la superficie del jugo de muerto que te rodea, sentí pánico, porque la muerta no eras tú, si no yo en aquella plancha, más bien; no era yo, si no lo que era yo. Y me solté de nuevo, para irme al fondo del formol sanguinolento. Una gran parte de mí murió aquella noche y sin embargo todavía no se traga la tierra mis huesos, no alcanzan todos los gusanos a integrarme de nuevo al suelo, porque mi antes vivo cadáver es enorme y ellos no pueden comer tanto. Tengo a la muerte esperando afuera de mi puerta, salgo, la veo a los ojos y le digo buenos días, buenas noches, buenas madrugadas; aguanta, muerte, voy al baño a echar el 2° vómito de la noche. Tanto invertirle al abandono de la sobriedad, tanto intentar buscarte al fondo de mis cajas de cartón, tanto tiempo y tanto espacio. Sin coincidir.
Haikú:
“Estuve quieto
Hay aves muertas aquí
Sueños que se van”
Oigo la tristeza gotear en el lavabo del baño.
Oigo reír a las montañas.
Todas las mañanas el cielo será azul y plácido
o será tal vez cómo fue ayer
Gris, nublado.
Todas las noches cuando voy a acostarme
Mi cuerpo advierte que se acuesta
Encima de otro cuerpo que es el mío.
Se entremezclan y disgregan
Se aman y se odian.
Se tocan y se repelen.
poco amor
o poca vida
Poco importa
Despertaré en la tumba
Que es mi cama
Vestido de esqueleto.
Y cómo lo dijo alguna vez Chinaski
“Lo que cuenta
es observar las paredes
yo nací para eso
NACÍ PARA ROBAR ROSAS DE LAS AVENIDAS DE LA MUERTE”
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