domingo, 11 de octubre de 2015
Avioneta sinaloense.
Sobrevolando en mi avioneta, divisé una escena particular, debajo de mí, un establo lechero con un millón de vacas se mueve cómo se mueve todo dentro de un ser vivo.
Un establo es cómo un organismo autónomo en dónde cada vaca y cada hombre cumple una función diferente. En la esquina del último corral un sombrerudo de overol azul le mete la mano en el culo a una vaca. A esta altura nadie puede adivinar la expresión de su cara, ni que piensa, ni que dice, pero hay un factor desconocido y también familiar; debajo de aquel sombrero ese hombre está pensando en darse un tiro.
Digamos pues entonces, hipotéticamente, que aquel infeliz pisoteado por el bicho de 400Kg con los tobillos torcidos y la boca seca le da un trago desesperado al agua del bebedero, el imbécil tal vez tenga diarrea después, tal vez su desesperación forzada lo lleve a dejar de comer un día o dos para controlar el seguidillo. Tal vez sueñe que despierta, quizá hasta tenga los pies morados, los tobillos rotos o un dolor crónico de espalda.
Doy media vuelta en el aire mientras pienso en aquel pobre estúpido. Él le saca la mano a la vaca y con señas le pregunta al monigote de enfrente que otra viene en la lista, sus movimientos son lentos, cansados. Se nota a leguas que tiene el brazo hecho pomada pues lo levanta poco y lo mueve despacio. Ahora el pobre corre tras una vaca que se salió del comedero.
Pocas veces he sentido tanta compasión por alguien. Pero heme aquí, dispuesto a ser el humilde instrumento por el que fluya la gloriosa voluntad de la mano del señor. Tomo el cuerno de chivo despacio y le pido al copiloto que de media vuelta. Soy el ángel de la muerte Sinaloense, la punta de la lanza del destino, los clavos de Cristo; corto cartucho y apunto. Una ráfaga alcanza al infeliz, no sin antes derrumbar también a la vaca que estaba correteando. Ambos caen, pero el sombrerudo del overol azul cae boca arriba.
Temblando en un charco de sangres bovina y humana me hace una seña aprobatoria con el pulgar y sonríe, sé que lo hace porque un brillo blanco de asoma a su cara. Le sonrío de vuelta y meto mi cuernito recortado por la ventana de la avioneta. Me dice adiós con la mano izquierda todavía cansada y con caca de vaca y estira la pata. Me enfilo contento a la sierra de Durango y le piso el gas a la avioneta.
Misión cumplida.
Algún día, tal vez alguien me tenga a mí la misma piedad.
Eso espero.
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