domingo, 26 de noviembre de 2017
Un bar en el centro...
Soñé que había un bar en el centro que cambiaba de dirección cada día, (ojo, el que era atento siempre hallaba el modo de encontrarlo) había siempre un perro orejón en la esquina de alguna de las calles en las que iba a aparecer el bar, al empezar a caminar sobre esa calle se tenía que ubicar primero a una mujer de cabello rojo que siempre caminaba en sentido contrario a dónde iba a aparecer, además de que nunca te daba la cara, luego había que ubicar a un indigente, que siempre era distinto, este individuo era al que le tenias que preguntar la contraseña con un amable "¿que tal se encuentra hoy?"
-COBARDE, MEZQUINO, BANDIDO, LEPROSO, TIFOSO.- gritaba el homeless y se iba.
Entonces había que empezar a fijarse en la numeración de la calle, cuando los números se hacían dispares y faltaba uno, debías detenerte ahí, cerrar los ojos y pensar
-coño, que sed tengo madre mía, me vendría bien algún trago.- y de pronto frente a tus ojos aparecía una puerta negra, pesada y de metal, 3 toquidos, dabas la contraseña y te dejaban pasar.
Adentro el escenario era siempre diferente, el bar podría estar atrapado en los 80's, con bola disco y todo, o bien podría estar en los 50's y oírse música Rockabilly, copetes altos, chamarras de cuero. Lo maravilloso es que cuando uno entraba automáticamente estabas caracterizado a la época, a mí me gustaba que me tocaran décadas como los 60's. Aunque la verdad mi favorito era aparecer en los días de punk de los 80's... Porque básicamente me dejaban vestido igual.
En fin. En el bar siempre había mucha gente, bien podrías irte al fondo, dónde no había bocinas ni tanta luz y poder tener conversaciones bastante agradables. O bien podrías sentarte con los tristes en la barra, había una gran pista para bailar, un traga monedas para poner música y te sentadas ahí a beber hasta que no recordabas quién eras y que hacías ahí.
A veces había promoción de cosas, bebidas más baratas, un cartel gigantesco que decía "2x1" aparecía de cuando en cuando; 2x1's que resultaba ser que el tiempo total que gastabas en el bar, al salir se reducía a la mitad, lo cuál te dejaba ahogado de pedo y a buena hora para volver a casa.
Un día en el sueño, salí del trabajo hastiado de todo. Busqué el bar y al entrar se sentía más sombrío que de costumbre. Me senté en la barra y escuché a alguien pedirle al bartender "Necesito olvidar" a lo cuál hábilmente respondió con una bebida en una copa alta que echaba humo. El tipo se la bebió y su cara se desdibujó en una especie de mueca sin expresión, viendo a la nada.
-Necesito algo que me eleve. - le dije al vato en tono de burla cuando se acercó a mí. Saco unas 12 botellitas realmente muy pequeñas y empezó a poner minúsculas cantidades de ellas en una onzera. Cuando estuvo llena la vació en una mezcladora y le puso mucho hielo. Me lo sirvió con alguna clase de jugo en un vaso alto con agitador. Me lo bebí despacio y mientras daba cada trago más reconfortado me sentía, mi cabeza estaba más ligera, mis ideas fluían más rápido, un calorcito me empezó a crecer en el pecho y sentía a mis pensamientos flotar en mi cabeza, al alcance de la mano.
Cuando salí del bar era bastante tarde, no recuerdo como llegué a mi casa, ni que hice en el camino. Pero desperté sintiéndome completamente renovado, nada crudo y bastante lúcido en general.
Ese mismo día volví y mis peticiones empezaron a volverse cada vez más específicas "necesito suerte, necesito ayuda, necesito saber si hay alguna forma diferente de hacer tal o cuál, necesito paciencia, necesito amor, necesito lucidez, necesito palancas, necesito poder, necesito sabiduría, necesito paz, necesito valor..."
De a poco fui dándome cuenta de que pasaba cada vez más y más tiempo adentro que afuera (cosa que no era evidente porque el tiempo se reducía cada vez más afuera, como un logaritmo creciente que siempre dividia a la mitad) pasaba horas, días enteros adentro y afuera apenas pasaban minutos, segundos.
El éxito, la fama, la familia, una esposa guapetona de adorno, un condominio grande, un rancho lleno de cabezas de ganado, extensiones cada vez más grandes de tierra, lujos, motocicletas, autos deportivos, trenes de vapor...
Todo empezó a saberme sin sabor porque en todo había recibido ayuda de las bebidas.
Me costaba cada vez más trabajo estar afuera, medianamente sobrio, sin todas aquellas personas que vivían en ese bar conmigo. En la barra había un espejo y a todos se nos veía perder de a poco el brillo de los ojos.
Nos estábamos convirtiendo en zombies indolentes, en cáscaras de algo que alguna vez fue puro, bello, bueno.
Un día de aquellos entré.
Había logrado todo lo que quise en la vida, eso y más.
Y no era suficiente.
-Quiero despertar.- le dije al cantinero. Él se rió con cierta sorna y me preparó un café. Cuando le di el primer trago, todo comenzó a volverse borroso, las caras se me desdibujaban y el espejo del fondo de la barra empezó a brillar.
Abrí los ojos y finalmente desperté.
Despierto.
Aquí, en esta realidad.
Sin rancho, sin esposa guapetona, sin dinero, fama, lujos o trenes de vapor. Pero sintiéndome increíblemente lúcido y tranquilo.
¿Que depara el destino? No lo sé.
Mientras, continuaré bebiendo, anhelando en cada trago un giro mayúsculo en la historia.
Confiando en que, tarde o temprano (siempre más temprano que tarde) todo llega a su lugar.
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