miércoles, 20 de enero de 2016

Saraí





Bueno, la conocí en un sueño. Entrando a 

una cantina de sombrerudos dónde el humo 

era denso, olía a coño y a halitosis; Como la 

boca de un cirroso. Ella se me acercó, se 

llamaba Saraí: Saraí era como Hércules; 

pero hembra. Y era menuda y tierna y como 

decía el poema, se hizo más menuda entre 

mis brazos y más tierna bajo mis ojos. Una 

enorme mata de pelo negro acompasaba el 

ritmo al que vibraba su ser. Su perfume era 

como el delirio; hízome pensar en las flores 

de los paraísos perdidos, negados a Adán 

hace eones, aquel floral aroma que hace 

que sucumban los insectos ante las plantas 

carnívoras, con psicodélicos colores en sus 

pistilos. Supe que Saraí era toda una mujer 

supe que era todo un peligro y como un 

insecto Kafkiano, metamórfico, sucumbí a 

sus encantos.

***


Saraí y yo, solos en un cuarto blanco, con 

una enorme king size con cabecera de 

madera. La besé y sentí el palpitar violento 

de las venas de su cuello; le gustaba, no 

había duda. El sol se colaba entre las 

cortinas, todo en el cuarto se quemaba 

lentamente bajo la flama invisible de una 

pasión por consumarse. Me arrodillé ante la 

diosa; tenía piernas largas, taaaaaaan largas 

y curvilíneas que me recordaron a las 

carreteras más peligrosas y me imaginé a mí 

mismo, diminuto en mi motocicleta, 

deslizándome sobre esas curvas, mientras la 

pedalera de la moto sacaba chispas de 

fricción. Estaba apunto de chocar y casi 

matarme. Y no me importaba, eran esas 

piernas kilométricas que no acababan nunca 

y el sol se vertía sobre ellas; era como si ahí 

arriba no hubiera un coño, si no algo 

muchísimo mejor. Empecé a despojarla de 

aquello que la cubría. Y aparecieron ante 

mis ojos maravillados tantos tatuajes que 

apenas podía diferenciar dónde empezaba 

uno y dónde terminaba el otro. Flores, 

cráneos, lobos, arañas, pájaros. Su piel era 

un lienzo perfecto y los tatuajes contaban 

historias. Era como si a la Venus de Milo la 

hubiera pintado Miguel Ángel. Yo estaba 

completamente fuera de mí. Oía unas 

palabras retumbar en mi cabeza "Es un 

hermoso síncope con foso...

Un cross de amor, pantera al plexo trópico...

Un compuesto terrestre de líbido edén 

infierno...

El paraíso hecho carne..."


***

La conduje sin soltarla al patíbulo dónde 

habríamos de sacrificarnos a los dioses, mi 

aliento era el viento que soplaba sobre las 

montañas de sus senos y mis manos los 

mares que acariciaban las playas de sus 

piernas, daban forma a las costas de su 

vientre y que finalmente se perdieron en sus 

recovecos. Deslicé la mano sobre sus muslos 

hasta que finalmente llegué a la tierra 

prometida. Sobé y ella se abrió y 

humedeció, como flor bajo la lluvia. Estaba 

lista. Yo estaba más que listo. Apuntalé y 

me deslicé entre sus paredes palpitantes y 

húmedas. Jesucristo, era terrible, hermoso, 

maravilloso y obsceno. Sus mejillas 

adquirieron un hechizante color rosado, 

mientras ladeaba la cabeza toda aquella 

enorme mata de pelo negro se derramaba 

por la almohada, como la tinta sobre el 

papel. Tenia la boca abierta y ante mis ojos 

desfilaban los dientes más blancos que hubo 

jamás en esta tierra de los sueños, besé 

aquella boca roja con la aprensión de un 

náufrago que bebe agua dulce por primera 

vez en mucho tiempo. Comenzó el trance de 

la meneanza y no sé con que fuerza dominé 

el impulso de terminarlo todo. Le di la 

vuelta para contemplar su espalda y nalgas. 


Los tatuajes cambiaban a mi voluntad y se 

transformaban en ilustraciones de batallas 

antiguas, escenas de la naturaleza, 

transmutaban a todos los colores del 

arcoiris, Saraí era como un camaleón y me 

mostraba exactamente lo que yo quería ver. 

Dios mío, era como si el mundo se acabara y 

empezara y volviera a a acabarse. Todo 

parecía real e irreal. El sol, las 4 paredes 

blancas, su cadera, sus piernas, su espalda. 

La habitación entera vibraba. Mi vista se 

empañaba y volvía a aclararse. El tranze de 

la meneanza se intensificó al grado dónde la 

violencia parecía algo paralelo. Una lechuza 

que vuela bajo el ala del avión. Todos los 

objetos en la habitación sabían que yo 

estaba por cometer un asesinato de jugos 

venusinos y me observaban. Miré a la 

cabecera de la cama durante un instante y 

vi los poros de la madera ampliados, como 

si cada veta fuera un remolino líquido. 


Luego volví a mirar rápidamente a las 

piernas y a la espalda de Saraí, enfadado 

conmigo mismo por haber desviado la vista 

un instante y quizas haberme perdido algo 

importante. La voltee de nuevo y la miré 

directo a los ojos. Sus pupilas estaban 

dilatadas como hoyos negros y yo me 

reflejaba en ellas en una especie de ciclo 

infinito de espejos. Su boca tierna se rompió 

en gemidos. La mía en gruñidos de bestia. 


La mordí en el cuello como un león que 

sostiene a una gacela, convulsiones 

moribundas me hicieron que le hundiera 

más los dientes, era mía, absolutamente 

mía. Yo era un carnívoro nato, un cazador 

furtivo y ella no iba a ir a ningún lado. Un 

instante justo después de ello, cuando todo 

parecía tener que llegar a su fin, su cuerpo 

se hundió entre las sábanas satinadas y 

desapareció con un sonido de ploop.


***


Me levanté de un salto de la cama, tan 

violentamente que resbalé y me pegué en la 

cabeza con la pared. Encendí la luz. Ni 

cama king size, ni cabecera de madera, ni 

Saraí, ni nadie. Estaba solo. Mi camita 

individual estaba empapada de sudor frío, 

igual que todo mi cuerpo. Me había hecho 

una cortada grande contra la pared. Fui al 

baño a lavarme la sangre mientras 

reconectaba poco a poco todos los cables. 

El agua arrastró mi sangre sobre el lavabo 

blanco en una espiral color jamaica. Volví a 

mi cuarto, vi el lugar donde había topado mi 

cabeza y apagué la luz. Me metí a las 

sábanas empapadas e intenté volver a 

dormir. No pude hacerlo. Pasé el resto de la 

madrugada intentando recordar que había 

soñado. Tampoco pude hacerlo.


Al otro día, fui al trabajo, como siempre. 

Saraí no existía. Yo no existía.


Las vacas siguieron rumiando.

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