lunes, 2 de abril de 2012

Miré el reloj, no tenía tiempo.



Miro el reloj.

Son las seis de la mañana y el viento frío me lastima la cara, mis orejas adoloridas y congeladas me recuerdan que estoy vivo, es el dolor el que te recuerda que estás vivo, enfrente mio un camino seseante se extiende hasta donde alcanza la vista, el sendero lleno de piedras puntiagudas que sobresalen de la tierra me lastima al caminar y maldigo las delgadas suelas de mis botas viejas, a mi lado un mugido me asusta y me despierta, es una vaca que camina pesada y rezagada a mi lado, la observo y ella me observa, las negras manchas de su cuerpo se ven canosas y avejentadas, en sus ojos hay una humilde súplica de piedad, sé que me pide perdón por ir tan lento; para reconfortarla me le acerco con cautela y a ella parece no molestarle mi presencia, ambos sostenemos la respiración cuando le paso un brazo por el lomo, pero continuamos caminando cómo grandes y viejos amigos, el arete borroso de su oreja me grita la razón de su rezago, sumamos entre ambos treinta años, ella tiene solo la mitad de mi edad y parece ser mucho más vieja que yo.

 – Está duro el empedrado ¿verdad compañera?- 

Parece ser que mi voz la alienta a seguir caminando, pues la veo hacer un esfuerzo por avanzar más rápido, las nubes bailan con los primeros rayos de la mañana, una ligera y helada brisa acaricia a los altos pastos de la pradera, los levanta y casi puedo escucharlos rezongar porque cómo todos, ellos querían dormir cinco minutos más, pero el mundo no gira así, el trabajo dicen los que siempre han trabajado debe hacerse temprano, a lo lejos escucho los silbidos madrugadores de los vaqueros, arreando y apresurando cómo si tuvieran otra cosa que hacer, cómo si no hicieren todos los días lo mismo y los resultados de su jornada fueran siempre diferentes, están acostumbrados a que sea todo siempre igual, les da confianza y seguridad, si las cosas cambiaran todo el tiempo se volverían locos; no pasa nada, ya llegaremos mi vaca y yo, como decía mi abuelo. “Más vale tarde que nunca” mi brazo continua en su lomo, le doy dos palmadas cariñosas y le digo:

-Ándale viejita, ya no falta tanto.- Miro el reloj.

Son las seis con cinco de la mañana, una sala abarrotada de gente me observa entrar de la calle, con toda la ropa que puedo usar, dos playeras, botas altas, pantalones de gruesa mezclilla, una sudadera y una chamarra encima de ella, cuando entro creo percibir un súbito mutismo y siento ojos que me observan, titubeo pero continuo caminando hacia una hilera de sillitas azules pegadas todas una con la otra por una barra de metal, me siento en una de ellas y el cuerpo me exige un cigarrillo, saco una cajetilla arrugada de la bolsa interna de la chamarra y cuando me dispongo a encenderlo un policía se me acerca y me dice en voz baja.

–No se puede fumar aquí adentro joven, tiene que salir. De mala gana me levanto y dejo mis pertenencias recargadas en la silla, salgo y me aseguro de colocarme en un sitio donde pueda vigilar mis maletas, la primer bocanada de humo me sabe a gloria y mi respiración deja de ser entrecortada para volverse profunda y calmada; una voz incomprensible salida de una bocina anuncia algo sobre la próxima salida a ninguna parte, yo me encuentro terriblemente nervioso, tiemblo de pies a cabeza, mi estómago es cómo una máquina descompuesta que no sabe si digerir o palpitar, me sudan las palmas de las la manos y siento la cabeza ligera, saco el boleto de mi camisa y vuelvo a analizarlo; partiré lejos en 10 minutos, me iré pronto a un lugar que no conozco, con gente a quien no soy familiar, lejos de mis muertos y mi suelo, distanciado de la familia y los amigos, voy tan lejos que no se si cuando llegue estaré ahí o no; pero la decisión está tomada, es algo que tengo que hacer si quiero en verdad hacer algo.

Vuelvo a observar el boleto cómo esperando que la pequeña hora impresa haya cambiado, cómo esperando leer donde está escrito mi destino un reacomodo mágico y que ahora las pequeñas letras digann que todo va a estar bien y que voy a regresar aquí algún día, que la peste no me alcanzará, que cambiarán las brisas y me dejarán volver a mi tierra tranquilo, pero no dice nada, todo sigue escrito igual. Miro el reloj.

Son las seis con diez de la mañana y no sé donde estoy, camino mareado por la calle completamente desierta, debe ser uno de esos días de poco ajetreo porqué me encuentro completamente solo, no tengo idea de cómo he llegado aquí y no recuerdo donde estaba antes.

Me detengo para observarme en la ventana de un carro, en el reflejo un cara de perro alto y encorvado me mira, me acercó para mirarlo con más detalle y lo veo ahí con su expresión poco inteligente, crudo, amanecido, con el labio roto y la barbilla llena de sangre, coloco con poca delicadeza la yema del dedo en la herida y lo veo hacer una mueca de dolor.

-Yo te conozco galán y tengo que confesarte que te ves como la mierda, bonito madrazo te han de haber puesto y ni te acuerdas ¿Verdad?

–No, tú no me conoces- Me responde el reflejo-Tú ni sabes quién soy yo.

- Claro que te conozco animal, duermo contigo todo el tiempo, eres ese pinche mierda que me persigue en sueños.-

 Bueno ya, si me conoces- Vuelve a responderme con la mirada perdida y con una sonrisa burlona- Pero gracias a mi te la pasaste de puta madre hoy.

Tengo que creerle, porqué no tengo otra mejor explicación para el intoxicamiento y la euforia medio agonizante que siento todavía en mi cuerpo. Me imagino lo gracioso que sería si alguien me viera hablando con mi propio reflejo, cómo sería si yo viera a alguien en mi situación, rio a carcajadas de mi mala cabeza y sigo caminando sin rumbo fijo.

En la esquina de la calle hay un puesto de periódicos que ya está abierto, bendigo en secreto todas las falsas noticias y las publicaciones amarillistas, camino hacia él y antes de llegar meto la mano al bolsillo, me encuentro unas monedas sueltas y digo en voz semi baja.

–Hoy es un día de bendiciones chinga, yo creo que al fin el de arriba me ha dado su bracito a torcer y está soltando un poco de justicia.- necesito con urgencia una bocanada de humo, intento pararme lo más derecho que puedo y entonces hablo.

–Buenos días, un cigarro suelto por favor. El periodiquero me atiende en silencio, coge con la mano izquierda las monedas y con la derecha me acerca el cigarro, es hábil con el cambio, al darme el vuelto le pregunto.

–Disculpe, ¿sabe si por aquí hay algún metro?- Intento no parecer tan perdido pues he escogido mis palabras con cuidado, no le he dicho “oiga, ¿Dónde mierda estoy? ¿Qué fue lo que pasó anoche?” El periodiquero conoce a los de mi tipo, me mira con una sonrisa que oscila entre cómplice y burlona y me dice.

- Llegando a la esquina das vuelta a la izquierda, vas a caminar como unas dos cuadras más pero acabando ahí luego luego, está el metro.- Gracias.- Le contestó, le doy dos buenas chupadas al cigarro y me lleno de humo, hoy soy un hombre suertudo, mañana quien sabe, me alejo dando fumadas profundas y tumbos de ebrio. Miro el reloj.

Son las seis y cuarto de la mañana, escucho los aullidos de una sirena tan lejos que parecen no estar cerca de mi, pero tampoco se alejan… wiiii-ru, wiii-ru, wiii-ru; estoy recostado dentro de una habitación blanca, pequeña y estéril, todo el cuartito parece ir en movimiento y dos caras preocupadas me observan desde arriba, intento hablar pero un aparatejo plástico alrededor de mi cuello me impide abrir la boca, cuando hago la lastimera escena el dolor sube por toda mi espalda hasta llegar a mi cerebro, sólo logro gimotear cómo un cachorro; una dolorosa punzada en mi estómago hace que fluya un líquido cálido y salado a mi boca, acerco la mano derecha a mis labios y todo lo que veo en mis dedos es sangre, un segundo espasmo más fuerte que el anterior sube más sangre y aprieto la boca desesperado, de las comisuras de mis labios se escapa el rojo fluido y me siento avergonzado; que pena ensuciar sus sábanas blancas, sus bonitos uniformes claros y el suelo limpio de la ambulancia, pero ya no puedo más, vomito enérgicamente y salen de mi litros y litros de sanguaza negra mezclada con la comida de la noche anterior, me ayudan a ponerme sobre mi costado para no broncoaspirarme con todo aquello, entre el sangrerío alcanzo a preguntar algo.

–Mi carro, ¿Dónde está mi carro?- Una voz que no reconozco me contesta. -Tranquilo muchacho, ya le avisamos a su familia, todo va a estar bien.-

Una de las caras es una muchacha bonita, me toma de la mano y la aprieta con poca fuerza, en sus ojos veo la expresión de miedo y tristeza con la que se ve a alguien en estado terminal, debo verme muy mal.

 –Si pero ¿donde está mi carro con una mierda?, ¿Dónde está mi carro? Su mirada de penosa bondad se turba ligeramente.

–De tu carro no quedó nada, te sacamos de entre todos los fierros retorcidos, lo siento.-

Vuelvo a recostarme boca arriba y varias lágrimas escapan de mis ojos y ruedan hasta mis oídos, era un bonito auto, lo voy a extrañar tanto… en el techo puede oírse el traqueteo de la lluvia y las sirenas seguían aullando… wiii-ru, wiii-ru, wii-ru, con poca fuerza logro levantar un brazo y el brazo dolía tanto…miro el reloj.

Son las seis con veinte de la mañana. Me despierto temblando y con el corazón agitado en mi cama, el reloj en la pared me mira con sorna y sus manecillas brillantes se burlan de mí y de mi mala cabeza, comienzo a recordar poco a poco el porqué de mi abrupto despertar ¿cómo empezó todo el mal sueño?

Recuerdo estar parado en medio de una enorme plaza llena de gente, todos van y vienen, parecen felices y despreocupados, la multitud se mueve igual que siempre, todos son iguales, tienen la misma cara gris, están atados a los procesos, levantarse, ir a trabajar, comprar, volver a casa, ver la televisión, dormir y así hasta que se acaban sus vidas, son tantos que el proceso se extiende hasta el infinito de los tiempos, me siento fuera de lugar, soy un amanecido de ojeras profundas y ropa sucia; me gusta mirarlos moverse sin ir a ninguna parte, es la multitud de siempre excepto que hoy algo acapara mi atención, es una enorme sombra que parece siempre estar detrás de mi, no le doy mucha importancia y empiezo a caminar; camino a ninguna parte, sólo quiero salir de ahí, estar entre tanta gente me fastidia y me asfixia, no hay nada de malo en ellos, el incómodo soy yo.

Me alejo cada vez más y en las calles gradualmente hay menos gente, pero la sombra seguía ahí, detrás de mí, empiezo a pensar que está siguiéndome y con un poco de miedo apresuro el paso, me sigo adentrando en el laberinto de asfalto, miro de reojo y ahora estoy completamente seguro que la sombra me sigue, además me hago consciente de lo que es la sombra, un enorme lobo negro que anda en dos piernas cómo un hombre.

Empiezo a correr y el hombre lobo continúa siguiéndome, lo escucho cada vez más cerca, escucho su jadeo agitado y sus garras arañando el suelo, me invade completamente el terror y la desesperación, corro, corro lo más rápido que puedo, tengo que escapar de él o va a matarme, estoy seguro; mientras sigo corriendo desesperado una puerta llama mi atención, está tan cerca que va a alcanzarme, entro sin aliento a la puerta y me topo con una enorme escalera de piedra que sube a quien sabe donde, sin tiempo para pensar subo y subo por ella cómo un desesperado, luego de muchos escalones veo un hoyo en la pared, entro en el hoyo y escucho a la bestia seguir mis pasos, lo escucho desesperado olfateando mi rastro y seguro va encontrarme en poco tiempo.

¿Qué hago? Miro a mi alrededor y veo una barra de metal en el piso, es mi última oportunidad, tendré que enfrentarlo y probablemente morir, está apenas un par de escalones debajo de mi escondite, salgo con el corazón en la garganta a su encuentro y ahora puedo verlo bien, completamente de frente, me parece extrañamente familiar, es exactamente igual a verme a un espejo.

Soy yo.

Perseguido por mí mismo… Cuando salimos del edificio supimos que éramos el mismo. Entonces miré horrorizado mis manos que ahora eran unas peludas patas con garras negras, una niña al otro lado de la calle le dijo a su mamá.

-Mami, mira qué bonito perro, parece un lobo.

-Es un lobo hijita, no te le acerques; tiene cara de loco, debe estar rabioso.-

Todos lo sabían, mis amigos, mi familia, mi novia, todos ellos conocían mi condición natural de lobo rabioso.

De vuelta a mi habitación sigo temblando de miedo y un sudor frío me recorre la espalda, me levanto en silencio y me quedo quieto en la oscuridad, el reloj me mira burlón y yo lo miro con miedo.

Son las seis veinticinco de la mañana.
Estoy tumbado completamente intoxicado en el sillón más grande de la casa, esta debe ser definitivamente una de las más grandes fiestas que ha tenido la bella pero épica Esparta, casa de grandes amigos, refugio de genios; vieja Esparta, me has enseñado tanto, entre tus muros guardas tantos secretos y sabiduría acerca de todo, esta noche luces contenta para mi, ha habido de todo, gritos, baile, diversión, carcajadas para todos, incluso para mí, pero hay una cosa que me mantiene despierto fingiendo que estoy dormido, los recuerdos se acumulan en mi mente y se funden con la realidad; parece que todo ha pasado tan recientemente, recuerdo la navidad antepasada, me recuerdo a mi mismo igual que ahora, tirado sin ganas de nada, mi mujer se encuentra tan lejos…

Desde que la conozco y soy su compañero, mi vida ha cobrado un sentido, creo que sin quererlo he encontrado un motivo para seguir viviendo…

Hemos pasado por tanto juntos, han sido tantas cosas que no puedo recordarlas todas, caminar bajo la lluvia, cuidar de nuestras fiebres, reír cómo dos locos, despertar uno al lado del otro, cagarnos juntos de frío, de hambre y de miedo, los abrazos, compartir dolores y curar nuestras heridas, las comidas, los besos, las películas, las mordidas, los encuentros furtivos en la oscuridad, todo eso que nos hizo grandes amigos y cómplices de vida…
Y ahora ella no está aquí, me doy cuenta que ha sido uno de los ejes más importantes de mi vida, porque si no fuera por ella hoy estaría literalmente muerto, puedo imaginarlo todo, mi funeral donde todos estarían devastados.

–Era tan joven.- Diría alguien.- No tuvo tiempo de volverse grillo.- dirían otros, mi mamá ni siquiera podría hablar, estaría partida a la mitad y sería toda lágrimas y tristeza para siempre, mi papá completamente fuera de sí, mi hermana abandonada a su suerte, mis amigos estarían súper encabronados.

- Vales verga Borjo, ¿para qué chingados te moriste? ¿Quién va a faltosear en las bodas? ¿A quién le vamos a decir que es bien pinche joven? ¿Quién va a despertarnos a todos con sus ronquidos? ¿Quién va a ser el más grandote del grupo? ¿Dónde vas a estar Borjo? ¿Dónde estás?-

Y yo estaría ahí deprimido en mi enorme caja de madera, algo caro si bien me va, los hombros adoloridos bajo mi peso muerto, con un traje de ahogado triste que quizá ni me quede por ser grande y bestial, luego bajado a la tierra, tapado y un “Wolf Like Me” cómo me fue prometido, el más triste y más violento para que mis ahora muertos huesos retumben en el suelo, para que intenten inyectar un poco de entusiasmo y vida a mi muerte, luego finalmente ser olvidado cómo todos los muertos.

Pero no, todavía no estoy muerto aunque quisiera estarlo, creo que estoy a punto de perderla, voy a perderla porque he dado mucho por hecho, he dejado de enamorarla día a día cómo ella se merece y lo más importante de todo, porque he soltado los cabos que ataban a los perros de su locura; mi deber ahora es reparar todo el daño que le he hecho, tengo que enseñarle lo que he aprendido de mis propios perros, no es que los domine del todo pero he aprendido a dormir con ellos, a ser uno más de ellos, ahora entiendo que significa cada gesto, cada gruñido y cada aullido, he aprendido a comer de los cadáveres y a cazar una presa fresca en caso de tener la oportunidad, he entendido que no debo intentar detenerlos ni controlarlos sino correr a su lado, ser uno mismo con mi locura, aceptarla y no rechazarla aunque con ello merezca ser ejecutado y lanzado a la vía pública.

A final de cuentas el mundo está lleno de locos y es con esa loca con la que quiero pasar el resto de mis días, revolcándonos, retozando, cazando a su lado y aullándole a la luna juntos, juntos, juntos…

Algún bondadoso o bondadosa tiene la amabilidad de echarme encima la chamarra que había dejado en el piso, yo le agradezco pero finjo estar dormido, ya está amaneciendo y tendré que irme pronto a vivir el día aunque quisiera solamente vivir de noche, soy un noctámbulo, amanecido y descarnado, miro el reloj antes de cerrar definitivamente los ojos y pienso en ella…

Cómo me hace falta.

Son las seis con treinta de la mañana.



1 comentario:

rebecups dijo...

woow!! estoy completamente sorprendida de lo mucho que has mejorado, recuerdo como si apenas empezaras a compartirme lo que escribías...

me encanta! :)