miércoles, 15 de febrero de 2012

Cerré los ojos.

Luego entonces se dio cuenta de que era un hombre blando, una montaña de cagada, ciento diez kilos de pereza y angustia, un metro ochenta y cinco de furia y temblores, condenado a reciclar sus ideas, a escupir lo aprendido y condenado a ser rata, en la alcantarilla llena de otros cientos, locos de atar, asustados por los rumores, ciegos de andar en la oscuridad, donde nadie supo nunca que hacer con la soledad pero intentaban combatirla, caminaban de la mano y fingían que se amaban.

El recuerdo se desvaneció en sus adentros, vio entonces de frente al pelotón de fusilamiento, sonrío y se sintió sublime, preciso. Horas antes mientras echaba una mierda en su celda, apareció un viejo sacerdote de aspecto acabado, su cuello clerical estaba lleno de pecados y su aliento olía a hígado rancio, dijo que se llamaba Ricardo. -¿Hijo, quieres recibir los santos óleos?-Nada de eso padre, vaya a dárselos a quien si vaya a estar muerto. El padre lo miró con extrañeza. -¿Quieres pedir perdón? ¿Confesarte? Él señaló al techo, luego se puso un dedo en el pecho y dijo-Que dios perdone al hombre padre… y que Dios perdone a Dios. El sacerdote se fue.

Se recostó en una larga banca de piedra que la celda tenía a modo de cama, estuvo un rato viendo hacia la pared y se sintió solo, la herida del costado le dolió y se giró quedando bocarriba; afuera un cielo lleno de nubes le sonrió, los árboles de hojas secas se mecieron al viento y las nubes pasaban, al caer, las hojas de los árboles planeaban y giraban sobre su eje para luego convertirse en pájaros de plumas tristes que volaban en la brisa y se perdían en el aire. Recordó su niñez, los juegos con sus amigos, recordó a su madre, a sus abuelos, a los elefantes del zoológico… una mosca se le paró en la cara y lo obligó a regresar a su realidad.   –Vete a la mierda mosca, todavía no me muero.

Se levantó y se sentó en la banca, se miró las manos con detenimiento, tenía unas manos fuertes y morenas, pero con un aire delicado que le molestaba –Son las uñas-Se dijo. Una mano blanca y regordeta lo tomó de la muñeca, estaba de nuevo en aquella calle donde la besó por primera vez… era tal y cómo la recordaba; bajita, hermosa, su brillante cabello negro y lacio le acarició la cara. -Te extraño mujer, no sabes cuanto. Ella sonrió en silencio, gesticuló con los labios pero él no escuchó nada… era un fantasma, un recuerdo extraviado.

-¡Borjo! ¡Teléfono!- y ella se desvaneció. –No, no te vayas-¿Quién se va loco de mierda? ¡Te he dicho que te hablan por teléfono! Él se levantó de la banca, se acercó a las rejas y le dijo al custodio –He dicho que no quiero recibir llamadas, ya le dije a todos lo que debí decirles y no quiero hablar con nadie más. El custodio lo observó con desagrado. –Contesta el teléfono, loco de cagada, ¿acaso crees que me pagan para ser tu nana? Él se quedó en silencio, caminó a la banca y volvió a sentarse. –Tengo hambre-le dijo al custodio- ¿Y que mierda crees? ¿Qué esto es un lote baldío? ¿Qué estás en tu casa y puedes joder, cagarte y pedir cosas? ¡Mierda! ¡Me cago en tu puta madre! El custodio se alejó de la celda y él le oyó murmurar sobre los locos de mierda, sobre su esposa, su familia y esa basura que a la gente imbécil le gusta murmurar.

Se acercó a la tarja por que sintió nauseas, abrió la llave y un sonido sordo cayó en sus manos secas, dejó la llave abierta y levantó la cara; en la pared, el espejo le devolvió la mirada, unos ojos negros y ojerosos lo miraron de frente, eran los ojos de su padre, con los surcos profundos y las bolsas de su abuelo… recordó el hipódromo y resonaron en toda la celda los gritos de su padre eufórico.- ¡VAMOS SEIS! ¡VAMOS SEIS! ¡MÉTELE HIJO DE TU PUTA MADRE! ¡MÉTELE CABRÓN!, ¡SUÉLTALO! ¡SUÉLTALO! Y como siempre, vio al seis perder; era un caballo muy bonito, negro y enorme, el amarillo número en su espalda se desvaneció en el reflejo y se perdió en sus recuerdos…

Escuchó dos pares de botas acercándose por el pasillo, dos hombres ciegos, con las cuencas oculares vacías y ya secas se detuvieron enfrente de su celda. –Aarón Borjo, ha sido encontrado culpable del delito más grande de todos; existir, será ejecutado con toda la huella que haya podido dejar detrás de usted por un pelotón de fusilamiento. ¿Tiene alguna petición? Él se abotonó la camisa sin hablar ni verlos. ¿Tienes alguna petición chiflado cagaina hijo de puta?- Los lobos no negocian con los hombres. Ambos hombres se quedaron quietos y aguardaron en silencio, no era la primera vez que esto le pasaba, pero ahora ya no importaba. Se alejaron con paso firme y él los escuchó decirles a otras personas. –Está listo, no ha pedido nada.

Cuando volvió a quedarse solo lloró, lloró tanto que sus lágrimas abrieron surcos profundos en el suelo; sus lágrimas llegaron al subsuelo, se llenaron todos los pozos, desde entonces ellos cuentan que el agua potable supo un poco salada y que nadie nunca pudo cerrar la llave que él dejó abierta. Sólo sus recuerdos estaban ahí para reconfortarle, a su alrededor, su familia, su esposa, sus hijos y sus amigos lo veían sonrientes y entonces se dio cuenta de que su vida no estuvo tan mal; de hecho, si hubiere sido una película habría sido un éxito; pero era demasiado tarde. Escuchó de nuevo varios pares de botas acercándose por el pasillo y se dijo a si mismo.-Es hora, voy a morir. Los hombres llegaron y abrieron su celda, él se quitó la camisa y las botas, y las acomodó encima de la banca. –Asegúrense de entregarle esto a mi esposa, díganle que son para el niño.

Caminó escoltado y esposado hacia el patio de ejecución. Con él iban todos los hombres ciegos que eran vistos con lástima por sus recuerdos. Tardaron seis minutos en acomodarlo a él y a sus fantasmas, eran tantos que no sabían cómo formarlos; el pelotón trajo todo el arsenal posible por qué tuvieron miedo de que sus balas no alcanzaran para tantos, el hombre con aspecto de general que dirigía al pelotón ordenó que no se le vendaran los ojos, a él le pareció bien.

Una sola bala estaba destinada a matarle y su sangre llena de rabia regaría el suelo y de ella crecería un roble enorme que nadie nunca pudo cortar. El cielo lleno de nubes volvió a sonreírle y él le devolvió el gesto. -¡Preparen!- Gritó el general.- ¡Borjo! ¿Algo que decir?-No me arrepiento de nada. -Gritó con todas sus fuerzas. -¡Apunten! Él inspiró profundo, una brisa fresca inundó sus pulmones y se sintió sublime y feliz.

El rugir de los cañones se escuchó a kilómetros, todas las aves del paraíso volaron y se hizo un mudo silencio en la tierra.

Cerré los ojos.

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